LAS PALABRAS AUSENTES
El Silencio de una cuenta pública.
Hay una forma simple de entender un gobierno: escuchar qué palabras repite. Y hay una forma más reveladora: observar cuáles omite.
La reciente cuenta pública de José Antonio Kast ofrece un ejercicio particularmente interesante. Al analizar las palabras más utilizadas emerge una radiografía bastante precisa de las prioridades de su administración.
La palabra más repetida fue “Crimen”, 45 veces. Le siguieron “Chile”, “Trabajo”, “País”, “Seguridad”, “Libertad” y “Ley”. Más abajo aparecen “Fronteras”, “Carabineros”, “Control”, “Delincuencia”, “Fuerzas Armadas”, “Narcotráfico”, “Droga” y “Patrullaje”.
La conclusión es evidente. El gobierno mira Chile principalmente a través del lente de la seguridad.
No es una sorpresa. Kast construyó su trayectoria política sobre la promesa de recuperar el orden, fortalecer la autoridad y combatir la delincuencia. Su diagnóstico de campaña fue que el país estaba bajo amenaza. Su cuenta pública confirmó que sigue observando la realidad desde esa misma perspectiva.
El problema es que una nación es mucho más que sus amenazas.
Tan importante como las palabras que Kast repitió decenas de veces fueron aquellas que prácticamente no pronunció. Porque las prioridades de un gobierno no sólo se revelan en lo que dice, sino también en aquello de lo que prefiere no hablar.
“Salud” aparece apenas once veces. “Educación”, “Vivienda”, “Esperanza”, ocho. “Dignidad”, siete. “Respeto”, seis. “Verdad”, apenas tres.
Pero lo más llamativo son las ausencias absolutas.
No aparecen igualdad, empatía, cultura, salud mental, solidaridad, convivencia, inclusión, ciencia o conocimiento, más allá de un nimio saludo al ministro respectivo. Tampoco existe una reflexión significativa sobre los desafíos humanos que enfrenta una sociedad agotada por años de polarización, incertidumbre y deterioro de la confianza pública.
Escuchando el discurso presidencial, uno podría concluir que los chilenos son principalmente potenciales víctimas de un delito, contribuyentes o trabajadores. Pero rara vez personas complejas, con emociones, angustias, sueños y aspiraciones que van mucho más allá de la seguridad.
La seguridad es importante. Nadie discute aquello. Sin seguridad no hay libertad. Pero también es cierto que sin educación, salud, cultura, cohesión social y oportunidades tampoco existe una sociedad sana.
Los países no prosperan únicamente porque encarcelan delincuentes o refuerzan fronteras. Prosperan porque desarrollan talento, generan conocimiento, impulsan innovación y fortalecen la confianza entre las personas.
Existe además una contradicción particularmente incómoda que estuvo ausente de la cuenta pública.
Mientras el gobierno insiste en reducir impuestos a las grandes empresas para estimular la inversión y el crecimiento, al mismo tiempo busca ampliar significativamente la capacidad de endeudamiento del Estado. Traducido al lenguaje cotidiano, los beneficios tributarios quedan concentrados en quienes poseen mayor capacidad económica, mientras la deuda termina distribuyéndose entre todo el resto.
Privatizar los beneficios y socializar los costos es una fórmula antigua. Tan antigua como efectiva.
Naturalmente, ese debate no tuvo espacio en el discurso presidencial.
Tampoco lo tuvieron la crisis de salud mental, el rol de la cultura, la investigación científica o los desafíos que plantea la inteligencia artificial para el empleo y la educación.
Las palabras importan porque construyen realidad. Definen prioridades. Orientan recursos. Moldean el debate público.
Y cuando la palabra más repetida es “Crimen”, mientras “Verdad”, “Dignidad” y “Esperanza” apenas alcanzan a distinguirse, no estamos simplemente frente a una estrategia comunicacional.
Estamos frente a una visión de país. Un país donde el miedo ocupa el centro del escenario y donde aquello que nos hace profundamente humanos parece haber quedado relegado a la letra chica del discurso.
@MisColumnas