Todo lo que se cuenta a continuación ocurrió en apenas tres semanas. Y fui testigo directo.
Comenzó cuando dos empresas –A y B- ofrecieron el viaje de estudio para alumnos del penúltimo año en un colegio privado de nivel medio de la zona norte de la ciudad de Córdoba. Organizaron sendas reuniones informativas con los alumnos y, posteriormente, con los padres.
Tras la promoción, los adolescentes optaron a priori por la empresa A con base en estas variables: la mayoría de colegios “amigos” optarían por esa compañía; algo más de flexibilidad en ciertos controles y la experiencia de que promociones anteriores habían optado por esa firma.
Del otro lado, la empresa B, propuso aspectos de mayor calidad y solidez de servicio (seguridad médica, más coordinadores por grupo, etc.), mejor disponibilidad logística y un precio algo más acomodado; de un viaje que cuesta alrededor de 1.600 dólares.
Se sabe, es un negocio y la empresa B quiere captar parte de un mercado de buen poder económico. Por eso los padres y madres que fuimos a algunos de los encuentros , juntamos la información y realizamos un cuadro comparativo.
Los datos fueron transmitidos al resto de los adultos a cargo para que tomen la decisión final. Se realizó una votación durante varios días y este lunes por la noche la empresa B fue elegida con el 95% de los votos.
Los alumnos, varios con quejas, obviamente, aceptaron la determinación paternal. Se trata de una decisión compleja ya que muchas veces genera diferencias intrafamiliares pero con tiempo para explicar se pudo encontrar un concenso que finalmente se alcanzó… hasta que apareció la necedad para intentar demolerlo.
Como suele ocurrir en estos tiempos el canal fue un chat con afirmaciones colmadas de liviandad.
“Hola banda, como están. Mil perdones por la hora la hora en la que les estoy hablando pero creo que es vital y urgente por lo que está sucediendo” se escucha decir a uno de los vendedores de la empresa A, que pasadas las 22 horas se enteraba que habían perdido la votación. Iba dirigido a un grupo Whatsapp integrado por los adolescentes. “Lo que estaba sucediendo” había sido un acto democrático.
“Necesito un favorazo –continuó-: si mañana pueden hacer una votación en el pizarrón o en un papel para ver qué prefieren ustedes. Les pido suma atención con el tema de sus viajes”, dispara este joven vendedor a chicos y chicas de 16 años. Adolescentes presionados antes de que se fueran a dormir.
Y, por si faltaba algo, el representante comercial cierra inmiscuyéndose en la crianza familiar: “Si bien no son los que lo pagan -el viaje- y esas cuestiones (sic), estaría bueno que (sus padres) sepan lo que ustedes prefieren”.
La indignación inicialmente se reflejó –como ocurre en estos tiempos- en el grupo de chat, esta vez el de padres.
La conclusión más centrada fue la que hizo una madre ante semejante revuelo: “Aquellos chicos que no estén de acuerdo con la decisión tomada por la mayoría, deberán entender que así es la democracia y no hay mucho por hacer. Les va a pasar muchas veces en su vida y esta no será ni la primera ni la última”.
Por la mañana, el dueño de la empresa A respondió a mensajes enviados por otra madre. Pidió disculpas, garantizó que sus vendedores cesarían en acciones como las descriptas y se excusó porque la juventud de muchos de ellos puede que los haya llevado a equivocarse.
La idea de este relato no es cargar contra la compañía ni su entrometido e irrespetuoso vendedor, que pudo haber tenido una día, en este caso una noche, malo. La intención es contarles a los padres de chicas y chicos que están por comenzar a planear el último viaje grupal de compañeros del colegio que se comprometan, que se informen, que hablen con sus hijos e hijas cuantas veces sea necesario. Más aún cuando aparece la estupidez queriendo imponer normas.