La superioridad moral del PSOE como coartada
El PSOE, desde que llegó Pedro Sánchez, basó buena parte de su poder sobre una premisa sencilla. Nosotros, la izquierda, venimos a limpiar lo que la derecha ensucia.
La corrupción es del PP. El machismo es de la derecha. La falta de sensibilidad social es de la derecha. La amenaza a la democracia venía siempre del mismo lado.
Ese relato funcionó porque tenía una parte de verdad. Gürtel, Bárcenas, Kitchen o Púnica mostraron una degradación real del PP, pero el problema empezó cuando el PSOE convirtió esa denuncia legítima en una especie de certificado de pureza.
Parece que bastara proclamarse feminista, progresista y democrático para quedar moralmente vacunado contra los vicios típicos del poder.
Y ahí aparece la gran paradoja del sanchismo. No cayó en lo contrario de lo que denunciaba. Cayó en algo más incómodo desde que empezó a parecerse demasiado a aquello que decía haber venido a solucionar.
Abolicionistas de día, prostíbulos de noche
El PSOE se declara abolicionista de la prostitución y ha incorporado a su discurso la idea de que pagar por sexo es incompatible con la dignidad de las mujeres.
En 2025 incluso anunció cambios en su Código Ético para expulsar a militantes que consuman prostitución, después de los audios de Ábalos y Koldo.
Pero esa bandera chocó con una sucesión de escándalos particularmente corrosivos. Primero, el caso Mediador, con el exdiputado socialista Juan Bernardo Fuentes Curbelo, Tito Berni, y una trama en la que aparecían empresarios, favores, cenas, drogas y fiestas con prostitutas.
El País publicó en 2023 que la investigación recogía visitas de implicados al Congreso seguidas de una fiesta con prostitutas en un hotel cercano.
Después llegaron los audios de Ábalos y Koldo, donde, según RTVE, ambos hablaban de pasar la noche con mujeres que podrían ser prostitutas.
La reacción de cargos socialistas fue de indignación, con expresiones como “vomitivos”, pero la contradicción ya estaba servida. El partido que hacía de la abolición una exigencia ética tenía en su propio núcleo conversaciones de una sordidez incompatible con su sermón público.
La hipocresía no está en que un partido tenga miserias humanas. Todos las tienen. Está en convertir la superioridad moral en la marca de partido mientras esas miserias se acumulan en la habitación de al lado.
Feminismo oficial, fallos internos
El PSOE también ha hecho del feminismo una seña de identidad. No un elemento más, sino parte de su legitimidad moral. Sin embargo, el caso Salazar abrió otra grieta.
El PSOE reconoció fallos en la gestión de denuncias contra Francisco Salazar por presunto acoso sexual, y pidió disculpas a las mujeres que se hubieran sentido acosadas.
Paco Salazar, exdiputado socialista, negó las acusaciones y defendió que siempre había respetado a sus compañeras, pero el daño político no dependía solo del desenlace judicial.
Dependía de algo previo, de cómo un partido que exige al resto credibilidad inmediata, protocolos impecables y tolerancia cero pudo gestionar internamente denuncias de esa naturaleza de forma tan deficiente.
A eso se suma otro episodio que no es de corrupción, pero sí de soberbia moral, la ley del solo sí es sí. El Consejo General del Poder Judicial contabilizó al menos 1.233 reducciones de pena y 126 excarcelaciones en aplicación de la norma.
Un Gobierno que venía a proteger mejor a las mujeres terminó aprobando una ley que obligó a revisar penas a agresores sexuales.
No fue solo un error técnico. Fue una lección sobre lo que ocurre cuando la ideología cree que puede sustituir al oficio jurídico.
Democracia contra tiranía, pero con matices
Otro punto delicado es Venezuela. El PSOE se presenta como muro frente a la derecha reaccionaria, el autoritarismo y los enemigos de la democracia.
Pero durante años ha mantenido una relación ambigua con el chavismo a través de José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo papel como mediador en Venezuela ha sido defendido o valorado desde el Gobierno español.
