El teclado que usas hoy para escribir en el teléfono, en la computadora o en cualquier dispositivo del planeta lleva el mismo diseño que un periodista de Milwaukee inventó en 1868 para resolver un problema que hoy no existe: que las teclas mecánicas se atascaban cuando alguien escribía demasiado rápido. Christopher Latham Sholes era editor de periódicos, no ingeniero, y empezó a experimentar con máquinas de escribir en el taller mecánico de un molino viejo en Milwaukee junto a dos socios, Samuel Soule y Carlos Glidden, porque la caligrafía manuscrita era lenta, ilegible e imposible de estandarizar en una época en que el telégrafo y el ferrocarril habían acelerado el mundo. Sus primeros prototipos eran de madera, usaban teclas de piano y escribían solo en mayúsculas. El problema central era mecánico: cuando las letras más usadas en inglés estaban juntas en el teclado, las barras metálicas que golpeaban el papel se chocaban entre sí y se trababan. La solución de Sholes fue separar las letras más frecuentes distribuyéndolas por el teclado de manera aparentemente caótica, que es exactamente lo que ves hoy en QWERTY: Q, W, E, R, T, Y en la fila superior, no porque sea el orden más eficiente para escribir sino porque era el orden que menos atascaba las barras de hierro de una máquina de 1868. En 1873, Sholes vendió su patente a la empresa de máquinas de coser Remington por 12,000 dólares, porque no tenía dinero para fabricarla él mismo. Remington la comercializó como la Remington No.1, la primera máquina de escribir producida en serie de la historia. Mark Twain fue el primer escritor famoso en entregar un manuscrito mecanografiado: Las aventuras de Tom Sawyer, en 1876. Lo que nadie le dijo a Sholes cuando vendió su patente es que la solución que inventó para un problema mecánico del siglo XIX seguiría siendo el estándar mundial cuando las barras de metal llevaran décadas siendo historia y los teclados fueran de cristal.