Lo que se viene para Paloma y Oviedo
La campaña sucia ya comenzó. Y comenzó exactamente como empiezan siempre: con mentiras diseñadas para encender el miedo.
En las últimas horas, sectores de la extrema derecha más inquisidora han decidido lanzar una ofensiva contra Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. El argumento que están tratando de instalar es tan grave como falso: que Oviedo promueve el cambio de sexo en los niños.
La afirmación no solo es irresponsable; es una manipulación burda de una intervención que Oviedo hizo en el Concejo de Bogotá. En esa presentación el tema central no era promover ningún tipo de intervención sobre menores, sino algo mucho más básico y elemental en cualquier democracia: cómo proteger a niños y padres de familia que enfrentan situaciones de bullying por temas de identidad.
Eso fue todo.
Hablar de protección frente al acoso, de herramientas para los padres, de respeto a la dignidad de los menores, no equivale —ni remotamente— a promover cambios de sexo en niños. Convertir una discusión sobre derechos humanos en una caricatura ideológica es una forma deliberada de distorsionar el debate público.
Juan Daniel Oviedo no está haciendo nada distinto a defender un principio fundamental: que las personas vulnerables merecen protección frente al abuso y la violencia. Defender ese principio no es radicalismo, no es ideología extrema. Es simplemente decencia básica.
Sin embargo, frente a esa postura elemental, algunos sectores han decidido reaccionar con el lenguaje y los métodos de otra época. Con la lógica de la inquisición moral, de la estigmatización y del señalamiento. No buscan discutir ideas: buscan fabricar enemigos. Esa es la estrategia. Esa es la orden.
Cuando no hay argumentos sólidos, se recurre al miedo.
Cuando no hay propuestas, se recurre a la desinformación. Cuando no hay proyecto de país, se recurre a incendiar a la sociedad.
Y en este caso el combustible elegido ha sido, además, la religión. No para tender puentes, no para convocar a la empatía o al respeto, sino para alimentar una confrontación feroz contra quienes piensan distinto.
Es profundamente triste ver cómo una fe que para millones de colombianos representa consuelo, comunidad y esperanza, es utilizada por algunos para dividir, señalar y estigmatizar.
Pero también hay que decirlo con claridad: esto apenas empieza. Los ataques no van a parar. No van a disminuir.
Van a aumentar. Y serán violentos. Porque cuando una campaña propone diálogo en medio de la polarización, cuando propone tender puentes en lugar de cavar trincheras, inevitablemente se enfrenta a quienes viven políticamente de la confrontación permanente.
¿Vamos a permitir que el debate público se degrade de esta manera? ¿Vamos a aceptar que la mentira y la difamación definan la conversación política? ¿Nos vamos a callar como siempre? ¿O vamos a defender, con firmeza, el derecho de Colombia a tener una discusión seria, respetuosa y basada en la verdad?