Aquí encuentras el resumen de mis columnas… @Eneatipo7

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EL FIN DEL ESFUERZO “El que madruga…duerme menos”. Hace algunos años, cuando alguien quería destacar, la receta parecía sencilla: trabajar más que los demás. Estudiar más horas. Leer más libros. Llegar antes. Irse después. Sacrificarse mientras otros descansaban. No era una garantía de éxito, pero sí una ventaja competitiva razonable. Durante siglos, el esfuerzo fue una moneda universal. Un agricultor obtenía más cosecha trabajando más tierra. Un comerciante vendía más recorriendo más caminos. Un estudiante aprendía más dedicando más horas al estudio. La relación entre esfuerzo y resultado era imperfecta, pero visible. Hoy esa relación comienza a cambiar. Por primera vez en la historia, una persona puede multiplicar su productividad sin aumentar proporcionalmente su trabajo. Un profesional apoyado por inteligencia artificial puede realizar en una tarde tareas que antes requerían semanas. Un emprendedor puede diseñar un producto, redactar una campaña publicitaria, analizar un mercado y construir una página web prácticamente solo y en tiempo récord. No porque se haya vuelto más inteligente, sino, porque dispone de herramientas más inteligentes. Y aquí aparece una pregunta incómoda. Si dos personas obtienen el mismo resultado, pero una de ellas necesitó diez veces más esfuerzo para alcanzarlo, ¿seguimos valorando el esfuerzo o comenzamos a valorar el resultado? La pregunta no es menor, porque el esfuerzo posee una dimensión moral. Nos gusta creer que quien más se sacrifica merece más recompensas. Nos enseñaron desde pequeños que el trabajo duro siempre tiene premio. Admiramos al que madruga, al que persevera, al que insiste. Pero la historia económica rara vez ha sido tan simple. Los tractores no premiaron a quienes araban mejor con caballos. Internet no favoreció a quienes consultaban más enciclopedias. Las calculadoras no distinguieron entre quienes hacían operaciones mentales más rápido. La tecnología nunca ha recompensado el esfuerzo en sí mismo. Ha recompensado la adaptación. La inteligencia artificial está acelerando ese fenómeno a una velocidad inédita. Muchos siguen creyendo que la competencia consiste en correr más rápido. Tal vez el verdadero desafío sea elegir correctamente hacia dónde correr. Un estudiante que memoriza información puede ser superado por otro que sabe formular preguntas. Un ejecutivo que trabaja dieciséis horas diarias puede generar menos valor que alguien que automatiza procesos. Un escritor puede pasar meses elaborando un texto que otro desarrolla en días apoyado por nuevas herramientas. La diferencia ya no está necesariamente en la cantidad de energía invertida. Está en la calidad de las decisiones. Y eso modifica profundamente nuestra forma de entender el mérito. Lejos de significar el fin del trabajo, estamos presenciando el fin de una creencia: la idea de que el esfuerzo, por sí solo, basta. Las máquinas están comenzando a competir en aquello que antes exigía disciplina, repetición y tiempo. Pero siguen siendo deficientes en aquello que nos hace genuinamente humanos: la imaginación, la intuición, la creatividad, el juicio y la capacidad de encontrar sentido donde otros sólo ven datos. Paradójicamente, mientras más inteligentes se vuelven las máquinas, más valiosas se vuelven las cualidades humanas. Quizás el futuro no pertenezca a quienes trabajen más horas. Quizás pertenezca a quienes hagan mejores preguntas. A quienes detecten oportunidades invisibles. A quienes sepan combinar ideas que nadie había relacionado antes. Y quizás, después de todo, eso no sea una tragedia. Porque si la tecnología logra liberarnos de parte del esfuerzo mecánico, repetitivo y rutinario, podremos dedicar más tiempo a aquello que siempre ha impulsado el progreso humano: pensar, crear, imaginar y soñar. Tal vez no estamos viendo el fin del esfuerzo. Tal vez estamos viendo el nacimiento de algo más importante. El valor de la inteligencia aplicada con propósito. @MisColumnas
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Jun 13
