Curiosamente, después de los evidentes fracasos sociales y económicos de la URSS, Cuba, Corea, los países de Europa Oriental, etc. HOY nos encontramos más socialistas que nunca, haciendo más proselitismo del que nunca han hecho.
¿Por qué, ahora, cuando se ha demostrado que es un sistema criminal y dañino hacen más ruido que nunca?
Todo tiene que ver con la disonancia cognitiva.
Esto no ocurre porque la gente sea “tonta”, sino porque reconocer ciertos errores puede tener un coste psicológico enorme:
- admitir que uno ha sido engañado,
- aceptar pérdidas de tiempo/dinero,
- perder identidad grupal,
- romper vínculos sociales,
- asumir responsabilidad pública.
Por eso, cuando una creencia está muy ligada a la identidad personal o al grupo, las evidencias contrarias a veces producen el efecto inverso al esperado: más radicalización y racionalización.
Os pongo un ejemplo real que sucedió en la Unión Soviética:
T. Lysenko fue un agrónomo de la URSS que alcanzó enorme poder político prometiendo revolucionar la agricultura soviética. Rechazaba la genética moderna y defendía que las plantas podían modificarse mediante el entorno y transmitir esos cambios a sus descendientes. Sus ideas encajaban perfectamente con la ideología soviética, porque sugerían que la naturaleza, igual que la sociedad, podía transformarse completamente si el ambiente adecuado era impuesto.
Con el apoyo de Stalin, las teorías genéticas reales fueron perseguidas como “ciencia burguesa”. Científicos que criticaban a Lysenko fueron expulsados, encarcelados o ejecutados.
El gran problema era que las técnicas de Lysenko no funcionaban, eran un disparate. Las cosechas no mejoraban y muchos experimentos daban malos resultados. Pero ahí apareció un fenómeno muy interesante: tanto el poder político como la gente corriente empezaron a deformar la realidad para que pareciera que la teoría seguía siendo correcta.
Desde arriba:
las autoridades manipulaban datos,
ocultaban fracasos,
prohibían críticas,
y culpaban a “saboteadores” o enemigos internos cuando algo salía mal.
Desde abajo:
muchos agricultores y técnicos falseaban informes por miedo, o por no llevar la contraria a la mayoría.
Afirmaban haber obtenido resultados que nunca existieron, repetían consignas oficiales aunque no las creyeran, e incluso algunos acababan convenciéndose parcialmente para reducir el conflicto psicológico.
Era más seguro decir que la teoría funcionaba que reconocer la realidad. Admitir el fracaso podía significar perder el trabajo, ir a prisión, ser acusado de traidor o simplemente contradecir las teorías que daban soporte a nuestra estructura mental.
Con el tiempo se creó una especie de ficción colectiva:
todos veían que las promesas no se cumplían, pero el sistema entero seguía actuando como si fueran ciertas. Cuanto mayor era el fracaso, más difícil era reconocerlo, porque eso implicaba admitir años de propaganda, persecuciones y decisiones desastrosas.
Por eso el caso Lysenko es un ejemplo extremo de cómo una ideología puede imponerse sobre la evidencia y de cómo las personas, por miedo, presión social o necesidad psicológica, pueden terminar adaptando la realidad a una teoría en lugar de adaptar la teoría a la realidad.