En uno de sus ‘Idilios’, Teócrito retrata al cíclope Polifemo aún con su ojo intacto, pero con el corazón hecho trizas por la ninfa Galatea. Sentado en la ribera solo y sentimental, desatendidos sus rebaños, el cíclope halla consuelo en la música y en el canto para esos amores no correspondidos. Imagen esta, en fin, muy propia de la sensibilidad helenística, "literaturizada" y descreída (o más bien distanciada), con que el poeta nos presenta a un Polifemo entre lo patético y lo risible, casi como un amable personaje de vodevil.
El Polifemo de Teócrito está a años luz del Polifemo que Homero dibuja en la Odisea. Pero en contra de esa idea que el imaginario ha tendido a construir, el Polifemo con que se topan Odiseo y sus hombres no es un bruto de escasas luces, sino un personaje bastante complejo. Un monstruo, sí, pero su monstruosidad no emana sólo de su aspecto físico sino también (y sobre todo) de su carácter. Así es descrito (en mi traducción de la Odisea):
«Hacía morada allí un varón monstruoso, que apacentaba
en retiro sus rebaños, y a ningún otro trataba,
mas que vivía apartado y en vilezas entendido.
De cierto eran sus hechuras las de un espantoso monstruo,
no las de un hombre que come pan: como boscosa cima
que entre las altas montañas apartada descollase».
Cuando Homero dice eso de que sus hechuras no son las de un hombre que coma pan, está apelando a una metáfora y a una fórmula muy recurrente en el poema. "Comer pan" es formar parte de una civilización, ser un igual, un congénere. Cuando Odiseo y sus hombres llegan a alguna tierra desconocida, lo primero que suele hacer el hijo de Laertes es enviar a un heraldo junto a alguno más para "hacerse con noticia de qué hombres comen su pan en aquella tierra".
Siguiendo con aquella simplificación del imaginario, Polifemo no es tampoco el gigante del cuento que come gente y aguarda en su gruta al guerrero que le haga frente; antes bien, se trata de un antagonista esencialmente intelectual, por más que se conduzca por arrebatos de fuerza bruta. Odiseo, que busca la hospitalidad del cíclope (aun intuyendo que la cosa no ha de acabar bien), halla en Polifemo a su némesis, pero también éste encuentra a la suya en Odiseo. Son los contrarios perfectos en el poema, pues el uno es exactamente todo lo que el otro no es. Odiseo representa el viaje, el tender puentes hacia otras gentes, el aprender de ellas y el adaptarse al medio: la civilización en suma. Polifemo, en cambio, se muestra como el solitario y misántropo ("bestia o dios", como diría Aristóteles) cuya ignorancia no es la del diletante asombrado ante el mundo, sino la del soberbio que desprecia lo que desconoce y se escapa de sus angostos límites. Incapaz de salir de su pequeño mundo, de viajar, desprecia el mar y las naves, y desprecia al otro, al extranjero. Desprecia, al cabo, la hospitalidad y la civilización. En cada parlamento suyo parece estar de vuelta de todo. Y ya decía don Juan de Mairena que:
«Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!»
Odiseo, entonces, no acaba venciendo a Polifemo porque éste sea poco menos que el tonto del pueblo, sino porque su universo está ridículamente jibarizado. Como diminuta también es su noción del lenguaje, incapaz de entender el habla humana como un hecho social. Y por eso el rey de Ítaca, que lo sabe perfectamente, escoge ese ingenioso y retorcido ardid lingüístico. Cegarle el ojo con una estaca ardiendo no era el fin sino el catalizador para que dicho ardid hiciera efecto.