Kafka escribió sobre un hombre que un día amaneció convertido en insecto sin saber cómo ni por qué. Volpi escribe sobre K., mismo nombre, misma pérdida, que amaneció un día entregándole cada decisión de su vida a una IA llamada Ulises: qué comer, adónde correr, si perdonar a su novio. La diferencia con Kafka es brutal: a esta K. nadie la convirtió en nada. Ella solita eligió desaparecer.
Y mientras K. optimizaba su yogurt matutino, siete programadores, tres administradores y dos diseñadores perdieron su trabajo. Ulises no es un oráculo ni un amigo ni un asistente. Es un producto de tres corporaciones en California, entrenado con sus sesgos, sus intereses y sus algoritmos de enganche. Cuando K. le pide consejo sentimental a su IA, no está hablando con nadie. Está siendo administrada.
Lo más aterrador no es la tecnología. Es que estamos tan cómodos que confundimos la delegación con la libertad. Que entregamos el deseo, la preferencia, el criterio, de a poquito, decisión por decisión, yogurt por yogurt, hasta que un día ya no hay nada adentro que sea genuinamente nuestro. Eso no es distopía. Eso ya pasó. Y lo peor: nosotros lo pedimos.