El tatequieto a Petro
Por Carolina Restrepo Cañavera
Es imposible no notar el cambio.
Durante semanas, Gustavo Petro recorrió el país, intervino diariamente en el debate político, marcó agenda electoral desde la Presidencia y actuó como si no existiera diferencia alguna entre gobernar y hacer campaña.
No había prudencia , ni distancia institucional. No había límites.
Por eso resulta tan llamativo lo ocurrido en los últimos días.
Justo cuando distintos medios registraban que tenía previsto volver a recorrer el país, particularmente la región Caribe, durante esta última semana electoral, Petro regresó de Estados Unidos y, de manera abrupta, cambió el tono y la estrategia.
Y ahí es donde aparece la pregunta inevitable: qué pasó?
Porq Petro no se caracteriza precisamente por el autocontrol político ni por los repliegues espontáneos. Petro no venía moderándose, venía escalando. Más exposición, más participación, más presión política y más activismo desde la Presidencia.
Hasta ahora.
Pero hagamos una precisión necesaria, Petro no dejó de intervenir políticamente. Eso sería falso. Lo sigue haciendo todos los días, especialmente desde X, donde continúa marcando agenda, atacando contradictores, enviando mensajes electorales y tratando de incidir en el ambiente político.
Lo que cambió no fue la intención. Cambió el método.
Pasó del recorrido físico, de la tarima, de la exposición territorial y de la tensión pública directa, a una intervención más digital, más contenida en lo presencial, pero no menos política.
Por eso el tatequieto no significa silencio ni neutralidad. Significa que alguien, en algún momento, pareció decirle que había una línea que no podía seguir cruzando de la misma manera.
Por eso cuesta creer que el frenazo haya sido producto de una reflexión súbita sobre la importancia de la neutralidad institucional. No parece propio de su estilo. Algo debió ocurrir. Alguien debió hacerle entender el tamaño del problema que estaba generando.
Tal vez fue el costo jurídico. Tal vez las advertencias institucionales. Tal vez la presión política interna. Tal vez el riesgo internacional de seguir proyectando la imagen de un presidente interviniendo abiertamente en un proceso electoral.
O tal vez fue en Estados Unidos donde finalmente le hicieron ver algo elemental, que un presidente no puede actuar como jefe de campaña permanente utilizando el poder simbólico y político de la Casa de Nariño para inclinar el ambiente electoral.
No lo sabemos con certeza. Y sería irresponsable afirmarlo como hecho.
Pero sí sabemos algo, el cambio fue demasiado abrupto para ser casual.
Y, francamente, Colombia necesitaba ese límite.
Porque una democracia sana no puede depender del estado de ánimo del presidente de turno. No puede quedar sometida al cálculo político diario de quien ocupa el poder y mucho menos puede acostumbrarse a que desde la Presidencia se tensione permanentemente el escenario electoral mientras las instituciones miran hacia otro lado.
La figura presidencial existe para gobernar a todos los colombianos, no para convertirse en operador político de una campaña.
Y quizás ahí está el verdadero fondo de todo esto.
Más allá de Petro, el país está empezando a reaccionar frente a una peligrosa normalización, la idea de que cualquier exceso presidencial puede justificarse en nombre de una causa política. Y no. Hay límites. Tiene que haberlos.
Porque cuando el poder deja de reconocer límites, la democracia empieza a deteriorarse.
Por eso lo ocurrido esta semana importa tanto.
No porque Petro haya dejado de intervenir, no lo ha hecho. Sino porque aparentemente tuvo que cambiar la forma de hacerlo.
Y eso, en política, también dice mucho.
Por primera vez en mucho tiempo, pareciera que alguien finalmente le puso un tatequieto.