🔊 Lo que no quieres escuchar.

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Den la cara La lógica detrás de un debate es sencilla: se formulan preguntas de interés general y los candidatos responden de acuerdo con la visión de país que les proponen a los ciudadanos. Sin embargo, ni @DELAESPRIELLAE ni @IvanCepedaCast han querido participar en ese espacio. Más allá de las excusas rebuscadas con las que sus campañas han intentado justificar su ausencia, existen dos razones por las que un candidato evita un debate: porque no tiene ideas o porque tiene cobardía de exponerlas. Se requiere coraje para responder preguntas incómodas, para exponerse ante el país en un escenario de deliberación pública y para replicar con altura argumentativa los cuestionamientos de los demás. Pero se requiere todavía más coraje para aspirar a presidir una nación. Cepeda le debe explicaciones al país por su glorificación a los autoritarismos de Cuba y Venezuela. De La Espriella debe aclarar su pasado que lo vincula, entre otras cosas, a testaferros, paramilitares y estafadores. Para eso son los debates, espacios que permiten transparentar las posturas de los políticos para que la ciudadanía conozca quiénes son y qué piensan los candidatos detrás de una sonrisa bonita, un trend viral en TikTok o una pose militar. La negativa a participar en espacios de diálogo e interpelación fortalece las campañas de nicho y alimenta una visión profundamente antidemocrática de la política. Una visión peligrosa, muy peligrosa: quien hace campaña para unos pocos gobernará para unos pocos; quien repite las mismas oraciones al mismo público de convencidos terminará excluyendo aquellas voces que dicen lo que no se quiere escuchar. Hay una premisa —hoy transformada casi en una súplica— que en estos tiempos no puede pasar inadvertida: la política no se hace contra el otro, sino con el otro. Y el debate es el escenario político más elemental para poner ese principio en práctica. Cepeda y De la Espriella; den la cara, tengan coraje.
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Apagar el mundo Por: @CamilaAvril Casi todo salió mal, aunque parecía que el día venía con suerte. El avión había aterrizado veinte minutos antes, lo que significaba que no habría que correr tanto. Pero entonces hizo un giro extraño en la pista y quedó parado en medio de la nada. El piloto explicó por el altavoz que habíamos llegado más temprano y la puerta estaba ocupada por otro avión. Pero entonces pasaron los minutos y la puerta seguía ocupada y luego había mucho tráfico aéreo y luego que no nos iban a asignar otra puerta, que había que esperar, que I’m so sorry y que iban a pasar de nuevo con el carrito de refrescos. La azafata dijo I’m so sorry también, que la verdad es que le quedaba poca agua, unas cuantas sodas, un poco de café, pero que con mucho gusto. Un segundo después dijo que tocaba sin hielo porque ahora el hielo era agua. Mientras tanto yo seguía cruzando los dedos porque el segundo avión estaba retrasado por el mismo problema, pero ya perdía la esperanza con el tercero: ya no iba a llegar a Medellín a las doce de la noche. Fueron tres horas, casi lo mismo que se demoró el primer viaje. Nadie dijo nada. Es como si nos hubiéramos resignado a la nada, a permanecer sentados con el cinturón puesto. A mirar el celular, pero yo no quería abrir el celular: estaban hablando de las elecciones. Ahora es la una de la mañana más doce minutos. Significa que también perdí la segunda conexión. Estoy en la sala de espera del aeropuerto de Washington D.C. No tengo sueño. Las luces están tan amarillas que aunque veo la oscuridad a través de las ventanas mi mente se siente en pleno mediodía. Hay poca gente, pero no estoy sola: la señora de la derecha está durmiendo con la boca abierta mientras su esposo lee un libro viejo y a veces la mira. No sé si envidia que duerma o se avergüenza. Al otro lado hay otra pareja de esposos que se acaban de levantar a caminar y una muchacha con una cobija azul oscura que tiene los ojos cerrados pero mueve desesperadamente los pies. El esposo lector acaba de despertar a la esposa dormilona. Se quejan, pero no alcanzo a escucharlos. Yo ni ganas tengo de quejarme. Una señora de setenta años barre. Acaba de prender la aspiradora y la sala se ha llenado del ruidoso sonido. La sala está sucia, llena de papeles en el suelo, de vasos olvidados. Supongo que los olvidadizos dirán que para darles trabajo a los que limpian. I’m so sorry for la señora de setenta años que debería estar tranquila durmiendo en su casa, pero hay que trabajar. Todavía me faltan dos horas y cincuenta y nueve minutos para abordar. Estaba contenta con este viaje porque solo tomaría doce horas. El de vuelta tiene una escala de horas, para un total de veintiuno. Quizá es la primera vez que paso la noche en un aeropuerto. Quizá fue culpa del Mundial. En las pantallas de atrás de una cafetería estaban pasando el partido de Estados Unidos contra Paraguay. En el cuarto gol hubo algunos aplausos. No muchos, solo cuatro gatos estaban mirando. Yo ni me inmuté. No sé si le he perdido cariño al fútbol o es la distancia. O es que casi nadie en este país le gusta el fútbol. Voy camino a casa. Si todo salía bien mañana vería al gato y a la mamá, pero como todo salió mal ahora tendré que esperar hasta el domingo. Hay cosas de ser de un pueblo: nunca el destino final del avión es tu destino final. Dos días de viaje para que el gato me mire feo. No me reconozca. Me ignore. Ahora es la una más veintiséis minutos. Quizá tengo hambre, pero a esta hora todo está cerrado. Ni que me gustara comer en los aeropuertos: es caro y es maluco y ahora me persiguen las calorías:  un simple sánduche tiene ochocientas. Supongo que hay una ley que los obliga a ponerlas en las pantallas. Me gusta saberlo, solo que me aterroriza. Una amiga dice que no las mira y ya está, pero yo soy incapaz: una empanada argentina tiene como quinientas y algo más. A las siete elegí un grilled chicken with bread, que sin salsas sumaba solo 350 e incluía tomate y lechuga. Yo es que me traigo las zanahorias miniaturas para el camino, pero es que uno se cansa. Se cansa de leer, se cansa de ver series, se cansa de las películas, se cansa de los pódcast, se cansa de uno mismo. Estoy cansada de las redes sociales y de las elecciones y del peso de que de todas maneras hay que elegir un presidente entre las únicas dos opciones posibles. La tía en el chat de la familia mostró sus miedos. Yo le iba a contestar, pero me quedé pensando que hay terrores arraigados que no se quitan con un mensaje. En realidad me dio pereza juntar los argumentos para una causa perdida. Adentro, mi propio miedo. Porque uno con los políticos sí se juega el país. Se juega el futuro de muchos que tienen menos privilegios. Y, sin embargo, es la una más treinta y siete minutos y yo estoy cansada de esta sala, de esta espera, de este país, de este mundo. Tengo envidia de la señora de la cobija azul clarito y saco con capucha blanca que ya apagó el mundo. Yo en cambio sigo con la señora que limpia. Ha pasado tres veces la escoba y una la aspiradora y el piso todavía está lleno de migajas.
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Pueden irse en paz Por: @mariod2118 Estuve en una misa. En otra. Yo, que al terminar el colegio de curas donde cursé el bachillerato creí que no volvería a una iglesia nunca más en mi vida, he regresado con cierta frecuencia de cuenta de matrimonios de amigos, bautizos de sus hijos y funerales de sus padres… Es el círculo de la vida enmarcado entre el Yo pecador y el hosanna. En fin, que estuve en misa. En una primera comunión —me faltó esa—. Antes de terminar, durante los avisos parroquiales, entre peticiones por el diezmo y reconvenciones varias, el cura hizo un llamado a la participación democrática en la segunda vuelta electoral, pidió que el voto fuera a conciencia, para después deslizar que la mejor opción es aquella que represente los valores católicos. Solo le faltó ponerse firme y llevar la mano derecha, con los dedos bien estirados, hacia la frente. Quien exija a estas alturas que la Iglesia —las iglesias— no participe en política desconoce la historia misma de la religión. Así que la petición velada desde el altar me pareció esperable. Incluso obvia. Reparé en el párroco. Soy malo para el cálculo, pero creo que rondaba los cuarenta. No era, pues, un tipo del que uno pudiera decir que estaba viejo. Pero ahí estaba, con su alba, su casulla, su cíngulo y su estola diciéndoles a sus fieles que votaran por el señor que desprecia al otro y promete destriparlo. Todo muy al estilo del Antiguo Testamento. Supuse, entonces, que el cura en cuestión prefiere repetirse a sí mismo los 10 mandamientos y dejar de lado el Sermón de la Montaña: «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados». Supongo que tampoco le debió de haber gustado mucho que la Conferencia Episcopal Colombiana hubiera publicado un comunicado donde recordaba que «el cristiano no vota por 'salvadores', sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de la casa común». Parafraseando el evangelio de Mateo, el que tenga ojos para leer, que lea. Puede ser, también, que el sacerdote en cuestión frunza el ceño cuando le recuerdan que Jorge Mario Bergoglio al estrenarse como Papa, durante su primer discurso en la isla de Lampedusa, alzó la voz contra lo que denominó la cultura del bienestar «que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos y nos hace insensibles al grito de los demás». Porque se me antoja que este cura (y otras tantas personas, entre eclesiásticos y seglares), es sordo a las voces de los nadies. Que recen más duro, para que los oiga el dios ante el cual claman, porque sus prójimos los ignoran. Que se salven si tienen con qué. Las palabras del cura de esta historia me llevaron al libro El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas. Se pregunta a sí mismo el escritor mientras conversa con Aldo Cazzullo, periodista estrella del periódico Corriere della Sera, sobre Bergoglio: «¿A quién puede parecerle mal estar contra la guerra, contra las desigualdades, contra la pobreza o a favor de la preservación del planeta?». La pregunta es retórica. Nadie se levantará a decir: Aquí, yo, sí. A mí me parece mal todo eso. ¿Y qué? Y sin embargo… Hay que verlos como siguen confundiendo y asegurando (a propósito algunos, por pura desidia de buscar un poco mejor, otros tantos, y por pura confirmación de sesgo un buen número) que estar contra la guerra es estar del lado de los criminales. Se convencieron de que estar contra las desigualdades y la pobreza es cosa de comunistas (porque hay que ver qué miedo le tienen al fantasma del comunismo); y que estar a favor de la preservación del planeta —oponiéndose al fracking, por ejemplo— es condenarnos a la miseria como país. Al final, dijo el hombre desde el altar, «pueden irse en paz».
