Me aterra la frivolidad con la que algunos analistas hablan de una supuesta invasión a Cuba. Hablemos con seriedad; una invasión de Estados Unidos a la isla no sería una operación más, sería la muerte de cientos de miles de cubanos. Personas que no representan peligro alguno para el mundo y cuyo único anhelo es vivir en paz.
No trivialicen el tema. Sería un crimen de lesa humanidad y una catástrofe de proporciones inimaginables, con consecuencias que estremecerían la conciencia del mundo entero.
Y más allá de la tragedia humanitaria, una acción semejante pondría en evidencia la cobardía moral de un gobierno que, incapaz de doblegar la dignidad de naciones más poderosas, pretende hacerlo con una pequeña isla. Hablamos de un país que, en términos físicos, es diminuto, pero que ha resistido donde otros no han podido. Es la misma administración que no ha podido —ni podrá— con Irán, buscando ahora una victoria fácil contra un pueblo que lleva décadas negándose a rendir su soberanía.
Invadir Cuba no solo sería un crimen; sería la confirmación de que el imperio solo se atreve con los débiles… aunque tropiece una y otra vez con la dignidad inquebrantable de los que se niegan a doblar la rodilla.