"Pero siento tristeza"
Cada vez que cuento cómo funciona el sistema suizo, muchos me dicen "Eso no podría funcionar en España".
No sé si podría funcionar o no. Lo que sí sé es que no lo reclamamos, y lo peleamos, y así hay cero posibilidades de que funcione.
Y siento tristeza.
Estuve en Suiza y había un debate político en mi cantón:
¿Debe el servicio municipal subir la tasa y recoger las basuras a diario, o es mejor congelar la tasa y seguir recogiendo los residuos en días alternos?
Había un debate —un cruce de argumentos—, una reflexión y una opinión en cada casa.
Me gustaría que el debate político en mi país fuese así. Una reflexión serena sobre nuestros retos colectivos. Pero, ¿qué ocupa los diarios y las conversaciones?
Que una exministra ha sido condenada por insultar a un juez. Que un ministro llevaba prostitutas a sus viajes oficiales. Que un expresidente ocultaba una fortuna en joyas de dudoso origen. Que un ministro está siendo juzgado por utilizar a la Policía para obstruir investigaciones judiciales. Que un diputado amañaba contratos públicos. Que la familia del primer ministro está sentada en el banquillo. Que asesores, comisionistas y tipos carcelarios campan e influyen en los poderes del Estado. Que los diputados —que habrían de ser para todos ejemplo de rectitud— utilizan nuestras lenguas, nuestra historia y nuestra diversidad no para celebrarlas sino para enfrentarnos a los unos contra los otros.
En este cenagal, cada cual toma su patético bando. «Los míos». «Los tuyos». «A favor». «En contra». Y los medios —inclusive los públicos— azuzan esta reyerta que, como un cáncer, está concomiendo mi país.
¿Cómo soportar este nauseabundo hedor en que se ha convertido el debate público? ¿Cómo podría alguien honesto querer implicarse en algo así?
Puedo aceptar que nos gobiernen mediocres, si son rectos. Pero cada caso es una herida. Cada noticia lacera el espejismo menguante de la ilusión que me gustaría sentir por mi país.
Quisiera tener líderes con grandes valores, aunque no sean exactamente los míos. Instituciones que, al frente, tienen hombres y mujeres respetables y elevados de espíritu. Quisiera no leer los insultos y las zafiedades que a menudo encuentro por aquí en la boca de las más altas magistraturas del Estado y la soberanía nacional. Quisiera ver la ética por encima de las ideologías.
Pero siento tristeza.