El Indio llenó estadios sin pisar un estudio de televisión, sin firmar con una multinacional, sin comprar un cartel de difusión.
Se manejó solo, con su propio sello, y construyó todo a puro boca a boca: el fanzine fotocopiado, el cassette que pasaba de mano en mano, el amigo que te arrastraba a tu primer recital.
Una red de ricoteros que se movía sola.
En vez de rogarle a la industria que los pasara, hicieron que los necesitara.
Hoy, ningún artista, ningún negocio, ninguno de nosotros existe si no le da de comer al algoritmo todos los días. El motor de recomendación es el nuevo programador de radio.
El Indio se fue habiendo generado una mística indeleble: la red más poderosa del rock argentino la armamos nosotros, uno por uno, corriendo la bola.
Y eso es más fuerte que cualquier campaña de marketing.