El católico bien formado no mira la realidad con las mismas categorías que el mundo moderno, lo cual puede resultar verdaderamente frustrante.
Para el católico, la existencia tiene un orden: Dios, la creación, la ley natural, el pecado, la gracia, la virtud, el juicio, la salvación y la vida eterna. Todo se entiende desde una visión jerárquica de la realidad, donde el hombre ocupa un lugar altísimo por su dignidad, pero jamás absoluto.
Por eso muchas discusiones con ateos, liberales y modernistas acaban siendo estériles. Ellos suelen razonar desde categorías cerradas: autonomía individual, progreso, derechos entendidos como voluntad, neutralidad moral, sentimentalismo político, materialismo práctico y rechazo de toda verdad trascendente.
Creen pensar libremente, pero muchas veces solo repiten los dogmas del mundo contemporáneo. Dogmas liberales, relativistas y materialistas que presentan como sentido común, aunque sean fruto de una época concreta, de una educación concreta y de una ideología concreta.
León XIII, advierte que el principio del racionalismo liberal consiste en que la razón humana, “declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” (cf. Libertas praestantissimum, 12).
El católico formado sabe que la realidad no empieza en el individuo ni termina en el Estado, el mercado, la técnica o la opinión pública. Sabe que la libertad sin verdad se corrompe, que la razón sin Dios se oscurece y que una sociedad sin orden moral acaba fabricando sus propios ídolos.
Ahí está la diferencia de fondo. El mundo moderno analiza la superficie de las cosas; la fe católica permite ver las causas, los fines y el combate espiritual que atraviesa la historia.
Quien vive dentro de los dogmas modernos difícilmente entiende esto. Está demasiado ocupado llamando “libertad” a su propia obediencia al espíritu de la época, viviendo en una profunda ignorancia que jamás le permitirá comprender cuestiones que, para el católico, son básicas.