El resto de la vida…
Mi turno en el hotel empezaba a las siete de la mañana. En invierno, esa hora todavía parecía madrugada. El lobby parecía suspendido en otra dimensión: la cafetera resoplando bajito, alguna valija acomodada junto a una pared y ese silencio elegante de los hoteles antes de que la humanidad baje despeinada a pedir tostadas y preguntar si el wifi “anda bien”.
Los primeros huéspedes recién aparecían cerca de las ocho, así que esa primera hora era un pequeño lujo. Una isla de calma paga.
Una mañana, apenas arrancaba el turno, veo entrar a un viejo cliente.
Digo viejo cliente porque era visitador médico, de esos pasajeros fijos que prácticamente tenían habitación con nombre propio. Todos los meses aparecía religiosamente. Pero hacía tiempo que no venía. Se había jubilado varios meses atrás y desapareció del mapa.
Cuando lo vi entrar le dije:
“¡Fulano! ¿Cómo le va? ¡Que sorpresa!”
“¡Tanto tiempo! ¡Muy bien! ¡Gracias!”
“¿Llegó en ómnibus?”
“No, vine en mi auto. Viajé toda la noche. Salí de Montevideo a la una de la mañana.”
Mientras hablábamos revisé las reservas del día, pero no aparecía por ningún lado.
“Qué raro… no veo su reserva para hoy.”
“Ah no, no me voy a quedar. En un rato me vuelvo a Montevideo.”
“¿O sea que hizo seiscientos kilómetros para tomar un café?” -le dije en broma.
Se rió.
“Más o menos.”
“Bueno, entonces permítame que lo invite con el desayuno.”
“Encantado. Pero voy a esperar a Fulano de Tal.”
Ahí entendí. El otro visitador médico, compañero de rutas eternas, tenía salida esa mañana.
“Ah… claro. Tiene marcado el check out para hoy.”
“Por eso vine. Vine a buscarlo.”
Me sorprendió. Ese otro viajero siempre se movía en ómnibus de línea.
“¿Alguna ocasión o plan especial?”
“Ninguno. Anoche hablamos por teléfono. Yo estaba solo, aburrido en casa, sin nada que hacer… y pensé: ‘Me voy hasta Rivera a buscar a Fulano’. Él aceptó. Así que después del desayuno volvemos.”
En el momento me causó gracia. Me imaginé la escena como una especie de locura geriátrica amistosa. Un veterano jubilado atravesando el país para combatir el aburrimiento con café de hotel y charla de ruta. Una aventura mínima, absurda y entrañable.
Pero con los años entendí otra cosa.
Aquel hombre no había manejado toda la noche porque sí.
Hay gente que pasa décadas viviendo con horarios imposibles, hoteles distintos, terminales, rutas, reuniones, valijas siempre medio armadas. Gente que vive corriendo detrás del tiempo y soñando con el día en que por fin le sobre.
Y un día les sobra. Les sobra de golpe. Demasiado. De manera excesiva.
Las horas empiezan a caer pesadas sobre la mesa del comedor. El silencio de la casa deja de ser descanso y empieza a parecer abandono. Ya no hay llamados urgentes, reservas hechas a nombre propio, kilómetros por recorrer ni nadie esperando del otro lado.
Entonces algunos inventan excusas para moverse. Cualquier cosa sirve. Ir a buscar a un amigo a seiscientos kilómetros. Manejar toda la noche. Desayunar lejos de casa.
Porque a veces el viaje ya no es para llegar a algún lugar.
Es para escapar, aunque sea por unas horas, de la insoportable sensación de no saber qué hacer con el resto de la vida.