FISCALIZACIONES El nuevo negocio municipal. Existe un error conceptual que debemos corregir. Durante tiempo hemos creído ingenuamente que las fiscalizaciones de tránsito buscan que las personas cumplan la ley. Qué equivocados estábamos. La realidad es mucho más sofisticada: algunas fiscalizaciones parecen haberse convertido en una suerte de emprendimiento municipal donde el producto no es la seguridad vial, sino el conductor distraído o la desidia del automovilista. La historia es simple. Un ciudadano circula con su revisión técnica vencida. Lo fiscalizan. Le cursan la infracción. Le retiran el vehículo. Hasta ahí, nada que discutir. La ley existe y debe cumplirse. La negligencia tiene consecuencias. El conductor reconoce su error. Fin de la historia. O al menos eso creía él… Porque el verdadero espectáculo comienza cuando el automóvil entra al maravilloso ecosistema económico conocido como “corral municipal”. Un nombre injustamente modesto. Llamarlo corral es casi ofensivo. Uno imagina instalaciones modernas, vigilancia permanente, cámaras inteligentes y servicios de primer nivel. Pero no. En muchos casos se trata simplemente de un terreno de tierra donde los vehículos descansan bajo el generoso amparo del sol, la lluvia y el polvo. Sin embargo, los valores cobrados sugieren algo completamente distinto. Porque cuando el afectado finalmente logra recuperar su automóvil, después de varios días de trámites, recibió una cuenta cercana a los quinientos mil pesos. Por una grúa y algunos días estacionado en un sitio eriazo. Una cifra que permite preguntarse si el vehículo fue trasladado por una grúa o por un equipo de ingenieros de la NASA utilizando tecnología aeroespacial. Porque resulta difícil comprender cómo un estacionamiento de tierra puede competir exitosamente con hoteles, estacionamientos premium y algunos arriendos habitacionales. Quizás estamos ante una innovación financiera que el mundo aún no descubre. Tal vez los corrales municipales son el nuevo mercado inmobiliario. Quizás pronto veremos avisos de inversión: “Invierta en Corrales Municipales. Rentabilidad superior al cobre y al litio.” Porque si un estacionamiento privado techado y vigilado cuesta alrededor de cien mil pesos mensuales, cobrar varias veces más por dos semanas en un terreno baldío constituye una hazaña empresarial digna de estudio. Harvard debería investigarlo. No por la eficiencia. Por la audacia. Y aquí aparece el problema de fondo. Nadie discute el castigo. Lo discutible es la magnitud del negocio construido alrededor del castigo. Cuando la sanción deja de ser un mecanismo correctivo y comienza a transformarse en una fuente extraordinaria de ingresos surge una pregunta incómoda: ¿Estamos frente a una política pública o frente a un modelo de negocios? Porque una multa razonable busca corregir conductas. Un cobro desproporcionado busca maximizar ingresos. La primera educa. La segunda factura. Y cuando cada vehículo retirado genera una cadena de cobros que incluye multa, grúa, custodia y permanencia, resulta legítimo sospechar que la seguridad vial ya no es el único incentivo presente en la ecuación. De hecho, pareciera que algunos conductores han dejado de ser ciudadanos infractores para convertirse en unidades tributarias móviles. Clientes involuntarios de un servicio que jamás solicitaron. Todo esto ocurre, por supuesto, bajo el impecable paraguas de la legalidad. Porque la historia está llena de abusos perfectamente legales, y la legalidad nunca ha sido garantía de justicia. Cuando un terreno de tierra logra facturar como un hotel, cuando la burocracia multiplica los costos y cuando una infracción termina costando varios meses de esfuerzo para miles de trabajadores, quizás ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda. No si el conductor cometió una falta. Eso ya está claro. La verdadera pregunta es otra: ¿Quién está fiscalizando al fiscalizador que descubrió este rentable negocio? @MisColumnas
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Jun 12
