El grupo de jinetes se desplaza en una línea diagonal compacta y violenta que da una sensación implacable de velocidad y fatalismo.
Parecen aplastar simbólicamente el paisaje.
Bajo los cascos de los caballos, la ciudad arde en llamas con una iluminación trágica de tonos rojizos.
Se alcanzan a divisar pequeñas siluetas de personas que huyen presas del pánico masivo, perdiéndose en el caos.
La pincelada de Böcklin aquí es densa, expresiva y dramática.
Deja de lado el misticismo sereno de obras suyas anteriores (como las famosas versiones de La isla de los muertos) para volcarse en un tenebrismo apocalíptico puro.