—Siempre puedo volver a ponerme el casco si te he hace raro, Nahla —enuncia Mithas observando con sus ojos dorados el dedo de la sirena, calmado y juguetón como él solo, aunque aún la placa de su peto se escuche por cada bocanada de aire que toma.
Ha recorrido dos kilómetros en
Espera pacientemente, sin prisa, sabe que aparecerá y responderá a su llamado.
Por eso luce una sonrisa cuando escucha sus apresurados pasos acercándose. Los ojos turquesas de la sirena recorren el rosteo y la melena del paladín, distraída por ellos.
— No, en realidad no. »