¿Por qué cayó la natalidad en todo el planeta al mismo tiempo, en países tan distintos como Corea, Argentina, Irán y España? La respuesta más incómoda cabe en un bolsillo. Advertencia esto es una teoría pero la correlación es fuerte.
Alrededor de 2010, en todos los continentes, en países ricos y pobres, religiosos y seculares, las tasas de fertilidad empezaron a caer de forma sincronizada. Todos hacia abajo, todos al mismo tiempo, todos desde que el iPhone se masificó y las redes 4G cubrieron el mundo.
La explicación económica habitual no alcanza. Corea y Argentina no se parecen en nada, y sus curvas se desploman en paralelo.
Los smartphones movieron la vida juvenil del mundo físico al digital. Las horas que antes se pasaban en plazas, bares y fiestas hoy se pasan mirando una pantalla. En EEUU la socialización presencial adolescente se redujo a la mitad mientras el ocio digital se triplicó. Por cada diez por ciento más de cobertura 4G, los nacimientos adolescentes cayeron casi un punto.
Dentro de las parejas, el phubbing vacía las noches de intimidad. TikTok, Netflix, videojuegos y pornografía compiten con la pareja real y suelen ganar, porque ofrecen dopamina barata sin la fricción del otro.
Se suma la crisis de salud mental de la generación criada con pantalla en mano. Ansiedad, soledad, adolescencia prolongada hasta los treinta y pico. Por eso los incentivos pronatalistas que ensayan Hungría o Corea fracasan. El problema no es el dinero, es que la gente joven está sola en su cuarto.
El mundo no dejó de tener hijos porque se hizo más rico. El mundo dejó de tener hijos cuando dejó de mirarse a los ojos.