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Soy feminista y voy a votar por Abelardo Por: Amalia Uribe Soy feminista y voy a votar por Abelardo De La Espriella. Soy consciente de que, para muchas personas, especialmente para mujeres, amigas mías, feministas también, suena contradictorio. Parece una traición a mí misma, a mis principios y al feminismo. Y por eso hoy vengo a explicar mi postura y a defenderla. No para convencer a nadie, sino porque creo que las decisiones políticas —y personales— de una mujer también son una causa feminista, más aún, son un logro del movimiento. Me declaro abiertamente feminista desde hace siete años. En un principio, muy radicalizada, veía machismo en todas partes y me ofendía todo el tiempo. Luego, elegí, día a día, combatir los micromachismos que veía a mi alrededor. Me di cuenta de un montón de actitudes machistas que yo también tenía y empecé a eliminarlas de mi vida. La más importante y de la que me siento más orgullosa es que dejé de ver a las mujeres como una competencia y empecé a verlas como el movimiento feminista siempre nos ha pedido que lo hagamos: como humanas. En el feminismo eso se llama ponerse las gafas moradas. Entendí que este movimiento no es un club al que se entra cumpliendo requisitos como si se tratara de una lista de pendientes. El feminismo es, en esencia, un movimiento político, social y filosófico que promueve las libertades individuales independientemente del sexo, quitándonos esa carga de los estereotipos de género que, históricamente, se nos han asignado tanto a hombres como a mujeres. Gracias al feminismo gozo de muchos derechos que  muchas mujeres antes de mí no pudieron ejercer: como estudiar una carrera universitaria, trabajar y escribir esta columna, por ejemplo. No ignoro que Abelardo ha tenido declaraciones y comportamientos machistas. No comparto sus ideas conservadoras sobre la familia, ni sobre las mujeres encasilladas en un único molde: el de madre y esposa, ni mucho menos su catolicismo impostado. Entonces ¿qué hace una feminista como yo votando por un candidato con el que difiere en un asunto fundamental? La respuesta se enfoca en las prioridades, en lo que considero que está por encima de mi propia visión de la vida. Una elección presidencial no es sólo un examen de pureza ideológica. Si así lo fuera, ganaría el voto en blanco, pues nadie puede estar cien por ciento de acuerdo con los políticos que aspiran a gobernarnos. Durante años, el feminismo ha luchado contra la violencia intrafamiliar, la violencia sexual y los feminicidios. Y sin embargo, el gobierno de Gustavo Petro, que se alzó con las banderas del movimiento feminista, no ha tenido acciones contundentes para disminuir las cifras de la violencia contra nosotras. Por el contrario, han aumentado y, además, el presidente se ha hecho el ciego y el sordo frente a señalamientos a miembros de su gabinete por conductas de violencia contra las mujeres. Y es que pareciera que la seguridad fuera una bandera de la derecha y los derechos de las mujeres una bandera de la izquierda. Y no. La seguridad es una causa feminista. Y nuestros derechos no deben ser instrumentalizados para las agendas de campaña o para ganar votos. Las mujeres no somos un tema. Merecemos vivir libres y seguras para garantizar nuestra vida. No podemos vivir con miedo a salir de noche, a evitar ciertos lugares a ciertas horas, a perder a nuestros hijos por cuenta de la violencia o de las bandas criminales, o a que nuestras hijas sean una estadística más de las violencias de género. Porque una niña que crece con miedo se convertirá en una mujer que nunca será del todo libre. Soy feminista y votaré el próximo domingo por Abelardo De La Espriella, porque el feminismo no se trata sólo de vivirlo cuando nos conviene, también se trata de asumir una postura crítica frente a lo que está en riesgo. Porque quiero seguir siendo una mujer libre, en un país con democracia para votar cada cuatro años, porque sin seguridad no hay forma de abrir otros caminos ni de garantizar ninguno de los otros derechos, y porque en un futuro quiero mirar a los ojos a Alejandro, el hijo de Miguel Uribe, y decirle que yo no le di la espalda al candidato que podía ganarle al amigo de los asesinos de su padre.
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¿Firmes por la patria o firmes por la democracia? Por: @PabloMuneraU Minutos después de publicar mi columna anterior, en la cual anunciaba –desde el título–que votaría por Iván Cepeda, incluso a pesar de Petro, ya había perdido varios amigos “democráticos” y la estima de otros cuantos. Paradójicamente, de los que nunca votarían por Cepeda, porque, según ellos, sería el fin de la democracia. Se asombraban unos de que yo, que me declaro una persona de centro, pudiera llegar a votar por Cepeda, porque dicen –y creen– que acabaría con el Estado social de derecho y con nuestras principales instituciones, empezando por la Constitución de 1991. Me extraña –y hasta me asusta– a mí de ellos, ciudadanos supuestamente conscientes, dos asuntos: 1) que tuvieran raseros exageradamente desiguales para evaluar el peligro que uno y otro candidato representan; y, en consecuencia, 2) que, aún con esa asimetría de juicio, no les parezca más amenaza Abelardo de la Espriella (ADLE), que Iván Cepeda. Entre tantas barbaridades y despropósitos, ADLE, el “Defensor de la Patria” ha dicho que este es un “país de desagradecidos, desleales y cafres”, por el cual no vale la pena sacrificar a su familia. Ha prometido “destripar” a la izquierda que es una “plaga que debería ser erradicada”, y anunció, en su discurso ganador, que a partir de ese momento neutralidad sería complicidad: una forma de advertir, claramente, que el que no estuviera con él estaría en contra de él. Aunque no le importa mucho, porque, amenaza, impondrá sus condiciones “por la razón o por la fuerza”. Asimismo, ha hostigado a medios de comunicación como La Silla Vacía; mantiene una obsesión con silenciar a la prensa a través de acciones legales; y ha maltratado a periodistas –especialmente mujeres– a las que no duda en tildar de ignorantes o activistas cuando lo contradicen o simplemente le hacen una pregunta incómoda. Más aún, ha presumido en medios del tamaño de sus genitales, como arma infalible para atraer votantes del sexo femenino. Sigo con su listado. Ha celebrado la existencia del paramilitarismo y de que la sociedad civil se arme. Como abogado no solo ha defendido a personajes sombríos, sino que ha tenido vínculos turbios con varios de ellos, tales como Alex Saab (testaferro de Nicolás Maduro) y David Murcia Guzmán (DMG), que desfalcó a cientos de miles de colombianos. Algunas investigaciones, entre ellas la realizada por La Silla Vacía, muestran que su gran fortuna no se justifica por sí sola y contrasta con el mal rendimiento de sus empresas, aun cuando posa de empresario exitoso. Entre muchas de sus propuestas exprés para convertir a Colombia en una “Patria Milagro”, ADLE como “empresario de realidades y no como mercader de ilusiones” ha propuesto reducir el Estado en un 40%, entre otras vías, eliminando unos 700.000 cargos de funcionarios y contratistas y 121 entidades, empezando por la JEP. Ha prometido sacar a Colombia de la CIDH, la ONU, la OEA y otros organismos internacionales que “no dan plata”. Para empezar a cumplir sus promesas y demostrar su eficacia, el primer día de su gobierno emitirá 90 decretos –que en su mayoría regularían derechos fundamentales–: una ligereza que implicaría saltarse al Congreso y a las Cortes. Finalmente, ADLE no solo no rechaza la intervención de Ecuador y EE.UU. en nuestras elecciones, sino que la celebra y promueve que lo hagan, lo que va en contra de nuestra soberanía. Por dos o tres cosas equivalentes a las de este listado que Cepeda dijera, hiciera o propusiera, lo condenarían al último círculo del infierno de Dante, reservado para los traidores, en este caso de la Patria. Abelardistas, uribistas y hasta muchos centristas, empezando por los grandes medios de comunicación del establecimiento colombiano (RCN, Caracol, Semana, El Tiempo, El Colombiano, El Espectador) que hoy lo tildan de extremista, no lo bajarían de dictador. Si aplicaran el mismo estándar que le aplican a Cepeda, ADLE estaría políticamente liquidado Dos ejemplos concretos bastan para ilustrar esta asimetría en el trato. Primero: el desafortunado trino de Cepeda en