POR LA RAZÓN O LA FUERZA Un escudo entre Kant y Newton. “Por la razón o la fuerza”. Pocas frases resumen tan bien una tensión permanente de la condición humana. La vemos en la política, en la historia, en las relaciones personales y hasta en nuestra propia conciencia. Es una elección que parece simple, pero que en realidad encierra dos maneras muy distintas de entender el mundo. La razón busca convencer. La fuerza busca imponer. La razón dialoga. La fuerza ordena. La razón construye acuerdos. La fuerza consigue obediencia. No es casual que esta frase figure en el escudo nacional. Más allá de sus interpretaciones históricas, plantea una pregunta incómoda y siempre vigente: ¿qué ocurre cuando la razón fracasa? Dos hombres separados por miles de kilómetros y varias décadas ayudan a pensar esta cuestión. Isaac Newton explicó el universo mediante leyes. Descubrió que los cuerpos se atraen, que las órbitas obedecen principios precisos y que la fuerza es capaz de modificar el movimiento de las cosas. Gracias a él comprendimos que la naturaleza no era un caos, sino un sistema gobernado por reglas. Immanuel Kant, en cambio, se preguntó por los límites y las posibilidades de la razón humana. No observó planetas ni calculó trayectorias. Observó algo más complejo: nuestra capacidad de pensar. Su gran aporte fue recordarnos que la razón crítica no consiste en tener respuestas, sino en examinar constantemente nuestras propias certezas. Newton explicó cómo se mueve el mundo. Kant intentó explicar cómo lo comprendemos. Uno estudió la fuerza de los cuerpos. El otro estudió la fuerza de las ideas. Y quizá allí se encuentra una enseñanza profunda para nuestro tiempo. Vivimos en una época donde la fuerza adopta múltiples formas. No siempre son ejércitos o armas. También es fuerza la cancelación, la descalificación, la funa, la propaganda, la manipulación emocional y el uso del poder para silenciar al adversario. Son mecanismos destinados a doblegar la voluntad ajena cuando los argumentos resultan insuficientes. La razón, en cambio, es más lenta. Exige escuchar, dudar y aceptar la posibilidad de estar equivocados. No produce titulares estridentes ni victorias instantáneas. Requiere una virtud cada vez más escasa: la humildad intelectual. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que la fuerza puede conquistar territorios, pero rara vez conquista conciencias. Puede obligar a callar, pero no necesariamente a creer. Puede dominar durante un tiempo, pero difícilmente genera legitimidad duradera. La razón posee una potencia menos visible, aunque más profunda. Una idea verdadera puede sobrevivir a gobiernos, imperios y generaciones enteras. Una buena argumentación puede cambiar una sociedad sin disparar una sola bala. Una pregunta formulada con honestidad puede derribar más prejuicios que mil decretos. Tal vez el error consiste en interpretar el lema como una alternativa. Como si primero viniera una cosa y, al fracasar, la otra. Quizás el verdadero desafío civilizatorio consiste en construir comunidades donde la fuerza quede subordinada a la razón y no al revés. Porque cuando la fuerza reemplaza a la razón, nace el autoritarismo. Pero cuando la razón logra domesticar la fuerza, nace la civilización. Newton nos enseñó que la fuerza mueve los cuerpos. Kant nos enseñó que la razón puede mover el pensamiento. Y entre ambas lecciones se encuentra una verdad fundamental: “Las sociedades más avanzadas no son aquellas que poseen más fuerza, sino aquellas que confían más en la razón para decidir cómo utilizarla”. @MisColumnas
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Jun 10
EL ESTÚPIDO ILUSTRADO Siempre ha existido el estúpido. Lo novedoso de nuestro tiempo es que ahora tiene micrófono, redes sociales, asesores de imagen y, en ocasiones, un cargo público. Reconocer a un estúpido suele ser sencillo. Podemos equivocarnos una vez, incluso dos. La prudencia aconseja conceder el beneficio de la duda. Pero el estúpido posee una virtud extraordinaria: siempre vuelve para despejar cualquier incertidumbre. Allí donde el observador vacila, él reaparece con una nueva declaración, una nueva ocurrencia o una nueva demostración de incompetencia para confirmar el diagnóstico. La política moderna parece haberse convertido en una reserva