Este artículo de Tom Golden me parece excelente. Golden explica que el feminismo contemporáneo (especialmente en su versión radical e institucional) ha convertido la agresión relacional en su principal arma de control cultural. La agresión relacional (también llamada agresión social o agresión indirecta) es una forma de agresión típicamente femenina que no suele necesitar fuerza física. Dice Golden:
“La agresión relacional no suele basarse en la fuerza física. Funciona a través de la vergüenza, la exclusión, el daño a la reputación, la presión social, la manipulación emocional y el control de la narrativa. Ataca la posición social, el sentido de pertenencia, la credibilidad y el derecho a hablar de una persona.
A nivel personal lo vemos en las relaciones cuando una pareja usa la culpa, el retiro emocional, la vergüenza pública, la triangulación o las acusaciones para silenciar a la otra. Pero los mismos mecanismos pueden operar a nivel cultural. Cuando eso ocurre, el objetivo ya no es solo una persona. El objetivo puede convertirse en todo un grupo.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con los hombres.”
Las principales técnicas de agresión relacional que identifica Golden son las siguientes:
- Culpabilización o avergonzamiento (Shaming) sistemático: etiquetar de forma constante la masculinidad como “tóxica”, “frágil”, “opresora” o “problemática”. Se repite hasta que se asocia automáticamente cualquier rasgo masculino tradicional con algo negativo.
-Etiquetado moral rápido: acusar inmediatamente de misógino, sexista, incel, patriarcal o abusador. La mera acusación ya funciona como condena social y coloca al señalado a la defensiva.
-Exclusión social: una de las tácticas más efectivas y frecuentes. Consiste en negar sistemáticamente a los hombres el derecho a participar o ser escuchados en ciertos temas. Ejemplos típicos:
-“No te centres en los hombres” (no hables de los problemas de los hombres cuando estamos hablando de mujeres).
“Este es un espacio seguro para mujeres” (con lo que se justifica expulsar o silenciar voces masculinas).
-“Los hombres no deberían opinar sobre esto” (aborto, custodia, violencia doméstica, educación, etc.).
De esta forma se consigue que los hombres queden fuera del debate sobre cuestiones que les afectan directamente, reforzando la idea de que solo las mujeres tienen legitimidad para hablar de género y familia.
-Uso estratégico de la victimización: colocar a las mujeres siempre como víctimas eternas y a los hombres como culpables por defecto. Esto sirve de escudo moral: cualquier crítica se interpreta como ataque a las víctimas.
-Gaslighting cultural: negar o minimizar problemas masculinos reales (suicidios, custodia de hijos, sintecho, mortalidad laboral, etc.) mientras se amplifican constantemente los femeninos.
-Control de la narrativa y acusaciones públicas: decidir qué se puede decir y qué no. Especialmente visible en
#MeToo y “Believe Women”, donde la acusación sola genera castigo grave.
-Construcción de coaliciones: otra herramienta fundamental. Las ideas feministas se han extendido e instalado en universidades, ONGs, medios de comunicación, agencias gubernamentales, departamentos de Recursos Humanos, tribunales de familia, colegios profesionales y instituciones terapéuticas. Una vez que estas instituciones adoptan la misma narrativa básica, disentir se vuelve muy arriesgado. La gente aprende rápidamente qué se puede y qué no se puede decir.
Dice Golden:
“La genialidad de la agresión relacional es que rara vez requiere control directo. Funciona a través del miedo. Los jueces temen ser retratados como sexistas. Los políticos temen perder votos, donaciones o apoyo público. Los administradores universitarios temen campañas activistas. Los periodistas temen el ostracismo profesional. Los terapeutas temen quejas ante sus colegios profesionales. El miedo no tiene que ser constante; solo necesita ser creíble. Una vez que suficiente gente entiende las penalizaciones sociales que conlleva disentir, la mayoría se autocensurará sin que nadie se lo pida. Las instituciones se convierten entonces en amplificadoras de la narrativa, enseñando al público qué es aceptable pensar y decir. La población no suele ser controlada mediante la fuerza, sino mediante el riesgo reputacional. La gente aprende qué opiniones traen aprobación y cuáles invitan al castigo. Así es como un movimiento ideológico relativamente pequeño pero muy motivado puede ejercer una influencia mucho mayor que su número real.
Aquí es donde la agresión relacional se institucionaliza. Ya no es simplemente una activista avergonzando a un hombre. Es toda una red de instituciones, incentivos y presiones reputacionales que señalan que ciertas preguntas son peligrosas.
¿Podemos hablar de la violencia femenina?
¿Podemos hablar de las víctimas masculinas?
¿Podemos hablar de las acusaciones falsas?
¿Podemos hablar de los chicos quedándose atrás?
¿Podemos hablar de la pérdida de los padres?
¿Podemos hablar de la agresión relacional de las mujeres?
A menudo la respuesta es no, no porque las preguntas sean inválidas, sino porque amenazan la narrativa protegida.”
En resumen:
“El feminismo no ha triunfado solo por sus argumentos, sino porque aprendió a controlar el precio social de disentir. Dominó el uso de la vergüenza, la exclusión, las etiquetas morales, el estatus de víctima y las amenazas a la reputación para conseguir que expresar desacuerdo se sienta arriesgado y costoso.”
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