🧡 Lo primero que hizo Coco cuando mi mamá se enfermó fue traerle la pelota verde.
La dejó en la cama, al lado de la mano de ella, y la miró. Mi mamá no se movió. Coco esperó un rato, recogió la pelota, la volvió a dejar. Nada. La recogió otra vez.
Ese juego duró como tres días.
El cuarto día Coco llegó al cuarto sin la pelota. Nada en la boca, nada arrastrando. Se acostó en el piso al lado de la cama y se quedó ahí. Sin pedir nada. Sin hacer ruido. Solo esa presencia suya pesando en el piso de madera.
Mi mamá dice que lo escuchaba respirar desde la cama y que eso le ayudaba a dormir.
Nadie le enseñó eso a Coco. Tiene cuatro años y nunca había visto a nadie enfermo en esa cama. Pero algo entendió. Entendió que la pelota no era lo que hacía falta. Que lo que hacía falta era quedarse.
Durmió en ese piso cuarenta y dos días.
El día que mi mamá se levantó y caminó hasta la cocina, Coco fue corriendo a buscar la pelota verde. La trajo, se la puso en los pies, y la miró exactamente igual que el primer día.
Como si hubiera guardado la pregunta todo ese tiempo.