La inteligencia artificial está reescribiendo la infancia sin pedir permiso. Cada niño vive rodeado de máquinas que saben qué lo calma, qué lo divierte y qué lo engancha. Nunca había existido una infancia tan personalizada… ni tan vulnerable. Estamos creando una generación que crece acompañada por algoritmos que todo lo conceden, incluso aquello que ningún adulto responsable validaría. Si no entendemos esta transformación ahora, vamos a despertar demasiado tarde.
Porque el riesgo no es sólo lo que ven, sino lo que dejan de vivir. Una IA que siempre dice “sí” reemplaza la incomodidad, el conflicto, el desacuerdo, la paciencia, la espera… todo aquello que antes formaba el carácter. Si dejamos que la niñez quede atrapada en burbujas hechas a la medida —emocionales, educativas, sociales— vamos a producir adultos brillantes pero frágiles, hipersatisfechos pero incapaces de enfrentar el mundo real. La verdadera amenaza no es la tecnología, sino la renuncia a la experiencia humana.