El control coercitivo es una forma de violencia de género que reúne una serie de conductas ejercidas de forma sutil y continua que, muchas veces, al no ser explícitas, no son percibidas como violencia, pero que terminan afectando la libertad, la autoestima y la red de vínculos de las mujeres. Las distintas tácticas –que pueden ir desde revisar el celular a controlar las finanzas y los movimientos– buscan “herir, humillar, intimidar, explotar, aislar y dominar” a las víctimas, hasta que pierden su autonomía, como explicó el sociólogo estadounidense Evan Stark, quien acuñó el término hace casi dos décadas.
En Uruguay, la abogada especializada en violencia basada en género Natalia Fernández recuerda que la figura no está nombrada explícitamente en la normativa, pero sí aparecen muchos de sus componentes en la Ley 19.580, como la violencia psicológica, simbólica, patrimonial, sexual y el aislamiento, además de la restricción de libertad como delito. El colectivo La Pitanga y profesionales como la psicóloga Victoria Marichal subrayan que la clave del control coercitivo es su sutileza: se instala “en cuentagotas” y se normaliza, pero la detección de esa suma de microhumillaciones es un mejor indicador de un futuro femicidio que la existencia de violencia física por sí sola.
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