Una constante –corroborada con Hebe, Nora, Taty y todas las que fallecieron en los últimos años– es que mueren en casas sencillas, de clase media, de trabajadores. Muchas veces, en la misma vivienda que habitaban cuando desaparecieron sus hijos, hace 50 años.
Midamos ese significado brutal contra la fortuna de esa bandita de evasores, coimeros y mercaderes de la muerte que se dedicaron a odiarlas e injuriarlas de mil formas posibles.