Joaquín Morales Solá publica un artículo en el que afirma que Milei odia al periodismo y lo ilustra con una caricatura que presenta a la prensa como víctima indefensa frente a un presidente desbordado. Esa construcción no es ingenua, busca instalar la idea de que toda crítica a ciertos periodistas equivale a un ataque a la libertad de prensa. Pero esa premisa es falsa desde el inicio. Milei no está en guerra contra el periodismo, está señalando a un grupo de periodistas que han hecho de la operación, la insinuación sin pruebas y la mentira sistemática su forma de intervenir en la política, degradando la profesión que dicen defender.
Aquí no se discute la libertad de prensa, que nadie ha intentado restringir. Lo que se discute es la responsabilidad. Porque no todo se puede justificar en nombre del oficio. Cuando se construyen relatos para erosionar la figura presidencial, cuando se titula con sospechas que luego no se sostienen, cuando se instala un clima permanente de desconfianza con datos incompletos o directamente falsos, no estamos frente a prensa libre sino frente a militancia encubierta.
Violencia es mentir deliberadamente para dañar la legitimidad de un presidente elegido por millones. Violencia es apretar a la veterinaria de los perros de Milei para obtener información privada. Violencia es mandar drones a Olivos para espiar. Violencia es inventar que Milei sufre de Asperger para estigmatizarlo. Violencia es fabricar historias todos los días con el único objetivo de deteriorar su imagen pública. Eso también es violencia política, aunque no se ejerza con golpes sino con titulares.
El mecanismo se ha repetido durante estos dos años, se lanza una versión periodística sin sustento, se amplifica en medios y redes, y acto seguido aparece algún dirigente opositor exigiendo la renuncia o promoviendo un juicio político “basado” en esa información. Se construye así una cadena donde la operación mediática alimenta la presión política. Luego, cuando la mentira se cae o queda en evidencia, nadie asume responsabilidad. Y aun así, pretenden ocupar el lugar de víctimas. Criticar ese circuito no es odiar al periodismo, es señalar una práctica que le hace daño a la democracia mucho más que cualquier respuesta incómoda desde el poder.