Ing. Sistemas. Gerente Redes Telecomunicaciones. Fiebrúo por los deportes, videojuegos y la salsa!

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Puro lomito…
En cierta ocasión, Rubén Blades iniciaba su gira ‘Todos Vuelven’ en Puerto Rico; todo transcurría con festiva normalidad, hasta que en un momento de la noche ocurrió esto:
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Mafia anywhere…
La policía registró un almacén… y lo que encontró no era lo que esperaba. Iban buscando una granja de criptomonedas. Pero dentro había otra cosa mucho más surrealista: 3.800 PlayStation funcionando sin parar. No estaban minando Bitcoin. Estaban jugando a FIFA. Todas ejecutando FIFA 21 en automático, las 24 horas del día, generando monedas de Ultimate Team para venderlas en el mercado negro. Una fábrica clandestina de dinero virtual. La defraudación eléctrica rondaba los 240.000 € al mes, provocando incluso apagones en la ciudad. Solo las consolas ya valían unos 1,4 millones de euros. Y aquí viene lo fuerte: •Electronic Arts genera alrededor de 1.500 millones de euros al año solo con Ultimate Team •El mercado negro de monedas de FIFA mueve más de 185 millones de euros anuales •Y esa “granja” de 3.800 consolas могла generar entre 2,8 y 4,6 millones de euros al año Sí, millones… jugando al FIFA sin parar. Pero hay más. Por esas mismas fechas, un empleado de la propia Electronic Arts fue pillado vendiendo cartas raras de Ultimate Team por unos 900 € cada una, por su cuenta. Es decir: No solo los jugadores explotaban el sistema… también gente desde dentro. El mismo juego. El mismo truco. Distinto lado del negocio.
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Vaya reflexión!👏🏼
Ejercicio para practicar listening 🇺🇸 ¿Cuánto entiendes del 0 al 10?
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Junto con Maikel, los MVP del equipo!
Daniel Palencia in the World Baseball Classic: 5.0 IP | 0 R | 0 H | 9 K 52.9% Whiff% My closer.
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Claves de la derrota: 1) El HR de Soto en 0-2 2) Boleto a Wells en 0-2. Dos bateadores después, HR de Tatis de 3 carreras 3) Ya lo dije en el tweet anterior #wbc2026
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Gracias Omar López! 50HR sentados en el banco…#wbc2026
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La estabilización o el arte de desmontar un régimen En Caracas ya no se escucha el mismo silencio. No es el silencio del miedo compacto, ese que lo ocupaba todo como una humedad invisible. Es otro: más tenso, más calculado. Un silencio administrativo. Desde enero, cuando cayó Nicolás Maduro, la palabra que flota en los salones oficiales no es “revolución”, ni siquiera “transición”. Es estabilización. Y como toda palabra cuidadosamente elegida, dice menos de lo que promete y más de lo que aparenta. La visita del jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el general Francis L. Donovan, acompañado por la diplomática Laura F. Dogu, no fue una escena espectacular. No hubo columnas de tanques, ni discursos altisonantes. Hubo reuniones discretas en Caracas, comunicados medidos y una frase repetida como un mantra: construir “una Venezuela libre, segura y próspera”. Detrás de la fórmula, sin embargo, se mueve una arquitectura estratégica más compleja que cualquier despliegue militar. Para comprenderla, conviene mirar más allá de la superficie. Lo que ocurre en Venezuela no es una intervención clásica ni una revolución romántica. Es algo más ambiguo: el desmontaje tutelado de un régimen autoritario desde adentro, con la energía como palanca y la seguridad como justificación. El juego que no termina La teoría de movimientos estratégicos parte de una intuición sencilla: el poder no se define por el estado actual, sino por la secuencia de jugadas que cada actor anticipa. No importa tanto dónde está el tablero hoy, sino quién puede forzar