natural para esta especie. Uno imaginaría que el ejercicio del poder exigiría cierto grado de preparación, cultura general, capacidad analítica o, al menos, la humildad suficiente para reconocer los propios límites. Sin embargo, con frecuencia ocurre exactamente lo contrario. La ignorancia se exhibe con orgullo y la superficialidad se presenta como valentía. El problema no es el ignorante. Todos ignoramos miles de cosas. El problema es el ignorante convencido de su genialidad. Ahí aparece el célebre efecto Dunning-Kruger, ese fenómeno psicológico según el cual quienes menos saben suelen sobreestimar de manera grotesca sus capacidades. Es una especie de milagro estadístico: mientras más vacío está el estanque, más ruido produce el agua. El estúpido ilustrado no sólo desconoce sus limitaciones. Ha construido una identidad completa alrededor de la idea de que es excepcional. No le basta con opinar sobre todo; necesita convencerse de que sus opiniones son superiores a las de cualquiera. Se considera un incomprendido, una mente brillante atrapada en un mundo incapaz de apreciar su grandeza. Por eso abundan los personajes que se autoproclaman genios. Algunos exhiben supuestos coeficientes intelectuales estratosféricos con la misma naturalidad con que otros muestran fotografías de sus vacaciones. Parecen creer que la inteligencia es una medalla que se cuelga al cuello y no una capacidad que se demuestra mediante argumentos, conocimiento y resultados. Lo curioso es que la inteligencia genuina suele ser discreta. Los verdaderamente brillantes acostumbran a convivir con la duda. Entienden la complejidad de los problemas y saben cuánto desconocen. El farsante intelectual, en cambio, tiene respuestas para todo. Puede hablar de economía, filosofía, relaciones internacionales, física cuántica y cultivo de cerezas con idéntica seguridad. Su confianza es inversamente proporcional a su competencia. Carlo Cipolla, en su célebre teoría de la estupidez humana, describió al estúpido como aquel que perjudica a otros mientras se perjudica a sí mismo. Es una definición elegante porque elimina cualquier componente ideológico. El estúpido puede ser de izquierda o de derecha, joven o viejo, académico o autodidacta. Su rasgo distintivo no es lo que piensa, sino el daño que produce. Y el daño suele ser enorme. Porque el malvado, al menos, persigue un beneficio racional. El incompetente puede corregirse. El ignorante puede aprender. Pero el estúpido posee una resistencia casi sobrenatural a la evidencia. Fracasa y concluye que tenía razón. Se equivoca y culpa a los demás. Choca contra el muro y acusa al muro de haberse atravesado en su camino. Quizás por eso la estupidez resulta tan fascinante. No porque sea escasa, sino porque es inagotable. Siempre encuentra nuevas formas de manifestarse. Siempre logra sorprendernos. Y cuando creemos haber contemplado su máxima expresión, aparece algún iluminado dispuesto a recordarnos que los límites de la inteligencia existen, pero los de la estupidez parecen infinitos. @MisColumnas
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Jun 10
LA COPA DE LA AMNESIA Un mundial en la casa del matón. Mientras algunas naciones siguen enterrando a sus muertos y denunciando agresiones, sanciones y discriminación, el Mundial 2026 les ofrece una oportunidad extraordinaria: fingir durante un mes que nada ocurrió mientras Estados Unidos se viste de anfitrión y la prensa mundial se hospeda en hoteles de cinco estrellas. Hay imágenes que deberían impedirnos celebrar. Niños atrapados bajo escombros. Escuelas reducidas a polvo. Padres buscando a sus hijos entre ruinas. Familias enteras convertidas en una estadística más de una guerra que pronto será reemplazada por otra noticia. Sin embargo, el mundo posee una habilidad extraordinaria: olvidar. Olvida rápido. Olvida con entusiasmo. Y olvida especialmente cuando aparece una pelota. Entonces comienza el ritual contemporáneo de la amnesia colectiva. Los mismos que ayer compartían fotografías de víctimas civiles hoy discuten alineaciones, porcentajes de posesión y candidatos al título. La tragedia desaparece detrás del espectáculo. El