el que decía “Si no te gusta Colombia, nuestra gente, nuestra cultura y nuestra comida: ¿por qué no te vas del país?” generó mucho más escándalo y condena que la frase de ADLE “este es un país de desagradecidos, desleales y cafres”. Si Cepeda nos hubiera tratado así, la indignación nos duraría toda la vida. Segundo: es fácil imaginar el revuelo que habría causado si Rusia o Venezuela hubieran intervenido abiertamente en nuestras elecciones a favor de Cepeda y este hubiera ganado, tal como lo hicieron EE.UU. y Ecuador a favor de su rival. No exagero si digo que todavía sería el tema de discusión. Son comprensibles algunas de las objeciones que se le hacen a Iván Cepeda. Pero son complacientes casi todas las concesiones que le otorgan a De la Espriella. Son implacables con las críticas al primero y permisivos con los disparates del segundo. En suma, hay una sobredimensión de los peligros que representa Cepeda y, al contrario, una subestimación –cuando no hasta exaltación– de las barbaridades del segundo. No importa que sea un peligro –el mayor– para nuestra democracia, como lo advierte el académico y analista político Jorge Giraldo Ramírez –para nada petrista– en una columna reciente titulada La vergüenza. Empieza diciendo “Abelardo de la Espriella es ejemplo de la desfachatez” y la cierra con esta sentenciosa frase: “El deber hoy es evitar el ascenso al poder de un hombre que amenaza la convivencia, la libertad, la paz y la búsqueda de un orden justo”, en clara alusión al desfachatado. Si con 10 puntos a favor de ADLE, que a diez días de la segunda vuelta marcan las encuestas, la derecha y los antipetristas están tan encolerizados con Cepeda y con los que vamos a votar por él ¿cómo estarían si estuvieran 10 puntos por debajo? ¿Cómo serán cuando sea presidente? ¿Nos destriparían? La polifacética Hannah Arendt nos recordaba que “La banalidad del mal no viene de los monstruos. Viene de la gente normal que deja de pensar”. Y el profesor Tomás Molina complementa, para nuestro contexto: “No podemos olvidar que hay gente que sí sueña con un destripamiento o exterminio de la izquierda. Ese no es solo el deseo de un candidato tiránico y demencial, sino una fantasía compartida por varios sectores de nuestra sociedad”. Si usted realmente cree que en estas elecciones están en riesgo la democracia, las instituciones, el Estado social de derecho y nuestra Constitución en general, y considera que Cepeda encarna esos peligros, entiendo sus inquietudes, aunque no comparta todas. No pretendo convencerlo de que vote por él, porque siempre he creído que bajo ninguna circunstancia ganaría. El cómo sea y con quién sea contra Cepeda, que tanto propugnaban sus detractores, no tenía pierde un país con un establecimiento tan poderoso y conservador como el nuestro. Hoy los resultados y las encuestas me han dado la razón. Pero si su preocupación por la democracia es genuina, no entiendo ¿cómo puede votar por ADLE o abstenerse de votar? Claramente, De la Espriella es un candidato obsceno, que tiene poco o nada de demócrata; le fastidian los cuestionamientos y los controles institucionales –incluyendo la Constitución– y no está dispuesto a tolerarlos por mucho tiempo. Si quiere preservar la dignidad de la democracia y está de acuerdo en que ambos candidatos son una amenaza para la misma, no solo tiene la opción sino el deber de votar en blanco, que es la expresión del rechazo a los dos, y que, consistentemente, siempre ha sido muy alto para ambos en todas las encuestas presidenciales. De manera que, si usted es antipetrista, anticepedista o ambas cosas, pero valora la democracia, el próximo domingo tiene dos opciones: 1) “firmar por la patria que representa ADLE –en la que “los nunca” ya se fusionaron con “los de siempre” – y de la que, dijo, era de “desagradecidos, desleales y cafres”; o 2) firmar por la democracia y votar en blanco. Abstenerse, en este contexto, no refleja el rechazo al autoritarismo, sino que termina favoreciendo a ADLE. Que el voto en blanco, como expresión de rechazo, sea entonces la reivindicación de la democracia.
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Allá arriba Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Después de llegar, Delio. No recuerdo bien dónde ni a quién le leí la frase, pero tengo la certeza de que hablaba de la fundación de Manizales, y con ella, condensaba bien la historia de la colonización antioqueña: Allá arriba, unos antioqueños están fundando un pueblo en contra de la voluntad de Dios. Por razones de nuestra historia, que no profundizaré en esta columna, nuestros pueblos y barrios siempre fueron abriéndose paso allá arriba, por entre las altas montañas. Pocas veces de manera organizada, pero en general como se podía, por la urgencia de la necesidad, por el tesón y el afán de tener encima un techo distinto a las estrellas. En Medellín, particularmente, gran parte de los barrios se desarrollaron rápidamente y sin ninguna planeación o técnica más allá del saber artesanal y del afán propio de la necesidad de miles de colombianos que llegaron a la ciudad huyéndole a la violencia. Esta ciudad vivió diferentes procesos y planes de desarrollo urbano en los albores del siglo XX, pero no supo responder al estallido demográfico de los años 50s y 60s ante la llegada masiva de desplazados por la lucha fratricida que se tomaba la ruralidad y la marcada falta de oportunidades en sus lugares de origen. Por ponerles un ejemplo, la Sociedad de Mejoras Públicas impulsó en 1908 el Plan Urbano, para 1913 la ciudad promulgó el Plan Medellín Futuro y en 1950 el Plan Piloto. Sin embargo, todo quedó corto a la realidad. Para 1938 la ciudad tenía alrededor de 168.000 habitantes, para 1951 ya eran 358.000 y ya en 1964 tenía 772.000. Medellín se duplicó en 13 años y después de otros 13 volvió a duplicarse, en su gran mayoría, allá arriba en las laderas de la ciudad. Y hay un territorio, en particular, que hoy sigue abriéndose paso por entre el medio del abandono estatal y la informalidad urbana. A menos de diez kilómetros del centro de Medellín, en una ladera que divide a la ciudad y a Bello, está Nueva Jerusalén —cuyo nombre real es la finca El Cortado-, un asentamiento informal de 62 hectáreas donde viven entre 25.000 y 30.000 personas (más habitantes que tres de cada cuatro municipios de Antioquia), en condiciones que el propio Estado ha catalogado como de muy alto riesgo (Corantioquia / DAPARD, 2017). El 90% de sus residentes llegaron huyendo: o del Bajo Cauca, de barrios de Medellín y Bello, de Venezuela, de territorios donde la violencia los expulsó sin darles otra opción (El Colombiano, 2024). Lo que encontraron allí no fue una solución sino una postergación: sin acueducto, sin centro de salud, sin vías en buena parte del territorio —los enfermos salen en hamacas y los materiales de construcción entran en mulas y en cargueros (El Colombiano, 2024)—, y con un limbo jurídico que ha servido de excusa: el predio le pertenece a Medellín, pero la jurisdicción es de Bello, y esa disputa ha sido suficiente para que ninguna de las dos administraciones asuma la responsabilidad de fondo durante más de veinte años. Allá arriba se han presentado varios desalojos, como el de 182 familias en 2017 o el de 190 más en 2020, pero no soluciones concretas. Cuatro años después del primer operativo, las familias seguían sin vivienda definitiva y sin recibir los subsidios de arriendo que un juez había ordenado. En 2025, la modificación del POT de Bello incluyó a Nueva Jerusalén entre los asentamientos a formalizar y ambas Alcaldías instalaron una mesa técnica conjunta. Pasos reales, aunque tardíos para quienes llevan veinte años esperando que el Estado reconozca que existen. En el día a día no los vemos, y si por algún azar del destino se nos presenta de frente, preferimos voltear la mirada. Nos incomoda, nos interpela, pero es más sencillo pretender que no pasa, que no existe, que no hay gente que vive allá arriba y que para salir en busca de atención médica debe salir cargada en hamacas. A eso ha jugado el Estado, la sociedad en general, a lo mismo a lo que ha hecho con Moravia por ejemplo. Hay que decirlo en voz alta, insistentemente. Ya es hora de garantizarles la dignidad del día a día, y de tomarse en serio a Nueva Jerusalén. Allá arriba, unas personas fundaron un barrio en contra de la voluntad de unos alcaldes. Que su vida sea digna y plena. ¡Ánimo!
