𝐒𝐞 𝐚𝐜𝐚𝐛𝐨́ 𝐞𝐥 𝐠𝐮𝐢𝐬𝐨: 𝐥𝐚 𝐡𝐚𝐥𝐥𝐚𝐜𝐚 𝐩𝐥𝐚́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐠𝐨𝐛𝐞𝐫𝐧𝐚𝐝𝐨𝐫
Por Elizabeth Sanchez Vegas
Una hallaca de plástico es, en el fondo, la metáfora más exacta de ellos: parece algo, pero no es nada. Es la mentira hecha objeto, la imitación torpe de una verdad que arrasaron. Una hallaca rígida, fría, muda, colocada en una mesa, funciona como peritaje psicológico del narco-poder: viven sobre escenografías que solo existen en la foto, incapaces de sentir lo que significan los símbolos que manipulan. Para ellos todo es así: elecciones de plástico, instituciones de plástico, justicia de plástico; ahora también Navidad de plástico. No hay riesgo ni trabajo ni memoria; no hay maíz ni carne ni manos ni historias: pura utilería. Esa pieza no huele, no mancha, no se reparte ni provoca discusión; no convoca a nadie alrededor de la mesa. Es perfecta para su lógica: sirve para el espectáculo, no sirve para la vida. Así de claro, así de brutal. Porque, en el fondo, no sienten, no saben de raíces, no les habita un país: administran imitaciones y se fotografían con símbolos pulidos por fuera y muertos por dentro. Se les acabó el guiso: el único que pueden mostrar ahora es de plástico.
En cambio, para nosotros la hallaca es una declaración de origen. La frase se repite como contraseña nacional —“la mejor hallaca es la de mi mamá”— y detrás no hay concurso ni ranking, hay infancia, hay olores que despiertan habitaciones completas, hay gente hablando al mismo tiempo, primos cruzando la cocina, una mano que enseña y otra que aprende, una voz que corrige con ternura y con cariño, y la certeza de que ese día la casa gira alrededor de algo que no cabe en una foto: el privilegio de estar juntos. Hacer hallacas no es solo cocinar: es montar una obra en la que cada quien tiene un papel, quien limpia hojas, quien reparte el guiso, quien amarra, quien separa las picantes, quien prueba la primera, quien jura que la de este año quedó mejor que la anterior y, mientras la escena avanza, se cuentan historias, se nombran ausentes, llegan nuevos, se canta, se baila, se ríe fuerte y, de pronto, se traga hondo porque falta alguien en casa. Esa mezcla de ruido, cansancio, harina, hoja, hilo y emoción no se encarga por catálogo, no cabe en una orden de compra del Estado ni se resuelve con resina.
Si algo nos enseñó la hallaca, la de verdad, la que se abre humeante y tiñe de onoto los dedos, es que hay cosas que sobreviven incluso al desastre. Aunque estemos regados por el mundo, aunque muchas cocinas ya no existan, aunque falten manos que antes dirigían la orquesta, cada vez que alguien se atreve a decir “vamos a hacer aunque sea unas poquitas”, se enciende una luz que ellos no alcanzan a ver. Porque allí, en esa terquedad de amasar memoria, hay una forma de regreso.
Y volveremos: a las mesas largas, al chiste heredado, al “ponle pasitas a la mía”, al “prueba el guiso, que ya está cantando”. Volveremos a casas que se llenan sin avisar y se quedan hasta tarde envolviendo recuerdos en hoja de plátano. Muy pronto, en Venezuela celebraremos el retorno de los que se fueron, de quienes resisten tras las rejas, de la confianza y de la posibilidad de pensar un diciembre sin miedo, en un país donde los símbolos vuelvan a significar.
Lejos del país, en algún lugar frío como ellos, o detrás de rejas, con su plástico impecable, seguirán posando ante el vacío; nosotros, con la olla real y la boca llena, brindaremos por lo que siempre fue nuestro: un país con raíces, con sabor y con alma. Sí, vamos a hacerlas. ¡Y vamos a celebrar el regreso en nuestra Tierra de Gracia!