La verdadera lucha contra la casta no admite excepciones
Por Dani Lerer
Durante años, la política argentina construyó un sistema basado en privilegios, impunidad y dobles estándares. Ese sistema fue bautizado por Javier Milei con una palabra que rápidamente se volvió parte del lenguaje cotidiano: la casta.
La fuerza de ese concepto no radicaba solamente en denunciar a una dirigencia que se enriquecía mientras millones de argentinos se empobrecían. Su potencia estaba en algo mucho más profundo: la promesa de que las reglas serían iguales para todos. Que ya no habría amigos del poder. Que el discurso moral sería acompañado por una conducta moral.
Por eso el caso de Manuel Adorni resulta tan delicado.
No porque la Justicia haya determinado todavía una responsabilidad penal. Eso deberá resolverlo la Justicia. Tampoco porque la oposición lo critique. La oposición siempre critica.
El problema es otro.
El problema es que la vara con la que se juzgó durante años a la vieja política no puede bajar cuando el cuestionado pertenece al propio espacio. Adorni reconoció haber rectificado declaraciones patrimoniales y haber mantenido importantes sumas de dinero no declaradas previamente, generando una contradicción evidente con afirmaciones anteriores sobre la transparencia de su patrimonio en el mismísimo Congreso de la Nación.
La cuestión central no es jurídica. Es política.
La verdadera lucha contra la casta nunca fue una pelea entre libertarios y kirchneristas. Nunca fue una disputa entre oficialismo y oposición. La verdadera lucha contra la casta es una batalla contra los privilegios, las excepciones y la idea de que algunos dirigentes merecen un tratamiento distinto por pertenecer al bando correcto.
Cuando durante años se denunciaron patrimonios dudosos, declaraciones inconsistentes o explicaciones poco convincentes de funcionarios kirchneristas, el argumento era sencillo: quien ocupa una función pública tiene la obligación de rendir cuentas con absoluta transparencia.
Ese principio no cambia según el color político.
Si la respuesta frente a una situación incómoda es relativizar, justificar o atacar a quienes preguntan, entonces el problema deja de ser una persona y pasa a ser un sistema. Exactamente el mismo sistema que se prometió combatir.
La Argentina está cansada de las castas partidarias. De los dirigentes que exigen ejemplaridad cuando son oposición y piden comprensión cuando llegan al poder. De los que hablan de transparencia hasta que la transparencia los incomoda.
La credibilidad de cualquier proyecto político depende de su capacidad para aplicarse a sí mismo las mismas exigencias que le reclama a los demás.
Porque la lucha contra la casta no consiste en cambiar de protagonistas.
Consiste en terminar con los privilegios.
Y el día que las excepciones empiezan a justificarse, la casta deja de ser un enemigo.
Se convierte en una costumbre.