¿Está bien hacer el amor en un hotel que no es un love hotel?...
Me quedé pensando en lo neurótico, pero sumamente sexy, que puede llegar a ser ese dilema. Como médica de 44 años, divorciada y totalmente dueña de mi tiempo, me encanta analizar la conveniencia de los escenarios.
Hay dos lados de la moneda, y ambos tienen un erotismo brutal, dependiendo de lo que busque mi cuerpo esa noche.
Por un lado, está la tentación de un sitio convencional, lujoso pero prudente. Un hotel de cinco estrellas donde la elegancia te obliga a morder las sábanas, a contener la respiración y a ahogar los gemidos por miedo a que los huéspedes del pasillo escuchen la intensidad con la que me estás poseyendo.
Pero, por otro lado... está el morbo absoluto de un lugar exclusivo para el placer. Un espacio diseñado solo para eso, sin censuras ni miradas juzgadoras, donde las paredes están hechas para retumbar.
A mí me fascinaría perderme en un sitio así: donde se puedan escuchar libremente los gritos, los jadeos, orgasmos ruidosos y el eco de los cuerpos chocando sin ninguna timidez ni decoro profesional.
El contraste perfecto entre mantener las formas o romper el control por completo.
Hombres, sean sinceros...
¿qué prefieren? ¿El morbo prudente de un hotel elegante donde hay que ahogar los gritos, o la libertad salvaje de un sitio exclusivo para dar rienda suelta a los orgasmos?