Vistos los espectáculos de Madrid y Barcelona, indudablemente a los madrileños nos surge la pregunta de si esto es a lo máximo que puede aspirar nuestra ciudad.
Es preocupante (y triste) ver cómo cada evento organizado por la Comunidad o la ciudad está impregnado de un tufo casposo, antiguo y rancio.
Cada vez que Madrid intenta organizar un gran evento queda en evidencia un problema que va mucho más allá de la logística: la absoluta falta de imaginación de quienes gobiernan esta ciudad y esta comunidad.
Mientras otras ciudades entienden que los grandes acontecimientos son oportunidades para proyectar modernidad, cultura, creatividad y una visión de futuro, aquí seguimos instalados en una mezcla de autocomplacencia, propaganda y una estética de otra época.
Mucho ruido institucional y mucha foto, pero una nula capacidad para construir algo que realmente emocione, atraiga o deje huella.
Nos podrá gustar más o menos el Papa. Podremos estar más o menos de acuerdo con la Iglesia, e incluso debatir sobre el desembolso de su visita. Pero es incuestionable que el impacto emocional y espiritual para millones de personas es brutal, y que la movilización ciudadana y mediática alrededor es la que es. Nos guste o no.
Viendo el maravilloso espectáculo organizado en Barcelona, inevitablemente el pseudo baile de fin de curso organizado en el Bernabéu queda a la altura del betún.
No se trata de un caso aislado. Se me vienen a la cabeza cientos de ejemplos (como el cartel del Orgullo de hace un par de años, con tacones y preservativos)
Tampoco es casualidad. Es la consecuencia de la mentalidad casposa de quienes la gestionan. Porque cuando durante años se repite el mismo patrón de eventos grises, previsibles y con un evidente tufo rancio, ya no estamos ante una casualidad ni ante un problema de ejecución. Estamos ante una forma de entender la política y la cultura.
Hay una derecha madrileña que presume constantemente de gestión, pero que cuando se trata de generar proyectos con ambición cultural, simbólica o internacional demuestra una pobreza de ideas preocupante. Confunde modernidad con marketing, liderazgo con autopromoción y libertad con ausencia de proyecto colectivo.
Madrid podría competir con cualquier gran capital europea. Lo que la frena no es la falta de recursos, ni de talento, ni de atractivo. Lo que la frena es quien la dirige.