Verdad verdadera en cada palabra. El Go es el juego de estrategia más nicho que se juega en España. También es el juego más complicado que existe por la cantidad de movimientos posibles. Ninguno de sus practicantes se plantea desnaturalizarlo y se seguir jugando eternamente
A menudo se suscita el mismo debate en torno a los wargames: el envejecimiento de la afición, la falta de relevo generacional, la disminución del número de jugadores y la aparente dificultad para atraer nuevos aficionados. Todas estas son cuestiones legítimas y comprensibles, pero quizá antes de preocuparnos por ellas deberíamos plantearnos una pregunta básica: ¿realmente está en peligro la supervivencia de los wargames?
Personalmente, creo que no.
Un hobby como el nuestro no depende de alcanzar cifras masivas ni de convertirse en una tendencia popular para seguir existiendo. Los wargames seguirán vivos mientras haya personas que disfruten recreando campañas, simulando batallas y tomando decisiones alrededor de un tablero. Da igual si somos miles o apenas unos centenares. Da igual si predominan las canas o si el relevo generacional llega más despacio de lo que algunos desearían. Lo que mantiene viva una afición no son las estadísticas, sino la pasión de quienes la practican.
La historia de los wargames demuestra, además, una notable capacidad de resistencia. Han atravesado épocas de mayor y menor popularidad, ciclos de crecimiento y momentos de aparente estancamiento. Sin embargo, desde la década de los noventa se vienen escuchando pronósticos sobre su inminente desaparición. Los videojuegos, el rol, las magic iban a liquidar los wargames. Han pasado casi cuarenta años desde entonces y, pese a todos esos augurios, aquí seguimos.
Es cierto que el mercado ha cambiado. La oferta es más amplia, los hábitos de ocio son diferentes y la competencia por nuestro tiempo libre es mucho mayor que hace décadas. Aun así, los wargames continúan encontrando jugadores, diseñadores y editoriales dispuestos a mantener viva la llama. Quizá no ocupen portadas ni sean el producto de moda, pero tampoco necesitan serlo.
La verdadera cuestión, a mi juicio, no es si la afición sobrevivirá, sino cómo lo hará. En los últimos años se observa una tendencia comprensible a intentar hacer los wargames más accesibles para atraer a nuevos jugadores. Reducir barreras de entrada, simplificar reglamentos o facilitar el aprendizaje puede ser positivo y contribuir a que más personas descubran este apasionante hobby.
Sin embargo, conviene no olvidar qué hace especiales a los wargames. Su profundidad histórica, su capacidad de simulación, la toma de decisiones difíciles, el desafío intelectual que proponen forman parte de su identidad. Buscar nuevos públicos no debería implicar renunciar a esas características que los distinguen de otros juegos.
Por eso, más que preocuparme por el número de aficionados dentro de diez o veinte años, me preocupa que en el camino se diluya la esencia de aquello que nos atrajo a esta afición. Los wargames han demostrado sobradamente que pueden sobrevivir siendo una afición de nicho. Lo que no deberían perder nunca es aquello que los convierte, precisamente, en wargames.
Mientras exista alguien dispuesto a desplegar fichas, estudiar un mapa y revivir sobre el tablero los acontecimientos de la historia, la afición seguirá adelante. Quizá con más o menos jugadores, quizá con más o menos visibilidad, pero viva al fin y al cabo. Y eso, probablemente, es lo único que realmente importa.