Nos mataban con heroína. O a tiros.
El 16 de junio de 1987 el joven Felipe Domínguez Becerra, de 26 años, casado y con tres hijos, llevaba siete años enganchado a ese veneno maldito. De vez en cuando tenía que robar para proporcionarse la anhelada, y cara, dosis.
Ese día Felipe Domínguez estaba detenido. Custodiado por un agente, se dirigía a la Casa de Socorro de Alcalá de Henares, aquejado por el síndrome de abstinencia. En un despiste del policía, pese a estar con las manos en la espalda, esposado, Felipe rompió a correr. Fue lo último que hizo. Falleció de un disparo en la sien.
El agente Adolfo Palenciano García, que contó en todo momento con el apoyo del SUP, al que estaba afiliado, alegó que el detenido detuvo su marcha en seco, que tropezaron y el arma, que llevaba en todo momento desenfundada, se le disparó. Varios testigos desmintieron esa versión.
La sección Cuarta de la Audiencia Provincial de Madrid solventó el asunto con una condena de 2 años de prisión.
El 18 de junio de 1993, el Consejo de Ministros lo indultaba parcialmente. En un año de cárcel se le quedó. Careciendo de antecedentes, no tuvo que cumplirla.