Argentina atraviesa un momento de grandes expectativas. Sostener esquemas o personas con graves sospechas de corrupción defrauda la confianza en el modelo de país y pone en riesgo el rumbo que millones de argentinos elegimos.
Hasta que “la moral como política de Estado” deje de ser un eslogan hipócrita, todo este sacrificio no va a valer la pena.
El enriquecimiento ilícito es un delito constitucional. Enriquecerse desde la función pública es traicionar a la patria.