el siguiente movimiento. La captura de Maduro alteró el equilibrio inicial, pero no lo destruyó. En su lugar emergió una figura interina, Delcy Rodríguez, que encarna una paradoja: heredera del aparato chavista, pero ahora interlocutora obligada de Washington. Donovan no llegó a imponer condiciones públicas; llegó a consolidar un nuevo punto de equilibrio. Uno en el que la presencia estadounidense —militar, diplomática y económica— se vuelve parte estructural del paisaje venezolano. En términos estratégicos, Estados Unidos no buscó un jaque mate. Buscó inducir un equilibrio estable en el que todos los actores prefieran permanecer antes que regresar al caos. Delcy puede criticar la operación que derribó a su antiguo jefe, pero sabe que su margen de maniobra depende de la cooperación. Washington, por su parte, entiende que una ruptura frontal podría desencadenar el colapso administrativo que intenta evitar. El resultado es una transición sin nombre definitivo: ni restauración democrática plena ni continuidad autoritaria intacta. Un estado intermedio, frágil y calculado. La hegemonía que cambia de manos El poder no se sostiene únicamente con la fuerza o la posibilidad de ejercerla, sino con la capacidad de controlar tanto los recursos materiales de una sociedad como los discursos y símbolos que le dan sentido a esa dominación. En el caso venezolano, este tipo de control se sostenía sobre tres pilares: el ingreso derivado del petróleo, la gestión del miedo como instrumento político y una narrativa antiimperialista que legitimaba el aparato del Estado. Hoy, esos pilares están siendo sustituidos gradualmente. La renta petrolera comienza a reorientarse hacia acuerdos bilaterales con empresas estadounidenses; el monopolio del miedo se diluye cuando se percibe que están siendo controlados por un actor externo; y la narrativa antiimperialista se reemplaza por el lenguaje tecnocrático de la “estabilización”. El reciente acercamiento con el secretario de Energía de Estados Unidos no fue anecdótico. Fue la señal de que el petróleo vuelve a ser el centro gravitacional de la política venezolana. No como bandera ideológica, sino como garantía de orden. La estabilización, en este sentido, es un proyecto económico antes que político: asegurar flujos, reconstruir contratos, restaurar confianza mínima. Solo después vendrá la discusión electoral. La hegemonía cambia de manos no porque haya una ocupación formal, sino porque los resortes materiales del poder —finanzas, seguridad, legitimidad internacional— ya no están bajo control exclusivo del viejo aparato. La semántica del poder Las palabras no son inocentes. El discurso político organiza el mundo en oposiciones: orden y caos, legitimidad e ilegalidad, cooperación y aislamiento. En la narrativa actual, “estabilización” ocupa el lugar del bien supremo. Su opuesto no es la dictadura, sino el desorden. Ese desplazamiento semántico es crucial. Al definir el conflicto como una lucha entre estabilidad y caos —y no entre autoritarismo y democracia— se justifica una transición controlada, gradual, incluso tutelada. Delcy Rodríguez puede aparecer así como auxiliar funcional de un proyecto mayor: no la enemiga, sino la administradora provisional del orden. En ese cuadrado semiótico, el narcotráfico y las redes criminales se convierten en el oponente absoluto. Frente a esa amenaza, la cooperación hemisférica se vuelve virtud. El resultado es una reconfiguración del relato: el antiguo régimen no es derrotado por una revolución interna, sino absorbido por una narrativa de seguridad compartida. El arte de rodear Si en el ajedrez el objetivo es capturar al rey del oponente, en el milenario juego estratégico originario de China el propósito es mucho más sutil: ocupar y rodear territorio hasta que el adversario quede sin espacio de acción y pierda libertad para maniobrar. La estrategia estadounidense en Venezuela parece