Siempre es grato seguir hablando de sirenas. Como decía en el post anterior, el gran hallazgo narrativo de Homero es mostrar sólo su voz sonando desde su isla. Circe se refiere a ellas con una alarmante elipsis, cuando habla de los esqueletos de los marinos, todavía con los restos de su piel colgando, que han muerto escuchándolas. O se han dejado morir, más bien, pues las sirenas no devoran a sus víctimas sino que estas mueren de pura distracción.
No hay descripción física de ellas, probablemente porque el auditorio no lo precisaba, aunque la forma de estos seres pasó por diversos avatares en la larga reconfiguración que hicieron los griegos de ellas, desde su origen oriental. ¿De ellas? Alguna cerámica arcaica muestra sirenas con barba, pero esto se explicaría tal vez por un primitivo carácter andrógino. La tradición generalmente las cuenta como tres, pero Homero hace en algunas ocasiones uso del número dual: Σειρήνοιιν.
Por supuesto, las sirenas homéricas quedan aún muy lejos de esas otras con cola de pez que a partir de la Edad Media se volvieron tentadoras lujuriosas, aunque esa vertiente erótica se empezó a fraguar en época helenística. Las sirenas tientan a Odiseo con el conocimiento absoluto, el canto que todo lo cuenta. Al menos eso prometen en los versos de su llamada, los cuales el rey de Ítaca fue el único que tuvo el privilegio de escucharlos y luego referirlos. Si eran dueñas de ese conocimiento, o si simplemente lo postergaban continuamente a los marinos como esas series que lo embrollan todo y nunca acaban por dar la resolución, nunca lo sabremos.
Cuenta Estrabón que se les rindió culto en la actual Sorrento, en un santuario del cual ningún vestigio ha quedado. ¿Un santuario en honor de unas criaturas maléficas, de las que mejor mantenerse lejos? Las sirenas en origen serían seres relacionados con los ritos funerarios y la psicopompa, la conducción de las almas de la vida a la muerte. Su voz o su canto llamaría a los difuntos a cruzar el umbral definitivo. Y no iría muy descaminada esa primitiva función del dibujo que hace Homero de ellas.
En todo caso, y al margen de su número o de su aspecto, su voz es siempre una, singular. La voz es el verdadero personaje aquí. Y en ese sentido su canto está en el reverso del canto "humano" del aedo. Éste, como todo artista, entabla una suerte de diálogo con su auditorio y con nosotros, los lectores de toda época. A las sirenas no les importa diálogo ni comunicación alguna. Tampoco acusan emoción, ni afecto ni odio. Son como una radio perdida en el océano que emite su mensaje sin parar, una y otra vez. Sabemos que existen, al cabo, porque Odiseo pasó cerca de su isla ("a distancia de escuchar gritar a alguien") y pudo oírlas, hasta que la nave se alejó lo suficiente como para perderlas. Y, como quería Kafka, le perseguiría para siempre su silencio.
Decían los escoliastas antiguos de la Odisea que las sirenas tenían el poder de calmar el mar para así ser mejor oídas. Homero prefiere simplemente describir el inquietante silencio que precede a su canto. Y, por cierto, de las sirenas no muestra sino su voz, aunque bien me temo que algún que otro cineasta no tendrá ese detalle esencial en cuenta...
Chantraine, en su célebre etimológico, propone con cautela el parentesco del nombre "sirena" con el de la estrella Sirio, la de la Canícula. Y a cuento de esto cita a Kurt Latte, que se refería a ellas como "demonios del mediodía y de la calma del mar". Esos demonios del mediodía son en última instancia el 'daemonium meridianum' de la Vulgata, traducción del griego 'daimonion mesembrinón', espíritu pernicioso que ataca en las horas de calor y provoca el abatimiento y la indolencia, la pereza fatal que desvía del deber.
Recuerdo que traduje ese pasaje en plena madrugada de verano (probablemente en tiempo de canícula), pero nunca dejé de imaginar la escena de un tórrido mediodía y de un mar y un cielo limpios, lisos, insultantemente claros y azules, como recíprocos espejos. Como el "Midi sans mouvement" de Valéry, el lugar perfecto para perder el juicio y la ruta y querer escuchar el canto de los cantos.
En este vídeo leo el pasaje del encuentro con las sirenas en mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024), seguido del paso por Escila y Caribdis.
youtube.com/watch?v=pqLm5Qgy…