Mis vecinas me cuentan historias. Sobre lo que han perdido. Sobre lo que han conservado. Recuerdos que se han ido con el agua. La vida. Podemos dejarlo ahí. Me cuentan cosas que nunca voy a contar, porque no quiero repetirlas en voz alta. Cosas que duelen. Que me quiero guardar en un rincón de la memoria, con la esperanza de que nunca vuelvan a salir. Porque cuando amanece, me siento con la fuerza suficiente para comerme el mundo a bocados, para llenarme la boca del barro que aún llena mi casa y algunas calles. Para coger con fuerza el palo de la escoba o de la fregona o de la lligona por mucho que me duelan las falanges y los diez dedos y las dos manos. Para repetirme las veces que hagan falta la suerte que hemos tenido, la suerte que hemos tenido, la suerte que hemos tenido, la suerte que hemos tenido. Pero el día pasa. Se hace de noche. Los huesos duelen. El barro se queda y el ánimo se va. Cuesta mantener el espíritu, aunque sabes que estará ahí otra vez, tirando del carro, cuando vuelva a hacerse de día. Y las vecinas que me cuentan historias me dicen: escríbelas. Mis amigas me mandan mensajes desde todos los puntos del país y si les contesto lo que siento cuando ya es de noche, lo malo y lo bueno, porque siempre hay malo y bueno incluso en esto, me dicen: escríbelo. Porque mis vecinas, mis amigas, se acuerdan de algo que a mí hace seis días que se me olvidó: soy escritora. Soy escritora. Soy una escritora con la casa inundada, con el patio lleno de barro, con un pueblo devastado, con vecinos muertos y desaparecidos. Con el ánimo que decae con la luz y que se fortalece con la luz. Con la vida arrugada como se arrugan las hojas de los papeles que se mojan en un descuido.
Si queréis ayudarme, seguid leyendo. Id a las librerías que tengáis a mano, y comprad libros. Id a las bibliotecas que estén cerca y sacad el que más os guste. No me atrevo a pediros que sea La memoria infiel. Pero me parece recordar que, en esa otra vida que vivía antes del martes pasado, antes de que todo se detuviera como esta señal de stop, no tenía otro deseo en el mundo más que que la leyerais y que os gustara. Que la leyerais. Y que os gustara.