Desprevenido, así me tomó tu partida, querida Martita, como te solíamos llamar en los pasillos de la escuela. A menudo la muerte nos encuentra así, desprevenidos. Recuperado de las primeras emociones que me causó el mensaje recibido, me animo a escribirte, me obligo a hacerlo: ¡Gracias, Marta! Todos los que pasamos por “El Comercial” nos llevamos algo de tus enseñanzas.
Honesta, firme, comprometida con su escuela, trabajadora, eficiente; pero también te conocimos cálida, amable, deseosa de un abrazo y de la conversación más animada e inteligente. Fuiste parte de nuestras vidas y de nuestra formación, ¡la de muchos! ¿Cómo no agradecerte? ¿Cómo no revivir con cariño esos recuerdos de adolescencia? ¿Cómo evitar que se nos empañe la mirada?
En ocasiones, y esta es una de ellas, las palabras quedan pequeñas para expresar todo lo que sentimos. Humildemente te diré: ¡GRACIAS, MARTITA!