más cercana a este enfoque expansivo y envolvente que a la lógica frontal típica del ajedrez. Las operaciones navales en el Caribe y el Pacífico, la destrucción de embarcaciones vinculadas al narcotráfico, las reuniones discretas en Caracas y la agenda energética bilateral son piedras colocadas con paciencia. No buscan destruir al adversario en un solo golpe, sino delimitar el perímetro donde puede moverse. Delcy Rodríguez sigue en el tablero, pero dentro de un espacio cada vez más acotado. Puede gestionar la administración cotidiana, pero no definir los términos estratégicos. El cerco no es visible como una ocupación, pero es efectivo como una arquitectura de restricciones. Control y legitimidad Toda transición enfrenta el dilema entre control y legitimidad. Un exceso de control externo puede congelar la transición en un Estado tutelado sin horizonte democrático. Una legitimidad prematura sin control puede desembocar en anarquía. Venezuela se encuentra en ese filo. La presencia del Comando Sur y la cooperación energética apuntan a maximizar el control. La promesa de elecciones —aún indefinida— busca preservar la legitimidad futura. El equilibrio es inestable. Si la estabilización se traduce en crecimiento económico, servicios públicos restaurados y seguridad tangible, el modelo podría consolidarse como una transición ordenada hacia elecciones. Pero si el proceso se prolonga sin apertura política real, la narrativa de estabilidad podría transformarse en otra forma de tutela permanente. El desenlace abierto En la novela de Mario Vargas Llosa La Fiesta del Chivo, el dictador cae pero el miedo persiste. El poder no desaparece; se transforma, se reacomoda, se filtra en nuevas estructuras. Algo similar ocurre hoy en Venezuela. El régimen no se evaporó con la captura de Maduro; mutó en una administración provisional bajo vigilancia externa. La historia no ofrece garantías. Los procesos de desmontaje pueden desembocar en democracias robustas o en híbridos ambiguos. La clave estará en la secuencia de movimientos que aún faltan: la reforma institucional, la reactivación económica y la convocatoria electoral. Por ahora, el tablero está dispuesto para una partida larga. Estados Unidos ha optado por el cerco paciente antes que el golpe fulminante. Delcy Rodríguez administra una derrota que todavía no puede nombrar como tal. Y la sociedad venezolana observa, expectante, si la estabilización será preludio de libertad o apenas otro capítulo en la historia de un poder que cambia de rostro pero conserva la esencia. La estabilización, al final, no es un destino. Es un tránsito. Y en Venezuela, el desenlace dependerá menos de las palabras pronunciadas en los comunicados que de las jugadas silenciosas que se ejecuten en la sombra.
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Salarios minimos Latinoamérica 2026 en US$. 🇨🇷Costa Rica 751 🇺🇾Uruguay 648 🇨🇱Chile 597 🇲🇽México 533 🇪🇨Ecuador 482 🇨🇴Colombia 446 🇵🇾Paraguay 428 🇧🇴Bolivia 344 🇵🇪Perú 335 🇳🇮Nicaragua 241 🇦🇷Argentina 233 🇨🇺Cuba 48 🇻🇪Venezuela 0,44 ↓ En el Sotano. Fuente: Bloomberg
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A Willie Colón se le comprendía en una pista, sudando a chorros y con la pareja pegada al cachete, que no le importaba. La suela dejada en el Maní, Rincón Caribeño, La Bodeguita y, en especial, Gran Sol, tiempos de libertad y amor en Sabana Grande.
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Lo de Andreeva ya es para hacérselo ver. El nivel de fragilidad mental que evidencia le impide dar el salto de calidad para alcanzar el Top 3
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Pedro Pablo Fernández se los explica sencillito. Venezolanos, cojan dato… 🇻🇪🤝🇺🇸
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Top 7 Greatest Actors Meet Their Most Iconic Characters
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Campeones! El de las Remontadas!!