En 2024, el ministro Albares dijo que valoraba y apreciaba la labor de Zapatero en Venezuela frente a las críticas del PP.
La contradicción es evidente. Si la democracia es sagrada, no se puede tener una dureza retórica extrema contra la derecha española y una delicadeza diplomática casi infinita con un régimen como el venezolano.
Y menos aún cuando el propio Zapatero ha terminado bajo una intensa presión judicial y mediática por su entorno venezolano y el caso Plus Ultra, con investigaciones por presunto tráfico de influencias, blanqueo, delito fiscal o contrabando vinculadas a joyas halladas en su despacho, siempre bajo la presunción de inocencia.
Impuestos para todos, menos excepciones
El PSOE defiende una fiscalidad alta con un argumento moral, que los impuestos sostienen lo común. Hasta ahí, nada que objetar.
El problema empieza cuando figuras del propio ecosistema socialista aparecen bajo sospechas fiscales o con situaciones que reclaman una transparencia que el partido exigiría sin piedad a cualquier adversario.
El caso más reciente y llamativo es el de Zapatero y las joyas valoradas en torno a 1,3 millones de euros, investigadas en una pieza separada por posible delito fiscal y contrabando. Su defensa ha pedido tiempo para reunir documentación que acredite origen, compras, regalos o herencias.
También está el caso de David Sánchez, hermano del presidente, donde se ha investigado su contratación en la Diputación de Badajoz y han surgido dudas políticas sobre su situación fiscal y residencia.
Aquí conviene ser prudente, porque la Fiscalía ha pedido la absolución y hay medios que consideran el caso penalmente débil. Pero políticamente el problema existe, el partido que convierte los impuestos en termómetro de virtud no puede permitirse zonas grises en su círculo más cercano.
La doble vara no consiste en exigir condenas sin juicio. Consiste en observar que al adversario se le aplica la sospecha como prueba moral, mientras a los propios se les concede siempre contexto, matiz y paciencia.
Regeneración, pero fontanería
El PSOE llegó al Gobierno por una moción de censura contra la corrupción del PP. Esa fue su escena fundacional. Pero con el tiempo han aparecido nombres como Koldo, Ábalos, Santos Cerdán o Leire Díez.
Especialmente grave es la posible dimensión institucional del caso Leire, porque ya no hablamos solo de dinero, sino de maniobras para influir en causas judiciales o neutralizar investigaciones.
Las agendas de Santos Cerdán incautadas por la UCO lo situaban al tanto de una trama atribuida a Leire Díez para anular causas judiciales, y que según la UCO el PSOE pagó seis viajes a la exmilitante entre marzo y agosto de 2024.
Ahí el paralelismo con el PP se vuelve inquietante. Gürtel era la red de favores, Bárcenas era la caja, y Kitchen era la fontanería para proteger al partido.
En el PSOE, si las investigaciones avanzan en esa dirección, el esquema sería parecido, con una red operativa, posible financiación o beneficio interno, y después maniobras para controlar los daños.
La hipocresía que resume todo
El PSOE no está siendo destruido solo por sus escándalos. Está siendo destruido por el contraste entre sus escándalos y su sermón.
Porque no es lo mismo caer cuando uno se reconoce frágil que caer después de años señalando al resto como moralmente inferiores.
No es lo mismo tener corrupción que haber hecho de la lucha contra la corrupción tu certificado de santidad.
No es lo mismo tener machistas en tus filas que haber usado el feminismo como arma de superioridad política.
El pecado original del sanchismo no fue solo la corrupción, fue convertir la política en un juicio moral permanente.
Y cuando haces eso, el día que aparecen los tuyos en prostíbulos, en audios, en informes de la UCO, en causas fiscales, en expedientes internos mal gestionados o en maniobras de fontanería institucional, ya no puedes refugiarte en la complejidad.
Desde que gobernaba el PP, el PSOE había enseñado al país a juzgar sin piedad al que hacía algo mal, pero ahora ese mismo espejo le está devolviendo su propia cara.