Antes de que existieran las redes, los algoritmos y las plataformas de trading, los mercados se hacían de otra manera.
De cara a cara. De apretón de manos. De palabra.
Mi abuelo fue uno de los inversores más reconocidos de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. En una época donde la reputación valía más que cualquier follower. Donde la información no llegaba en segundos, sino que la ganabas con presencia, con criterio, con años.
No había Twitter. No había TikTok. Solo hombres parados en ese piso, tomando decisiones que movían capitales.
Eso era el mercado. Ruidoso, humano, brutal y brillante al mismo tiempo.
Algunos legados no se publican. Se heredan.
Hoy desde donde operaba mi abuelo, les dejo esta foto homenajeándolo.
Un hombre que me regalaba acciones en vez de caramelos.
Sos grande Polo!