El futbol es un juego, un deporte, un espectáculo, un negocio. Una competencia lúdica regida por diecisiete reglas, catorce o quince muy sencillas, comprensibles para cualquiera.
El futbol "es lo más importante entre lo que menos importa”. Es "el juego que todos jugamos”, el deporte-espectáculo que con más adeptos cuenta en el mundo. Es un fenómeno social como no hay otro, cada año más arraigado y extendido a lo largo, ancho y esférico del planeta.
Pero más allá de esas obvias definiciones, el futbol es, también, arte en incesante movimiento, plasticidad al servicio de la eficacia, derroche de fuerzas y destrezas, de velocidad y de potencia, de habilidades y talentos, de imaginación y picardía.
Es "la guerra en calzoncillos”, como alguna vez dijo Miguel Ángel Granados Chapa, "la mayor fuente de conversación del mundo” según Jorge Valdano, y algo así como "la recuperación semanal de la infancia”, según Javier Marías. O como escribió Manuel Vázquez Montalbán, "es una religión benévola que ha hecho muy poco daño".
Según Juan Villoro, el futbol sirve para "recuperar la infancia a voluntad”, porque "por medio del juego o el arte permite que el adulto tome vacaciones de sí mismo”.
Es un simple juego que debe ser bien jugado. Es un universo rectangular de 105 metros por 68, en el que se goza y se sufre de una vida con duración previamente establecida. Con veintidós o treinta almas sujetas a determinadas obligaciones y con los mismos objetivos, que entre ellas juegan y compiten para al final irse unos días con la gloria del triunfo al cielo, o al infierno con el estigma de la derrota, o a deambular hasta que llegue el siguiente partido en ese limbo llamado "empate”.
El futbol es el idioma que todos entienden porque millones hablan. Es un juego que debe tomarse en serio, aunque sólo sea por la cantidad de corazones que hace vibrar y del dinero que mueve.
Es un mecanismo de evasión, una válvula de escape, un refugio, un apetecible pretexto para ser feliz durante unos minutos o varias semanas. Pero también suele convertirse en violenta trinchera o en perverso reducto, en cobarde excusa para desahogar frustraciones.
Es espacio de solaz o rincón de sufrimiento, es festivo divertimento o enfermiza obsesión. Es improvisada orquesta con el balón como batuta. Es seductora sucesión de escaramuzas que algunos pretenden vender como ciencia. Es estrategia plagada de "ajedrecistas” que no saben jugar ni a las damas chinas, y con una inmensa mayoría de aficionados y protagonistas que no distinguen entre esa auténtica estrategia y la simple táctica o las meras estratagemas.
El futbol es efímero pero recurrente vínculo entre nobles, plebeyos y lacayos, entre ricos y pobres, entre poderosos y explotados, entre intelectuales y analfabetos. Es identidad que une, pasión que congrega, fanatismo que separa. El futbol es otro juego, el futbol es otra cosa.