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¿Y los políticos? Los políticos dicen: “La situación es complicada”.
NO.
Complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado.
Pero cuando una multitud frente a una sinagoga grita “muerte a los sionistas”, eso no es complejidad. Es un remake. Y además malo. Sin guion original, pero con un presupuesto enorme para redes sociales.
Y lo que realmente me asusta no son los radicales. A los radicales estoy acostumbrado. Viví en el Nueva York de los setenta. En aquella época ya se consideraba radical a cualquiera que desconfiara del agua del grifo y lavara la fruta con jabón.
Lo que me asusta es la velocidad con la que la gente normal empieza a actuar como si no pasara nada. El ser humano se adapta increíblemente bien. Incluso cuando a una chica judía le tiran del pelo y a un chico con peotillas le ciegan con luces estroboscópicas.
Nos acostumbramos a todo. A la guerra. Al odio. A que el café cueste nueve dólares. A esto último, por cierto, solo con mucha dificultad.
Por la noche estaba en la cama pensando: quizá habría que no darle tiempo libre a la humanidad. Porque en cuanto la gente se aburre, o intenta salvar el mundo, o se mata entre sí, o graba podcasts sobre los beneficios del conflicto.
Y aun así… si mañana vuelve a haber alguien gritando sobre la muerte de los sionistas delante de una sinagoga, saldré. No porque sea valiente. Soy el tipo de persona que una vez se desmayó al sacarle sangre. Sino porque los judíos han esperado demasiadas veces que la locura desaparezca sola. Nunca lo hace. Solo se pone traje, entra en la universidad y abre una cuenta de TikTok.
Pero bueno… primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío.
A mi madre judía eso nunca le habría parecido bien.»