El fútbol tiene algo que muy pocas cosas logran: durante 90 minutos desaparecen las diferencias. No importa de dónde venimos, qué pensamos o cómo vivimos. Todos gritamos el mismo gol, sufrimos la misma derrota y soñamos con la misma victoria.
Por eso duele tanto ver que, mientras la afición está lista, quienes gobiernan no estuvieron a la altura. El Mundial no llegó por sorpresa. Hubo años para prepararse, para mejorar la ciudad, para ordenar, limpiar, reparar y planear. Y aun así, hoy vemos obras inconclusas, improvisación y una falta de visión que contrasta con la grandeza del evento que estamos por recibir.
México merece que el mundo vea lo mejor de nosotros, no los pendientes de un gobierno que tuvo tiempo y no respondió.
Porque el fútbol nos une, pero también nos recuerda algo importante: los grandes partidos se ganan con preparación, disciplina y trabajo en equipo. Y cuando eso falta en el gobierno, el resultado se nota antes de que ruede el balón.