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Morir de tristeza Por: @catalinafrancor Leo que el New York Times reunió imágenes que documentan el uso de fósforo blanco por parte de Israel contra la población en el Líbano. Veo cómo una especie de nube se transforma en disparos blancos hacia la tierra, rayos de un veneno prohibido por la Convención de Armas Químicas que, según la Organización Mundial de la Salud, “se enciende espontáneamente al entrar en contacto con el oxígeno del aire. En la población, causa estragos severos mediante quemaduras químicas profundas y tóxicas, daños respiratorios por inhalación de su humo espeso, e incluso fallas multiorgánicas letales”. Leo que las quemaduras pueden llegar hasta los huesos. Leo que una familia palestina viajaba en automóvil por Hebrón, en Cisjordania, que se detuvo al encuentro de un control israelí, que un soldado disparó y que la bala, tras atravesar la mano del padre —elevada para mostrarse indefenso, para indicar que había niños—, continuó y atravesó la cabeza del bebé de siete meses. Veo al padre cargando el cuerpecito que cuelga, el pavimento teñido de rojo, a la madre arrodillada. Veo un video del mismo bebé riendo a carcajadas unos días antes y otro del padre llorando, contando que su hijo le sonreía a todo el mundo. Miro a mi alrededor, la vida desbocada, gente debatiendo entre políticos que proponen destruirse unos a otros, diarios informando sobre lo que dicen esos unos y esos otros, sobre concursos y fútbol, el precio del petróleo y terremotos aquí y allá. Unos pocos se atreven a señalar que hay gente muriendo como no se muere la gente: bajo las bombas, quemada o asfixiada por un veneno blanco que cae del cielo. Trato de entender. Recuero que David Trueba escribió por estos días que "se puede mirar para otro lado, pero el derecho internacional está al borde de la desaparición". Recuerdo que hay quienes dicen que les vale huevo el derecho internacional —o ni saben que existe— y, por ende, hay también candidatos que conquistan votantes con la idea de abandonar las organizaciones que han armonizado en alguna medida la convivencia entre naciones. Leo que la gran artista iraní Marjane Satrapi murió de tristeza, un año después de perder al amor de su vida. Pienso en morir de tristeza. En esa posibilidad. Se dibujan en mi mente la nube blanca disparando, el bebé de siete meses desangrándose en brazos de su padre. Pienso en eso de lo que habló Nuria Labari: “la desidia moral en la que caemos todos cuando intentamos defender a ‘los nuestros’ en vez de lo que está bien”. Creo que morir de tristeza debe ser algo como que se extingan todas las luces y entonces el cuerpo, la mente, asuma la condena de que ya no puede ver y se apague, cierre los ojos de a poco, como envuelto en esa nube blanca, porque la ceguera parece más benévola que lo que se dibujaría si pudiera ver. Escribió Gueorgui Gospodínov en Física de la tristeza: “En el comienzo de todo, ya lo dije, hay siempre un niño al que arrojan a un sótano”. El que desviemos la mirada, ya no ante la asfixia radical de la ley internacional, sino ante la asfixia física, ardiente y moral de niños y viejos y familias y animales y pueblos enteros; que miremos para otro lado mientras arrojan a miles —niño por niño— a respirar abandono en el sótano de la humanidad, no es sino la garantía de una tierra podrida que ha de envenenarnos a todos. ¿Miramos para otro lado? Se apagará la luz. Hemos de morirnos de tristeza.
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No corrijas a tu oponente Por: @ncalleh Hace un par de días, conversaba con mi mamá y me preguntaba por qué @DELAESPRIELLAE había estado tan callado estos últimos días. De hecho, lo que más había escuchado era a su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo. Confieso que en ese momento se me escapó la razón de ese aparente silencio. Lo atribuí a una estrategia para mostrarse más moderado y así captar a aquellos votantes de centro y centro derecha que aún no han decantado su voto. Sin embargo, hoy escuché una frase que cambió por completo mi análisis: “Nunca corrijas a tu oponente cuando se equivoca”. Y creo que, muy bien asesorado, eso es exactamente lo que está haciendo ADLE. Hoy parece que cada cosa que hace la campaña de Iván @IvanCepedaCast es peor que la anterior y que va de un desacierto a otro. La crítica al uso de la camiseta de la “sele” lo hizo parecer, para quienes no comulgan con sus ideas o simplemente no son sus seguidores, como alguien que pretende incidir incluso en la forma de vestir de los colombianos. A esto se sumó la campaña mediática de “Me la juego por la vida”, que terminó siendo volteada por activistas digitales para resaltar los apoyos oscuros que hoy respaldan, desde el Gobierno nacional, la campaña del candidato: Juliana Guerrero, Armando Benedetti o Carlos Caicedo, entre otros. Y eso sin mencionar que parece atrapado en un incesante fuego amigo, en el que el presidente, lejos de comandar una remontada electoral, se convierte cada vez más en un lastre para la campaña, que no para de meter autogoles. Para adaptar términos futbolísticos, ahora que estamos en época mundialista. Hay muchos ejemplos, pero uno de los más recientes y, a mi juicio, el más delicado fue el trino en el que respondía a una columna con la expresión “Heil Hitler”, sin ningún contexto adicional. Una salida que, independientemente de la intención, terminó eclipsando cualquier discusión de fondo y alimentando una nueva controversia. Todo esto, en conjunto, solo parece demostrar que desde la dirigencia de campaña y desde el Pacto Histórico hay una creciente sensación de desesperación; que el golpe de la primera vuelta fue tan duro que, en su afán por recuperar terreno, han terminado por conseguir exactamente lo contrario. Porque cuando una campaña deja de hablar del futuro para dedicarse a reaccionar a cada polémica, cuando sus voceros parecen más preocupados por controlar la conversación pública que por construir una narrativa atractiva para los indecisos, y cuando cada día trae una nueva controversia que eclipsa el mensaje central, lo que proyecta no es fortaleza, sino ansiedad. Y es precisamente allí donde cobra sentido el silencio de Abelardo. Mientras un sector de sus adversarios parece empeñado en convertir cada jornada en una nueva batalla mediática, él ha optado por una estrategia mucho más simple: dejar que los errores hablen por sí solos. A mi juicio , es una apuesta particularmente brillante y sí profundamente efectiva cuando el rival parece decidido a tropezar una y otra vez con la misma piedra. A menos que ocurra un hecho extraordinario que altere por completo la dinámica electoral, la verdadera amenaza para la campaña de Iván Cepeda ya no parece estar en los ataques de su contendor, ni en las encuestas, ni siquiera en el desgaste natural de una segunda vuelta. Su principal problema parece ser ella misma. Y esa es quizás la peor noticia que puede recibir cualquier campaña: descubrir que el adversario más peligroso no está al frente, sino dentro de la propia casa.
