Durante su rueda de prensa, Trump dijo una frase escalofriante: “el dominio de Estados Unidos en América Latina no será cuestionado nunca más”.
Y no, frente a una afirmación así no es conveniente quedarse callados, porque no es un asunto exclusivo de Venezuela: le compete a toda la región.
Es perfectamente legítimo —y profundamente comprensible— que muchos venezolanos estén celebrando. Cayó un dictador que le hizo un daño inmenso al país, y solo ellos saben lo que vivieron. Pero respetar esa celebración no implica renunciar a opinar ni dejar de advertir sobre el precedente peligrosísimo que esta intervención deja para América Latina.
Señalar ese riesgo no es “Venezuelasplaining”. Es asumir que lo ocurrido abre preguntas serias sobre democracia, soberanía regional, dominación global y viejos delirios imperialistas que creíamos superados. Preocuparse por eso también es legítimo.
Reducir este debate a un “no sean paternalistas” es simplista —y más aún para quienes hacemos análisis político—. Callar ante una amenaza explícita de dominación no es respeto: es renuncia.