Le tomó 20 años, pero finalmente mandó al diablo las instituciones.
Pero no quepa duda: la historia registrará a sus aplaudidores, sus sicofantes y sus cómplices (tácitos y explícitos).
Registrará a los que tuvieron miedo, a los que guardaron silencio, a los que colaboraron por conveniencia política, corporativa o personal.
Todos (o casi) saben lo que han hecho, lo que han permitido.
Todos, sin excepción.
Y la historia así lo registrará.
Lo mismo que a quien ha tenido la valentía de levantar la voz, de tratar de poner un alto, de explicar los costos, de poner primero al México que le heredan a sus hijos que a su beneficio personal inmediato.
Cada uno tendrá su lugar en la historia.