El descontento de los poetas (y de la comunidad cultural)
Como podrán apreciar por las noticias y los abundantes testimonios expuestos en las redes, ayer, a pesar de las lluvias, un numeroso grupo de poetas y escritores manifestó su inconformidad frente al Museo Casa del Poeta Ramón López Velarde. El motivo es grave: sin hacer una consulta pública, la nueva secretaria de cultura del gobierno de la ciudad de México anunció que el único recinto de la ciudad destinado a promover la rica tradición de la poesía mexicana cambiaría de nombre y funciones. En lugar de honrar a uno de los más grandes poetas mexicanos, conservar su domicilio como un museo y promover a la más delicada pero nutritiva de las artes literarias, el espacio sería llamado de ahora en adelante, y por decreto unipersonal, "La Casa de las Palabras”. Además, que su misión cambiaría de modo radical, y que en su reducida cafetería se ofrecerá el primer cabaret abierto al público de esta ciudad.
Convertir un museo en algo tan diferente como un cabaret equivale a instalarse en el Palacio de Bellas Artes y anunciar que a partir de la siguiente quincena el espacio funcionará como sucursal de una cadena de supermercados, o a tomar por asalto el museo Rufino Tamayo o el de Arte Moderno e instalar ahí “La casa de las patinetas” y “La casa del repujado”. Siguiendo esa lógica, se me ocurren muchas instituciones públicas que merecen un cambio urgente de nombre, a fin de designar lo que realmente ocurre en sus interiores, pero no lo haré: entrar en precisiones atentaría contra el buen gusto de quienes me leen. Es absurdo que la comunidad cultural deba exigir que los funcionarios culturales respeten las funciones y la noble vocación de las instituciones que deberían proteger, pero así es.
A nadie le extraña esto, pues la funcionaria se ha limitado a seguir la lógica de sus colegas. Para desencanto del gremio ya otros servidores públicos han cortado de tajo los logros alcanzados por muchas generaciones de creadores, provenientes no de una, sino de todas las tendencias políticas. Así, vimos que desaparecían incontables ferias del libro en buena parte de los estados del país, que desaparecían numerosos premios literarios nacionales y regionales, que desaparecían Educal y la Dirección General de Publicaciones y que el Fondo de Cultura Económica cambiaba sustancialmente la naturaleza de los libros que debería publicar.
Que los poetas se hayan manifestado indica a qué extremo cunde el descontento en materia cultural en este país. Si fuera necesario repetir la manifestación, me atrevo a apostar que asistirán muchísimos creadores, no solamente los que viven en los alrededores de la colonia Roma o los que practican la poesía, a pesar de la amenaza constante de inundación que padecen tantas colonias, de Polanco a Coyoacán, muy pintadas pero mal desaguadas.
Ante semejante muestra de descontento, que podría crecer y desbordarse aún más, un funcionario sensato se retractaría, atendería las exigencias justas y tomaría nota para evitar futuros conflictos debidos a lo que parece un acto de improvisación, más que de análisis. Lo peor que podría hacer en las actuales circunstancias sería atizar más el incendio, y acusar de “derechistas” a los poetas. Dicha acusación, lejos de ser verídica, sólo serviría para pintar de cuerpo entero a los acusadores y demostrar que han perdido la brújula, si es que alguna vez la tuvieron.
(De muestra, dos notas:
milenio.com/cultura/casa-poe… y
jornada.com.mx/noticia/2026/…)