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La necesidad de una reforma política Por: David Méndez Chaux Ante el ruido de la segunda vuelta, más allá de quién gane las elecciones, es válido preguntarse por el Congreso al que se enfrentará el nuevo presidente. Y lo cierto es que en el legislativo, hoy tenemos una colcha de retazos ideológicos. Si le sumamos a estos problemas el hecho de que la confianza en los partidos políticos apenas roza el 18%, según la OCDE, tenemos la receta perfecta para el caos en un contexto donde los populismos y autoritarismos vienen creciendo en América Latina. Y es que la desconfianza en los partidos políticos no es un elemento menor, ya lo han afirmado las politólogas Yanina Welp y Flavia Freidenberg: no hay democracia sin partidos, pues estos son los vehículos que deberían articular las demandas ciudadanas, a través de mecanismos efectivos de representación y agendas claras donde la ciudadanía pueda ver reflejados sus temas de preocupación. El próximo 20 de julio, el nuevo Congreso carga con una responsabilidad muy grande, pues ante el desorden en las elecciones que estamos viviendo, lo que queda es corregir los fallos que actualmente nos condenan a tener un universo amplísimo de partidos, que amenaza con atomizar el Congreso y convertir la gobernabilidad en un mito. Curioso si pensamos que las reformas políticas de principio de siglo pretendieron fortalecer a las colectividades para organizar de mejor manera la relación entre ejecutivo y legislativo. Nuestra democracia debe avanzar en robustecer a los partidos políticos, no castigarlos para que decidan buscar atajos, como la fórmula que han encontrado con las coaliciones que congregan cualquier cantidad de intereses, y que en definitiva, no representan a nadie. Será deber del nuevo Congreso y del nuevo gobierno, plantear una reforma política que revitalice las estructuras partidistas a través de mecanismos efectivos de democracia interna, que cuenten con reglas claras y le ayuden a la ciudadanía a tomar decisiones desde sus intereses, y no desde el desorden que actualmente genera desconfianza y desapego por la democracia. Sin una sesuda reflexión sobre estos problemas que atraviesa nuestra democracia, seremos cada vez más vulnerables a ejercicios populistas con rasgos autoritarios y a ser gobernados por un porcentaje minoritario, que ante la fragmentación del voto, no represente a una verdadera mayoría sino a la minoría más grande, y como ya lo ha advertido Steven Levitsly, la democracia no reposa en mecanismos contramayoritarios sino en la capacidad de expresar acertadamente las problemáticas sociales y las agendas ciudadanas. Al nuevo Congreso hay que pedirle una reforma que cimente las bases para una verdadera representatividad. Para ello no se requieren fórmulas mágicas ni inventar la rueda nuevamente. Se necesita compromiso para definir mecanismos de democracia interna donde la ciudadanía pueda organizar las listas, y donde los partidos tengan que presentarse obligatoriamente a elecciones primarias para definir el orden. Esto ya ha funcionado en países de la región como Argentina y Uruguay. Es clave establecer umbrales más exigentes que desincentiven la proliferación de partidos sin respaldo real, acompañados de financiación pública transparente que premie la coherencia programática y no solo el resultado electoral. La reforma debe incluir sanciones efectivas para el transfuguismo político, que aunque hoy no está permitido, se evidencia en los saltos olímpicos que están dando algunos candidatos. Fortalecer institucionalmente a los partidos políticos nos ayudaría a dejar de trasegar en la incertidumbre ideológica y programática, que nos aleja cada vez más de una democracia representativa que responda a las necesidades de la gente. La ciudadanía merece poder elegir entre proyectos políticos claros y diferenciables, no entre colchas de retazos ideológicos que solo buscan llegar al poder.
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¿A dónde se moverán los votos del centro? ¿Moderará su discurso @DELAESPRIELLAE si llega al poder? ¿@IvanCepedaCast logrará unir sectores diversos como ha dicho en campaña? Conversamos en vivo. youtube.com/live/LK9dyIRA21s
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A una semana de la segunda vuelta presidencial, estamos en vivo conversando sobre lo que pasará después del 21 de junio. Invitados a conectarse en vivo: youtube.com/watch?v=LK9dyIRA…
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Muchos insultos, pocas propuestas Si algo deja esta campaña —que por fin termina— es la evidencia de nuestra creciente incapacidad para dialogar. Y todo indica que la situación empeora. No solo por la ausencia de debates entre los candidatos, algo que debería ser un requisito mínimo en cualquier contienda electoral, sino también un aumento preocupante de la agresividad en las conversaciones cotidianas: con amigos, en grupos de WhatsApp y, por supuesto, en las redes sociales. Hay algo evidente: los dos candidatos representan proyectos políticos opuestos (aunque comparten algunas similitudes en las formas y, en ocasiones, en el fondo). Quien resulte elegido gobernará un país profundamente dividido, y nada en los discursos de campaña sugiere que esa fractura vaya a reducirse. Hoy las propuestas parecen secundarias (¿alguna ve han importado?). El debate público gira alrededor de atacar al rival. Los seguidores de De la Espriella mencionan a Cepeda y a Petro cada dos frases, pero pocos pueden explicar con claridad qué propone su candidato. Del otro lado ocurre algo similar: quienes respaldan al candidato de la continuidad concentran buena parte de su discurso en evitar “volver al pasado”. Los extremos, al final, se necesitan mutuamente para existir. ¿Qué proponen realmente los candidatos? ¿Qué país quieren construir? Se sabe poco más allá de consignas, frases de cajón y lugares comunes. Como ciudadanos, nos resulta cómodo responsabilizar a los políticos de todo lo malo que ocurre. Sin embargo, más allá de ellos, la vida continúa. Ojalá tengamos la madurez de elevar el nivel de nuestras conversaciones con amigos, familiares y contradictores. Que aprendamos a valorar la evidencia por encima de los dogmas y a desconfiar de los discursos incendiarios que, desde distintos sectores, buscan alimentar la polarización.
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Una agenda consensuada para que no retroceda más nuestra frágil democracia Por: @piedadrestrepor Esta semana se conoció una carta firmada por treinta personas destacadas en distintos ámbitos -exministros, exrectores e intelectuales- que invitan a ambos candidatos presidenciales a tomar en cuenta una agenda de país de quince puntos que, en su criterio, no da más espera, y que sin importar las visiones diametralmente opuestas de Cepeda y De La Espriella, deben ser abordadas en los próximos cuatro años. Esta carta busca esencialmente, desde una posición de centro, alejar la amenaza de una polarización extrema que nos lleve por un camino de violencia. Los quince puntos de la agenda son: Respeto a las autoridades electorales y a sus pronunciamientos; Defensa de la Constitución de 1991;  Ajustes a las políticas de orden público; Una nueva política antidrogas; Plena vigencia de los derechos humanos;  Lucha contra la corrupción; Superar la pobreza; lograr equidad en la distribución de los ingresos; Una revolución educativa; Austeridad fiscal; Incentivar el crecimiento económico; Enfrentar la crisis de la salud; Reactivar el sistema eléctrico; Proteger la autonomía del Banco de la República; Una nueva política exterior para afrontar la recomposición del entorno internacional y el Fortalecimiento de la moral pública. Suscribo totalmente este llamado a un acuerdo nacional para agendar unos problemas públicos que en caso de exacerbarse nos llevarían por una senda de debilitamiento aún mayor de nuestra frágil democracia. En columnas anteriores me he referido a algunos de ellos por considerarlos de la mayor importancia para el avance del bienestar de la gente, principalmente de la más vulnerable, que es la que requiere más bienes de carácter público. Aquí retomo algunos de los temas que en mi concepto son esenciales. La defensa de la Constitución del 91. Recuerdan los firmantes que esta carta fue producto de un gran pacto político y que allí convergieron todas las corrientes ideológicas del momento. Añadiría que es una carta relativamente nueva y que arrancar una discusión de cero es peligroso en un contexto tan polarizado, sin importar la orilla ideológica de donde venga la iniciativa. Sobre los ajustes a las políticas de orden público, expresan los firmantes que se requiere una nueva política para el manejo del orden público en el país, aunque no se refieren a la Paz Total de este gobierno, es evidente que piden una transformación de dicho manejo, pues la otrora justificación política de los grupos al margen de la ley hoy no tiene asidero. Piden, para ello, fortalecer las Fuerzas Armadas, fortalecer la presencia estatal en todo el territorio nacional, pero principalmente en las fronteras marítimas y terrestres que es donde hoy hay más debilidad por la baja presencia estatal e ir tras las rentas criminales, lo que implica, aunque no lo dicen explícitamente, un fortalecimiento de la capacidad de investigación y del sistema judicial. La lucha contra la corrupción y el fortalecimiento de la moral pública van de la mano. Ambos temas de agenda son fundamentales. Anualmente se pierden billones del erario, que dejan de nutrir la inversión social para ir a manos privadas en un entramado que es sistémico y que el país no ha podido reducir; por el contrario, con un gobierno que prometió el cambio, incluyendo la lucha contra la corrupción, se evidenció el enquistamiento de las prácticas corruptas que permean a todos los partidos, sin distingo alguno. El Estado se convierte en una empresa rentable para políticos y empresarios que proveen bienes y servicios al aparataje estatal. La moralidad pública sufre porque el objetivo de lo público no es servir a la gente, al ciudadano, si no servirse de los recursos del Estado para enriquecerse y adquirir poder clientelar. Llaman la atención los firmantes sobre la importancia de la verdad en los debates públicos, y la necesidad de fortalecer la carrera administrativa, justamente esta última termina debilitando el clientelismo, que en la mayoría de las ocasiones es sinónimo de ineficiencia del Estado. Dos temas centrales en la reducción de la iniquidad: la educación y la salud. La cobertura, acceso, continuidad y calidad de estos servicios es la base de una verdadera transformación de las condiciones básicas para lograr mayor equidad. Sobre la salud, les piden a ambos candidatos que den explícitamente su diagnóstico sobre las causas de la crisis profunda que vive el sistema hoy y ofrezcan los caminos para resolverla. Un problema que entraña aspectos tan críticos para el bienestar de la gente debe ser abordado con profundidad, y eso es lo que esperamos de los candidatos a la Presidencia de la República. Los firmantes, reiteran que, aunque ha habido abusos en el sistema estos no explican la mayoría de los problemas que este padece y concluyen que el sector requiere mayores recursos para las necesidades crecientes en salud como derecho fundamental. Sobre la educación, plantean la necesidad de una revolución. Lo más interesante de la propuesta es que se aleja del debate más reciente que se ha centrado en el acceso a la educación superior, dejando de lado la importancia de la educación preescolar, básica y media. La premisa de la cual parten es que el país ya superó la estéril dicotomía entre educación oficial y no oficial. La constitución del 91 abrió las puertas a la provisión privada junto con la pública y allí no se puede retroceder. El énfasis debe ser el acceso a educación preescolar para todos los niños, la revisión de los estándares curriculares de la educación básica y media, propiciando que los chicos no deserten y vean en la educación un vehículo de ascenso social y de pertenencia a una comunidad. En resumen, la agenda pública no se debe construir desde un partido o movimiento político o desde la visión de un líder rodeado de unos pocos asesores. La agenda pública debe construirse con múltiples voces, y entre más conocedoras de los problemas públicos, mucho mejor. Necesitamos de inteligencia colectiva al servicio de lo público y no de personas con egos inflados que no se dejan interpelar.
