..Y de las ruinas, surgirá la nueva vida. Friedrich Schiller La filosofía de Vico no es, como han querido hacer ver los entusiastas seguidores del entendimiento abstracto, un “fruto fuera de estación”. Más bien, es uno de los focos de luz más potentes en los que se concentra la filosofía durante el siglo XVIII. No tanto por haber recogido y conservado en su seno la más rica herencia histórica y cultural, sino por anticipar la más válida, la más civil, de las exigencias por la conquista de la libertad. Cuando el pensamiento está determinado por una visión profundamente crítica que, tarde o temprano, genera una nueva concepción del mundo y de la historia, da la impresión de hallarse ajeno a la circunstancia inmediata del ambiente social y cultural que lo circunda, lo que, no sin frecuencia, motiva el rechazo de quienes absortos por los prejuicios y la enajenación características de su tiempo, no pueden comprender el nuevo contenido, la nueva estructura especulativa y organizacional que, a la luz de dicho pensamiento, apenas acaba de nacer. Pero Carlos Fuentes tenía razón: hubiese sido mejor leer a Vico que a Descartes y a Hume, a Voltaire y a Rousseau, para formarse un concepto concreto de la historia de la cultura latinoamericana, especialmente entre quienes tomaron la iniciativa de construir las repúblicas independientes. La brecha se ha hecho tan profunda que las razones para leer a Vico se han vuelto imprescindibles. “Más Vico y menos Cartesius” reclama el presente, a medida que se confirma la tesis central de su pensamiento: “sólo se puede conocer lo que se hace”. Vico comprendió que la integridad de la sociedad civil descansa en la fantasía de los hombres, como elemento fundante de sus necesidades inmediatas. La religión, el lenguaje y la elocuencia son esenciales para la ley, la política y el Estado, y éstas nunca podrán reducirse a la categorización abstracta, meramente prepositiva, propia de las ciencias físico-matemáticas. Ajenos a un concepto histórico-filológico adecuado, Descartes, Grocio, Hobbes, Locke, Hume o Rousseau, no lograron cimentar la pretensión de establecer una filosofía jurídico-política como ciencia "universal" del bienestar público atemporal, independiente de los contextos culturales de los pueblos. Por eso se aferraron a la teología filosofante y terminaron formulando un “modelo” hipotético, como lo es el derecho natural, sin percatarse de que su formulación abstracta no era más que la expresión de la cultura de su propio tiempo, la lógica específica de su objeto específico. Vico, en cambio, traspasó los límites del cogito, fijando la mirada sobre las relaciones que enlazan el pensamiento con la sociedad y viceversa. Lo hizo, además, con ingeniosa originalidad. Nadie, más que él, ha operado en pro de la historicidad de la filosofía. Su pensamiento es opuesto al empleo reductivo y anacrónico del naturalismo tout court y de la tradición utilitarista de la ley de las ciencias políticas y sociales. La humanidad de Vico -el humando- aprende a buscar tanto la utilidad como la verdad. La racionalidad formal, propia el modelo cartesiano de claridad y distinción, es insuficiente para la adquisición social e histórica del arte de conocer y hacer la verdad. El saber no puede reducirse a prácticas profesionales exclusivas de la ciencia natural y de la lógica formal. Debe incluir los más diversos modos de razonar propios del sentido común, es decir, lingüísticos, retóricos, religiosos, morales, políticos, legales, económicos, sociales, en fin, históricos: lo cual incluye la evidencia, la conjetura y la refutación. Este es el resultado que, para Vico, ni el dogmatismo colectivista ni el pragmatismo liberal están en condiciones de secuestrar, sin llegar a producir graves consecuencias.
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