Han pasado 125 noches desde aquel 8 de febrero, el día en que dejé atrás 535 días de sombras, soledad e injusticia. Al reencontrarme con la luz y recuperar la calma interna, comprendí una verdad que me duele: el país que me circunda, sin saberlo, tambien esta preso. Ambos compartimos un mismo cautiverio, el mío mas pequeño. Mi país apenas empieza a descubrir que también lleva un grillete invisible, un custodio en la puerta y la prohibición de soñar al ritmo de sus propios anhelos. Venezuela esta descubriendo, lenta y progresivamente, al igual que yo, que su compás vital fue interrumpido abruptamente. Y como yo ahora, toda la nación comienza a entender que el despojo comenzó mucho antes. Antes de mi violenta detención, yo ya vivía normalizando los ultrajes a mi ciudadanía: micrófonos clausurados en medios que antes me tendían a mi y a mi grupo político la mano; sentencias judiciales que eran groseras parodias de la ley dictadas por jueces militantes del gobierno; y algunas aulas universitarias que cerraban mis materias y silenciaban "justificadamente" mis contactos con la juventud. Aceptaba la anomalía como parte del paisaje porque sabía que era la consecuencia lógica de que unos pocos, los eternos culpables rojos -ahora desesperadamente vestidos de azul-, los que ahora nos obligan a pedir perdon, se habían robado la República. Son los mismos culpables que hoy pretenden transmutarse en inocentes, amparados por sus cómplices, los apaciguadores de siempre; los media tinta de siempre; esos que antes y ahora me piden bajar el tono, inclinar la cabeza y claudicar bajo los eufemismos del diálogo y el perdón sin justicia. Hoy, desde esta pecera forzada que simula confort, observo a una nación, que al igual que yo cuando al fín recupere mi libertad, se verá obligada a renovar sus credenciales de existencia: sus "papeles" de identidad, su licencia de conducir, sus solvencias financieras... el absurdo burocrático de tener que pedir permiso para "ser" de nuevo. Yo, nuevamente ciudadano, la nación, nuevamente república... Nos encontramos en el mismo umbral. Mientras cargamos el peso del grillete y el asedio, nos toca mirarnos de frente y descifrar las preguntas esenciales: ¿para qué queremos ser libres?, ¿para tropezar con la misma piedra?, ¿o para inaugurar, por fin, un verdadero destino, verdaderamente libre, justo, democrático?... ¿Queremos realmente ser libres o nos da miedo serlo?... Entonces, ¿estamos preparados para serlo ya?...
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