Se llamaba Stefano Leo, un joven italiano.
Iba camino al trabajo, a la tienda donde trabajaba como dependiente.
Aquel día se cruzó en su camino con un monstruo: el inmigrante marroquí Said Mechaquat. Sus miradas se encontraron. Stefano, amable y educado, le dedicó una leve sonrisa y siguió caminando.
Sin motivo alguno, el hombre lo siguió y lo apuñaló en el cuello. Ya no se pudo hacer nada: Stefano se desangró en la calle.
El agresor fue condenado a 30 años de prisión (más 2 años adicionales por acosar a su antiguo empleador). A los investigadores les dijo que no conocía a Stefano. Sin mostrar el menor remordimiento, declaró: «Lo maté porque era feliz».
Cuando los periodistas le preguntaron, respondió haciendo un gesto burlón con los dedos en forma de cuernos.
A los investigadores les explicó fríamente:
«Cojo el cuchillo con la mano izquierda, me levanto con calma, lo alcanzo, me adelanto un poco, le clavo el cuchillo en el cuello, compruebo que lo he hecho bien. Luego paso de largo».
Otro hijo de Italia asesinado por la inmigración descontrolada. Para él no hubo protestas en las calles, ni días de luto oficial, ni cobertura mediática durante 24 horas.