Vivir solo para cuidarte, acumular o "no perder" termina vaciando el corazón. El Evangelio va al revés, la vida se entiende cuando se entrega. Entregarlo todo no es perderse, es encontrarse en Dios.
No significa hacer cosas grandiosas, sino decir sí cada día, sí al amor, Sí a la vida, sí a la cruz. Cristo no nos salvó guardandose nada, y el cristiano que se guarda pues se marchita. El que se da, aunque duela, vive de verdad, porque al final, la vida no se mide por lo que conservaste, sino por lo que te atreviste a entregar.
El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrara. (Mt 16,25). Ahí está la paradoja del Reino, no se vive más por protegerse, sino por confiar y entregarse.
La vida no florece cuando se retiene, sino cuando se pone en manos de Dios.