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Mal chiste Por: @Juanramirez889 Recuerdo un chiste que aprendí apenas llegué a Bogotá. —¿Qué le dice un ruso a un chino? —Chino, páseme el palustre. Como suele ocurrir con los malos chistes, primero tuve que entenderlo. Descubrí que el ruso no era ruso sino un obrero; que el chino no era chino sino un muchacho que ayuda en las construcciones; y que el remate consistía en que ninguno tenía relación con Rusia o China. Rápidamente llegué a una conclusión sencilla: había invertido demasiado tiempo para una recompensa bastante pobre. Algo parecido me ocurrió hace unos días cuando vi a Iván Cepeda acercarse al universo del K-Pop. Debo admitir que llegué tarde a la noticia. Mientras algunos celebraban la alianza generacional que habría de transformar la política colombiana, yo seguía intentando entender de qué estaban hablando. Así que hice lo que cualquier ciudadano responsable haría frente a un acontecimiento de semejante trascendencia nacional: fui a internet. Vi videos. Leí explicaciones. Escuché entrevistas. Aprendí términos nuevos. Y cuando terminé el proceso de aprendizaje quedé exactamente igual que con el chiste bogotano. Entendí, pero seguí preguntándome: ¿y entonces? Como no quería opinar desde la ignorancia, busqué asesoría especializada. Descubrí que los seguidores del K-Pop se organizan en comunidades llamadas fandoms, con símbolos propios, códigos compartidos y una lealtad inquebrantable hacia sus artistas favoritos. Es decir, una mezcla entre la Primera Línea y los integrantes del movimiento del bate del concejal Gury, pero con mejor vestuario y mejor coordinación. A medida que profundizaba en el tema, me enteré de que los k-popers poseen una extraordinaria capacidad de activismo digital. Son capaces de movilizar miles de personas, posicionar tendencias globales y convertir cualquier asunto en una conversación planetaria. En términos colombianos, una bodega, pero con mejores intenciones. También descubrí que son coleccionistas entusiastas. Fotografías, camisetas, artículos oficiales y recuerdos de toda clase ocupan un lugar importante dentro de la cultura de sus fandoms. Nada especialmente extraño para un país donde algunos coleccionan camisetas de la Selección con la figura del tigre, otros pinturas de Álvaro Uribe como si fuera un Cristo y otros, miles de votos que aparecen misteriosamente en la costa Caribe cada cuatro años. Sin embargo, fue al acercarme a los productos culturales que consumen cuando encontré el verdadero punto de encuentro con Colombia. Nada parece gustarles más que los dramas: historias interminables, traiciones, amores imposibles y venganzas cuidadosamente administradas. Entonces comprendí que el K-Pop es más nacional que el sombrero vueltiao. Porque si hay algo que domina la política en el país no son los programas de gobierno ni los debates de fondo, sino precisamente el drama. Como ejemplo están  los candidatos presidenciales, que en su empeño por ser los héroes de la telenovela terminan copiando las mañas del villano. Todos denuncian la política convertida en espectáculo, pero todos la promueven; todos critican los fanatismos, pero cultivan los propios; todos dicen defender las ideas, pero terminan apelando a las emociones. Y así, acaban interpretando distintos personajes de la misma historia. En ese reparto, mientras Cepeda explora su faceta de estrella del K-Pop político, Abelardo parece decidido a consolidarse como el tenor de la gran ópera presidencial. Cada aparición pública suya parece estructurada en cuatro actos. En el primero, la República se encuentra al borde del precipicio. En el segundo, la libertad occidental enfrenta su amenaza definitiva. En el tercero, el comunismo avanza con paso firme. Y en el cuarto, Abelardo aparece como el salvador, asegurando que todavía existe esperanza. Con semejante libreto, parece más probable que el país termine presenciando un concurso de talentos antes que un debate presidencial. A un lado del escenario aparecería Iván Style, decidido a convencer al público de que sus propuestas no son un cuento chino. Al otro, el Fantasma de la Ópera de Barranquilla, empeñado en advertir que todo aquello que toca la izquierda deja de pertenecer al país. Incluso el sol, que en una ficcional adaptación de la ópera italiana acabaría convirtiendo el "O sole mio, en un solo mío". Entre tanto fandom, tanta épica, tanto drama y tanta puesta en escena, es importante recordar que las elecciones no consisten en escoger al protagonista de la próxima serie para adolescentes. Consisten en escoger a quién va a gobernar un país dividido. Por eso no puedo evitar pensar en lo parecido que resulta todo esto al viejo chiste bogotano del ruso y el chino. La diferencia es que en esta historia ninguno parece particularmente interesado en pasarse el palustre. Y sin palustre no hay edificio. Sin edificio no hay país. Y sin país, toda esta discusión termina pareciéndose demasiado a aquello que los coreanos llamarían un nappeun nongdam. Un mal chiste.
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Hijos de tigre salen pintados Por: @MateoGrisalesC7 Estos días me he estado golpeando la cabeza pensando en qué hizo que Abelardo tomara la ventaja en esta contienda electoral; pero después de mucho pensar, concluí que ahora lo más pertinente es considerar lo que podría dejar un gobierno suyo en los próximos años. Lo más preocupante: los hijos que salgan pintados de tigre. Sin duda, gran parte de los electores de Abelardo en primera vuelta no votaron adhiriéndose a su figura, sino porque lo ven como la opción más segura para sacar al Petrismo del poder y la mejor manera de castigar a su gobierno. El problema es que cada voto le da fuerza a las ideas, las formas de actuar y concebir el mundo y la estéticas con las que se presenta la propuesta votada. El voto las legitima, el poder, luego, las impone. Esa es la dimensión que más me preocupa de su figura y de un posible gobierno suyo. La idea de “destripar” al enemigo no sólo es macabra, es inmensamente irresponsable. Puede que su gobierno no termine ejecutando lo que podría quedarse en una torcida retórica de campaña, pero sí le da juego a quienes se sientan respaldados por ella y por el gobierno que la representa. Este experimento social no es nuevo en Colombia. Las posiciones violentas y extremas contra las poblaciones diversas y minoritarias son el fuego necesario para alentar la homofobia, la transfobia, la xenofobia y la aporofobia que aún están solapadas en la sociedad colombiana, y aunque silenciosas, limita la movilidad social, destruye trayectorias de vida y, en el peor de los casos, las cobra. La estética chovinista, autoritaria y violenta con la que se aproxima a su electorado está respaldando, implícitamente, expresiones como el Movimiento del Bate liderar por un neofascista paisa con curul en el Concejo de Medellín. ¿Cuál será el futuro de su movimiento con un gobierno que representa sus formas de “diálogo”. Me asusta que después del 21 de junio los machitos que se comunican a gritos, los personajes homofóbicos, aporofóbicos y xenófobos que andan en camionetas blancas con la camiseta de la Selección Colombia puesta se sientan libres y autorizados de violentar a la diferencia y de seguir reproduciendo valores chovinistas, homogenizadores y exterminadores de la diferencia. Mi intención no es caricaturizar a millones de Colombianos que votarán por Abelardo de la Espriella dado el contexto, en muchos casos los entiendo. Tampoco pretendo cambiarles el voto. Sólo les pido que, de ganar este personaje, asuman esa decisión de manera contextual o no filiatoria. No toleren esos valores con los que su grupo de fanáticos construyó su campaña y exijanle a su gobierno lo que se le exigió al Gobierno de Gustavo Petro: respeto por los derechos adquiridos, respeto por las instituciones, altura en las formas y responsabilidad política por su legado cultural en nuestra nación. No dejen que más tigresitos salgan pintados.
