A mí ya me tocó el gordo.
Me tocó el día en que mi madre, por fin, se curó
tras una batalla larga contra la hepatitis C.
Me tocó el día en que pensé que no podía más
y allí estaban ellos,
con una escalera y una sonrisa,
sacándome del pozo más hondo
que jamás haya sabido nombrar.
Me tocó el día en que nací,
por los abuelos y yayos que me sostienen.
Los sigo escribiendo en presente,
porque el amor no entiende de ausencias.
Me tocó cuando conocí a Carmen,
la primera de esta travesía,
la que me enseñó que nada era imposible.
Casi doce años después
me lo sigue recordando
cuando la memoria flaquea.
También me tocó el día que conocí a Alejandro.
Porque sin él, quizá,
yo no habría vuelto a jugar a la lotería nunca más.
Me tocó aquel médico, Hugo,
que me devolvió a la vida
tras un coma
y demasiadas noches en una UCI.
Volvió a tocar
cuando César, ya vestido para irse a casa,
lo dejó todo
y regresó conmigo al quirófano.
Me tocó cuando una enfermera
me lavó el pelo con una palangana
y me devolvió la dignidad
que un mes entero me había arrebatado.
Me tocó el día en que un endocrino
me rescató de la desnutrición más profunda
a la que me llevaron mis enfermedades.
Me tocó cuando entendí
que debía mirarme al espejo
y quererme así,
con mis surcos, mis cicatrices
y todas mis marcas de vida.
Me tocó cuando avancé,
cuando crecí,
cuando supe que no siempre se vive en la cima,
que las caídas son necesarias, legítimas,
y que sin ellas
nada de esto tendría sentido.
Me tocó cuando un residente, por aquel entonces, Ricardo,
me cogió de la mano
y desde entonces no me la ha soltado jamás.
No me alcanzará la vida
para agradecerte tanto.
Gracias por quedarte.
Me tocó cuando un día como hoy hace cuatro años la ambulancia me recogió inconsciente, mientras el camarero de debajo de casa me sujetaba la cabeza para que no golpease el suelo.
Me tocó una sonrisa anónima en la calle,
justo el día
en que más la necesitaba.
Me tocó por cada persona
que decidió donar sangre.
Me habéis salvado
más veces de las que puedo contar.
Me tocó cuando, a pesar de tantos noes,
mis padres creyeron en mí.
Y me saqué dos carreras y un máster.
Porque sí, amigos,
la enferma
también puede.
Me tocó cuando mi padre
salió vivo de la DANA.
La lotería, a mí,
ya me ha tocado hoy.
Sin bombos.
Sin números.
Porque me he levantado,
pese a todo,
y he podido
ver el sol.
A mí, el gordo, ya me ha tocado.
Noah