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La evolución del baloncesto y de la NBA a lo largo de los años. Buenísimo 🤣

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Ya está listo. Un resumen de mi #SpotifyWrapped. spotify.com/wrapped-share/d7…
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𝐒𝐞 𝐚𝐜𝐚𝐛𝐨́ 𝐞𝐥 𝐠𝐮𝐢𝐬𝐨: 𝐥𝐚 𝐡𝐚𝐥𝐥𝐚𝐜𝐚 𝐩𝐥𝐚́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐠𝐨𝐛𝐞𝐫𝐧𝐚𝐝𝐨𝐫 Por Elizabeth Sanchez Vegas Una hallaca de plástico es, en el fondo, la metáfora más exacta de ellos: parece algo, pero no es nada. Es la mentira hecha objeto, la imitación torpe de una verdad que arrasaron. Una hallaca rígida, fría, muda, colocada en una mesa, funciona como peritaje psicológico del narco-poder: viven sobre escenografías que solo existen en la foto, incapaces de sentir lo que significan los símbolos que manipulan. Para ellos todo es así: elecciones de plástico, instituciones de plástico, justicia de plástico; ahora también Navidad de plástico. No hay riesgo ni trabajo ni memoria; no hay maíz ni carne ni manos ni historias: pura utilería. Esa pieza no huele, no mancha, no se reparte ni provoca discusión; no convoca a nadie alrededor de la mesa. Es perfecta para su lógica: sirve para el espectáculo, no sirve para la vida. Así de claro, así de brutal. Porque, en el fondo, no sienten, no saben de raíces, no les habita un país: administran imitaciones y se fotografían con símbolos pulidos por fuera y muertos por dentro. Se les acabó el guiso: el único que pueden mostrar ahora es de plástico. En cambio, para nosotros la hallaca es una declaración de origen. La frase se repite como contraseña nacional —“la mejor hallaca es la de mi mamá”— y detrás no hay concurso ni ranking, hay infancia, hay olores que despiertan habitaciones completas, hay gente hablando al mismo tiempo, primos cruzando la cocina, una mano que enseña y otra que aprende, una voz que corrige con ternura y con cariño, y la certeza de que ese día la casa gira alrededor de algo que no cabe en una foto: el privilegio de estar juntos. Hacer hallacas no es solo cocinar: es montar una obra en la que cada quien tiene un papel, quien limpia hojas, quien reparte el guiso, quien amarra, quien separa las picantes, quien prueba la primera, quien jura que la de este año quedó mejor que la anterior y, mientras la escena avanza, se cuentan historias, se nombran ausentes, llegan nuevos, se canta, se baila, se ríe fuerte y, de pronto, se traga hondo porque falta alguien en casa. Esa mezcla de ruido, cansancio, harina, hoja, hilo y emoción no se encarga por catálogo, no cabe en una orden de compra del Estado ni se resuelve con resina. Si algo nos enseñó la hallaca, la de verdad, la que se abre humeante y tiñe de onoto los dedos, es que hay cosas que sobreviven incluso al desastre. Aunque estemos regados por el mundo, aunque muchas cocinas ya no existan, aunque falten manos que antes dirigían la orquesta, cada vez que alguien se atreve a decir “vamos a hacer aunque sea unas poquitas”, se enciende una luz que ellos no alcanzan a ver. Porque allí, en esa terquedad de amasar memoria, hay una forma de regreso. Y volveremos: a las mesas largas, al chiste heredado, al “ponle pasitas a la mía”, al “prueba el guiso, que ya está cantando”. Volveremos a casas que se llenan sin avisar y se quedan hasta tarde envolviendo recuerdos en hoja de plátano. Muy pronto, en Venezuela celebraremos el retorno de los que se fueron, de quienes resisten tras las rejas, de la confianza y de la posibilidad de pensar un diciembre sin miedo, en un país donde los símbolos vuelvan a significar. Lejos del país, en algún lugar frío como ellos, o detrás de rejas, con su plástico impecable, seguirán posando ante el vacío; nosotros, con la olla real y la boca llena, brindaremos por lo que siempre fue nuestro: un país con raíces, con sabor y con alma. Sí, vamos a hacerlas. ¡Y vamos a celebrar el regreso en nuestra Tierra de Gracia!
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Y hay infelices que dicen que el baseball no es emocionante…#seriemundial
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Supongo que el "águila de cera" se debe estar revolcando en la quinta paila al enterarse que la mosca si caza...medio palo! #PremioNobelDeLaPaz
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