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La derecha que nos quiere a las mujeres de vuelta en casa Por: @Tania_Torres___ Hay frases que revelan más que un programa de gobierno completo. Cuando Abelardo de la Espriella afirmó que un hombre podía matar a una mujer “por amor”, no cometió un simple error de lenguaje ni tuvo un desafortunado lapsus. Expuso una visión del mundo profundamente peligrosa para las mujeres. Porque el amor no mata. La misoginia sí. Décadas de investigación desde el feminismo, la criminología crítica, la salud pública y los estudios de género han demostrado que los feminicidios no ocurren por exceso de amor, sino por relaciones de poder, control, posesión y dominación. Las mujeres son asesinadas cuando deciden irse, cuando rompen el ciclo de violencia, cuando reclaman autonomía sobre sus vidas, sus cuerpos y sus hijos. Presentar estos crímenes como actos impulsados por el amor no solo minimiza la responsabilidad del agresor, sino que contribuye a una cultura que sigue buscando explicaciones románticas para la violencia machista. Las mujeres hemos tenido que dar una lucha enorme para que el feminicidio deje de verse como un “crimen pasional”. Hemos tenido que explicar una y otra vez que los hombres no matan porque aman demasiado; matan porque creen que tienen derecho a controlar, castigar o decidir sobre la vida de las mujeres. Por eso resulta tan preocupante escuchar esas afirmaciones de alguien que aspira a dirigir el país. Porque las palabras importan. Y cuando provienen de un candidato presidencial, importan aún más. Sin embargo, la preocupación no surge únicamente por una declaración desafortunada. Basta revisar el enfoque que tiene sobre las mujeres para entender que estamos frente a una visión profundamente conservadora que reduce nuestro papel a la maternidad, el cuidado y la familia tradicional. Las mujeres aparecen mencionadas en su programa, sí. Pero aparecen principalmente como madres, cuidadoras y responsables de sostener el hogar. No hay una mirada amplia sobre las múltiples realidades que enfrentan las mujeres colombianas. No aparecen las mujeres jóvenes, ni las campesinas, ni las afrodescendientes. Tampoco las víctimas del conflicto armado ni aquellas que viven violencias específicas derivadas de las profundas desigualdades sociales y territoriales del país. Es llamativo que quienes hablan constantemente de defender a la familia parezcan olvidar que las mujeres existen más allá de ella. También resulta preocupante el silencio frente a los derechos sexuales y reproductivos. En un país donde las mujeres han librado luchas históricas para acceder a información, educación sexual y autonomía sobre sus cuerpos, la ausencia de propuestas concretas en esta materia no es un detalle menor. Es una postura política. Colombia ha avanzado en los últimos años en el reconocimiento de derechos que antes parecían imposibles. La interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario y el reconocimiento de distintas formas de familia no fueron regalos de ningún gobierno. Fueron conquistas ciudadanas respaldadas por la Constitución y por años de movilización social. Por eso generan preocupación las posiciones que tanto Abelardo de la Espriella como su fórmula vicepresidencial han expresado frente al aborto y la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Probablemente no puedan eliminar derechos ya reconocidos por las altas cortes, pero sí pueden hacer algo igual de efectivo: convertirlos en una prioridad secundaria, dificultar su implementación, restringir recursos o promover funcionarios que se opongan a su garantía. Los derechos también pueden perderse lentamente. Lo mismo ocurre con la ausencia de referencias a la población LGBTIQ dentro de su propuesta. En un país donde las personas diversas siguen enfrentando discriminación, violencia y barreras institucionales, el silencio no es neutral. Cuando un sector social desaparece de un programa de gobierno, el mensaje es claro: sus necesidades no son una prioridad. La preocupación se extiende además a la propuesta de seguridad basada nuevamente en la mano dura. Colombia ya conoce los costos de creer que todos los problemas se solucionan con más fuerza, más militarización y más gasto en defensa. Las mujeres han sido víctimas directas de la guerra y han cargado durante décadas con sus consecuencias. Ignorar la implementación de los acuerdos de paz y privilegiar respuestas exclusivamente militares significa desconocer los impactos diferenciados que el conflicto armado ha tenido sobre ellas. Tampoco es menor la intención de debilitar la relación de Colombia con organismos internacionales de derechos humanos. Han sido precisamente esos mecanismos los que han permitido visibilizar violencias, exigir garantías y acompañar luchas históricas por la igualdad. Muchos de los avances alcanzados por las mujeres en participación política, prevención de violencias y reconocimiento de derechos han contado con ese respaldo internacional. Algunos dirán que estas preocupaciones son exageradas. Que nada de esto significa una amenaza real. Que son simples diferencias ideológicas. Pero las mujeres sabemos leer las señales. Sabemos que los retrocesos no siempre empiezan con la eliminación inmediata de derechos. A veces comienzan cuando se justifican las violencias. Cuando se romantizan los feminicidios. Cuando se nos reduce nuevamente a roles tradicionales. Cuando nuestras luchas desaparecen de los programas de gobierno. Cuando la diversidad deja de existir en el discurso público. Por eso este debate no es sobre izquierda o derecha. Ni siquiera es sobre un candidato en particular.Es sobre algo mucho más simple: si estamos dispuestos a entregar el futuro de millones de mujeres a un proyecto político que todavía no entiende que el amor no mata, que los feminicidios no tienen justificación y que los derechos conquistados no son favores que puedan ponerse a discusión cada cuatro años. Porque hay momentos en los que la neutralidad deja de ser una opción y este es uno de ellos.
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¿Quién pone el orden? Por: César Herrera De la Hoz La extorsión es, quizá, el delito que mejor retrata cómo opera hoy el crimen organizado en Colombia. Se ordena desde adentro de las cárceles y se cobra afuera, en la calle. Entre esos dos puntos —la prisión y la esquina— se mueve buena parte del debate sobre seguridad de esta campaña. El problema es que casi siempre se queda en uno solo de ellos. Que una parte importante de las extorsiones se coordine desde las cárceles ya no sorprende a nadie. En Cómbita, una estructura de internos montó un call center que llegó a afectar a más de diez mil personas y a mover más de mil doscientos millones de pesos al mes. El propio Inpec, con su Plan Dominó, ha intervenido de forma simultánea en cárceles de todo el país y ha decomisado cientos de celulares, tarjetas SIM y armas. Dentro de los penales hay una economía criminal en funcionamiento, con nómina, clientes y rutas de cobro. La prisión, en buena parte del país, dejó de ser el lugar donde termina el crimen para convertirse en una de sus oficinas. Eso no es un argumento en contra de las cárceles. Es un argumento sobre sus límites. Una prisión más grande o mejor administrada no cambia la ecuación si quien custodia la puerta es parte del negocio: en los operativos recientes cayeron también funcionarios del Inpec, y la entidad mantiene cerca de mil doscientas investigaciones disciplinarias abiertas contra sus propios empleados. Y mientras entre más gente de la que sale —Colombia tiene más de 104 mil presos para alrededor de 82 mil cupos—, el sistema le sigue entregando al crimen un público cautivo al que reclutar. El encierro es necesario; pero por sí solo no toca lo esencial. Porque lo esencial ocurre afuera. Las investigaciones de Valor Público, de la Universidad EAFIT, han mostrado que el corazón del problema está en la calle, donde el cobro se ha naturalizado hasta presentarse —y aceptarse— como la prestación de un servicio de seguridad. El grupo que cobra la vacuna no llega como extorsionista, sino como quien pone el orden que el Estado no garantiza. Ahí, en el barrio, el crimen no solo extrae dinero: también gobierna. Y ese es el punto ciego que comparten ambas orillas del debate. Quien apuesta por más muros se concentra en la oficina y deja intacto el mercado. Pero quien apuesta solo por atender las causas sociales tampoco resuelve el fondo: mientras el grupo armado siga siendo la autoridad que provee seguridad en el territorio, la inversión social llega a un lugar que otro ya gobierna, y los diálogos corren el riesgo de legitimar a quien cobra. No se trata de elegir entre cárceles y programas sociales. Se trata de admitir que ninguno de los dos, por sí solo, le disputa al crimen lo único que, de verdad, lo sostiene: la autoridad sobre el territorio. Cualquiera que sea el resultado del 21 de junio, el próximo gobierno heredará barrios en los que el Estado fue reemplazado hace años como el que impone el orden. Recuperar ese lugar no es asunto de muros más altos ni de buenas intenciones: es volver a ser, en la esquina, la autoridad que hoy ejerce otro. Mientras esa disputa no se dé, podremos cambiar de edificio o de discurso sin cambiar de problema.
