Creo genuinamente que muchos millennials están llegando a la misma conclusión al mismo tiempo.
Crecimos viendo cómo la tecnología mejoraba la vida cada año. Teléfonos móviles. iPods. Smartphones. Una app para todo. Sentíamos que el futuro llegaba justo frente a nosotros, y no podíamos esperar por lo que vendría después.
Luego, en algún momento del camino, cambió.
Todo se convirtió en una suscripción. Las redes sociales se volvieron algoritmos. Cada día parece otro evento que ocurre una sola vez en la vida. Las cosas que supuestamente iban a ahorrarnos tiempo terminaron exigiendo más de nuestra atención que nunca.
Nos vendieron conveniencia.
Lo que obtuvimos fue un mundo que se siente más rápido, más ruidoso, más caro y, de alguna manera, menos humano.
Y por eso tantas personas que conozco sueñan ahora con una vida completamente diferente. No más tecnología. No más optimización.
Solo un trabajo tranquilo, un teléfono plegable, un pueblo pequeño y un lugar donde la vida se sienta real otra vez.