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El voto bajo sospecha Por: @ximena__ec Hay algo que me viene inquietando desde hace varias semanas. No tiene que ver con encuestas, estrategias de campaña ni cálculos electorales. Tiene que ver con nosotros. Con la manera en que los colombianos nos comportamos cada vez que se acerca una elección. Hasta hoy no he dicho públicamente por quién voy a votar y tampoco pienso hacerlo. He sido clara únicamente en dos cosas. La primera: jamás votaría por el candidato del Gobierno que me perfiló y que me llamó fascista y nazi por el simple hecho de ejercer acciones constitucionales que son mi derecho como ciudadana y como abogada. La segunda: en una columna anterior expliqué ampliamente por qué, desde mis convicciones jurídicas y profesionales, tampoco votaría por Abelardo de la Espriella. Más allá de eso, he decidido vivir esta campaña desde una posición distinta. No hago parte de ninguna campaña. No asesoro candidatos. No tengo intereses electorales. Y precisamente por eso he tenido la libertad de observar el proceso desde la barrera, como quien disfruta el análisis de una partida de ajedrez sin ser jugador. Me gustan las campañas de contraste. Me interesa estudiar cómo los candidatos construyen narrativas, cómo responden a los ataques, cómo posicionan mensajes y cómo intentan persuadir a los electores. Me gusta analizar la comunicación política porque es parte de lo que hago y de lo que enseño. Hace algunos días compartí en mis redes sociales un video que podía interpretarse como favorable a la campaña de Abelardo y crítico de la campaña de Cepeda. Sin embargo, mi intención no era promover a ninguno de los dos. Lo compartí porque me parecía interesante desde el punto de vista comunicacional y estratégico. La reacción de un amigo me sorprendió. Me preguntó cómo podían convivir en una misma persona la académica y la profesional si yo veía en Abelardo una posibilidad para proteger la institucionalidad del país. Más allá de la referencia concreta al candidato, el comentario me dejó pensando. No porque me hubiera descubierto una preferencia electoral —que, además, no existe en los términos en que él la asumió— sino porque evidenciaba algo mucho más preocupante: la necesidad que hemos desarrollado de cuestionar la formación, la inteligencia o la integridad de quienes piensan distinto. Ya no discutimos argumentos. Discutimos personas. No respondemos razones. Respondemos con etiquetas. Si alguien expresa una opinión política distinta a la nuestra, inmediatamente aparece el catálogo de falacias: ignorante, vendido, extremista, radical, fascista, comunista, resentido, privilegiado. La lista es interminable. Y cuando esos calificativos parecen insuficientes, entonces se pone en duda la formación académica, la experiencia profesional o incluso la honestidad intelectual del interlocutor. Es la vieja falacia ad hominem convertida en deporte nacional. Lo más triste es que esto ocurre en todos los sectores políticos. Nadie tiene el monopolio de la intolerancia. La agresividad no distingue ideologías. Quien apoya a un candidato recibe insultos de sus contradictores. Quien apoya al contrario recibe exactamente los mismos insultos desde la otra orilla. Y quien intenta mantener una posición independiente termina siendo sospechoso para todos. Pareciera que en Colombia el voto dejó de ser un derecho para convertirse en una explicación permanente. Cada ciudadano debe justificar sus preferencias políticas ante un jurado invisible que exige razones, credenciales y certificados de pureza ideológica. Y si esas razones no satisfacen a los demás, llegan los ataques. Por eso recordé recientemente una idea de Mauricio Villegas en El país de las emociones tristes. Quizá una de nuestras mayores tragedias colectivas es que hemos aprendido a relacionarnos políticamente desde la desconfianza, el resentimiento y la agresión. Hemos normalizado la idea de que quien piensa distinto merece ser ridiculizado antes que escuchado. Eso tiene consecuencias profundas. Y es que, la democracia no se debilita únicamente cuando se violan las instituciones. También se debilita cuando desaparece el respeto por el otro. La democracia supone que millones de personas, con historias, valores, intereses y visiones distintas, pueden llegar a conclusiones diferentes sobre cuál es el mejor camino para el país. Y que ninguna de ellas debe ser humillada por ejercer libremente su derecho al voto. No es sano que un ciudadano tenga miedo de expresar una opinión política. No es sano que una amistad se fracture por una preferencia electoral. No es sano que la respuesta automática frente a una diferencia sea el insulto. Y tampoco es sano que la academia, la experiencia profesional o la trayectoria de una persona se conviertan en objeto de burla simplemente porque alguien supone —muchas veces erróneamente— que votará por determinado candidato. Quizás el verdadero reto de esta elección no sea escoger entre un nombre u otro. Quizás el reto sea demostrar que todavía somos capaces de convivir con el desacuerdo. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de discutir ideas y solo sabe atacar personas, el problema ya no está en los candidatos. Está en nosotros.
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Ingobernables Por: @samuel_sarriaa Hay algo que inconscientemente saben los historiadores, los novelistas, los intelectuales y un reducido puñado de políticos que han tenido la delicadeza de reflexionarlo: los liderazgos personales, las ideologías, los movimientos sociales, los partidos políticos, los colectivos y hasta las coaliciones; aunque puedan sentirse representativos, no son quienes cambian el curso del mundo dado que no son absolutas. No es posible que la sociedad, como un todo, se inspire a seguir los intentos de liderazgo de sus partes más dispersas. En medio de una coyuntura sumamente delicada para nuestro país, se ha vuelto habitual que cada mediodía, cerca de donde vivo, se escuche la masa enardecida de manifestantes cantando arengas a favor de su candidato presidencial. Entre ánimos eufóricos y aires desafiantes contra su campaña enemiga, el aire se siente tenso y a la vez, extrañamente motivador. Es difícil definir qué es lo que tiene de motivador; quizás sea porque tengo un gusto personal por las multitudes, sean multitudes que marchen por la derecha o por la izquierda. No me importa y no creo que importe. El ruido descomunal de una muchedumbre envalentonada para defender aquello en lo que cree demuestra la continuidad de nuestra —tan deteriorada— democracia. En este presente, muchos ideólogos han pensado que nuestro sistema “liberal” ha agotado todos sus recursos disponibles para sostener que las democracias y la participación pública “funcionan”. Hay muchos puntos a favor de esa tesis que son válidos. Pero todavía hay fenómenos sociales que persisten a pesar de todo. Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia, decía: “La igualdad viene de los movimientos sociales disruptivos que siempre son portadores de horizontes universales, ya sea para recuperar la propiedad común de recursos naturales o empresas estratégicas, o para ampliar un nuevo derecho, un reconocimiento o una redistribución de la riqueza social”. Con esta idea, siento que se puede pensar en el fenómeno colombiano de las multitudes de una manera diferente al resto de América Latina. García Linera hablaba de una gran masa de personas que logran incidir en el curso político de un país. Estamos hablando, para aterrizar un ejemplo más familiar, de movilizaciones a gran escala como lo fue, hace más de 30 años, la séptima papeleta para la nueva Constitución. O, a su vez, como es el fenómeno actual de las protestas masivas en Bolivia, en respuesta al alza del costo de vida y el deterioro macroeconómico nacional, que se ha manifestado en el gobierno de Rodrigo Paz. Cientos y cientos de organizaciones sindicales, agrarias y ciudadanas, que agrupan miles y miles de personas, han salido a las calles a pararse frente al gobierno en las últimas semanas. La contraposición social hacia la clase política actual es una muestra clara de que la esencia de la democracia persiste. Y pensar que, casi dos siglos después de la independencia de Colombia —y de una buena porción de países suramericanos también—, nos encontramos en una época que se matiza con algunas de las últimas palabras escritas por Simón Bolívar, quien le dijo al general Juan José Flores que “La América es ingobernable para nosotros”, declarando que la misma cruzada para hacernos “países libres” había sido en vano. Repúblicas improvisadas, con poblaciones propensas al desorden, pero que, al mismo tiempo, pueden tener la esporádica virtud de transformar su propia realidad. Claro que son muy pocos los ejemplos en los que hay un consenso universal —y fundamentalmente democrático— que consigue cambiar el curso de las cosas. Para nuestros tiempos de polarización, hablar de consensos nacionales es como hablar de tibiezas o predicar misa a un ateo. Sin embargo, a pesar de la histórica partición del país entre extremos ideológicos, y de que, al mismo tiempo, estemos viviendo en carne propia —y en buena medida— las palabras de Bolívar, hay aspectos de lo que necesita el país sobre los que muchos colombianos podemos ponernos de acuerdo. Todavía está la posibilidad de que consideremos una política que garantice la seguridad de los territorios, pero que sea respetuosa de los derechos humanos. Una política que permita a las industrias exportadoras crecer, pero que no transgreda nuestros recursos naturales. Una política que ofrezca garantías democráticas y que sea rigurosa con el cumplimiento de lo legal. Una política que inspire a todos, a cada una de las partes de las multitudes, para así estructurar una sociedad no de opuestos, sino de contribución hacia el futuro. Porque hasta los grandes hombres como Bolívar se equivocan, y podríamos apostar nuestra fe a que, en el fondo, no somos tan “ingobernables” como nos pintan.
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