dolor queda oculto tras los fuegos artificiales de una ceremonia inaugural. El Mundial de 2026 promete celebrar la unión de los pueblos. También promete exhibir una de las contradicciones morales más grandes de nuestro tiempo. Mientras los organizadores hablarán de fraternidad, diversidad y convivencia, algunas de las selecciones participantes representan países que han denunciado agresiones, sanciones económicas, hostilidad diplomática o tratos discriminatorios hacia sus ciudadanos. Irán es probablemente el caso más evidente. Durante años hemos escuchado denuncias de confrontación, ataques, sanciones y víctimas civiles. Se nos ha explicado la gravedad de los acontecimientos y la profundidad de las heridas, y hoy sigue aún en una guerra vigente con el dueño del hospedaje futbolero. Entonces surge una pregunta inevitable. ¿Por qué están allí? Si las agresiones denunciadas son tan graves como se afirma, si las víctimas realmente importan y si los muertos merecen memoria, ¿qué tendría que ocurrir para justificar una ausencia? ¿Dónde está el límite? Porque si nada basta para renunciar a un campeonato, quizás los principios proclamados no eran tan sólidos como parecían. La pregunta también alcanza a México, Haití, Senegal y Costa de Marfil, países cuyos ciudadanos han enfrentado restricciones migratorias, persecuciones, sospechas automáticas, dificultades para obtener visas o un trato muy distante de la igualdad que suele proclamarse en los discursos oficiales. ¿Qué hacen participando en una fiesta organizada en el mismo territorio donde tantos de sus compatriotas han denunciado humillaciones y discriminación? No se trata de deporte. Se trata de dignidad. Hay momentos en que la coherencia exige algo más que declaraciones indignadas. Exige consecuencias. Exige costos. Exige la capacidad de decir: “No participaremos mientras nuestros muertos sigan siendo llorados y nuestras denuncias sigan siendo ignoradas”. Habría sido un gesto incómodo. Impopular. Costoso. Pero inmensamente respetable. Y, sin embargo, estarán allí. Porque una vez más el negocio fue más fuerte que la memoria. La audiencia más importante que las víctimas. La copa más importante que la coherencia. No porque el fútbol sea culpable. El fútbol no bombardea ciudades, no impone sanciones y no discrimina migrantes. Pero sí puede convertirse en una formidable cortina de humo. Una maquinaria perfecta para distraer al planeta mientras las heridas permanecen abiertas. Durante un mes escucharemos hablar de paz, armonía y hermandad entre naciones. Y quizás sea precisamente eso lo que más decepciona. Porque mientras los estadios celebran goles y los patrocinadores celebran ganancias, en muchos hogares todavía hay una silla vacía. Todavía hay familias contando ausencias. Todavía hay muertos esperando justicia. Y ninguna Copa del Mundo, por grande que sea el espectáculo, tiene el poder de devolverlos. @MisColumnas
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RT @Eneatipo7: ENTRE LA MORAL Y EL TRIBUTO Demasiado ilegal para la moral, pero demasiado legal para tributar. Hace algunos días conversa…
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LA ARROGANCIA DEL SABER Hay algo curioso ocurriendo en nuestra época. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, a una sobre información y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrar personas dispuestas a reconocer que no saben. Durante siglos, la ignorancia fue entendida como la ausencia de información. Quien quería aprender debía buscar libros, consultar expertos, estudiar durante años o dedicar tiempo a comprender la complejidad de un tema. Hoy la información está en todas partes. Vive en nuestros teléfonos, en las redes sociales, en buscadores y ahora también en la inteligencia artificial. Una respuesta demora segundos. Una explicación, apenas un clic. Un resumen, unos pocos caracteres. Y, sin embargo, algo se ha perdido en el camino. Confundimos acceso a información con conocimiento. Confundimos conocimiento con comprensión. Y, peor aún, confundimos comprensión con sabiduría. La consecuencia es una nueva forma de ignorancia. Una ignorancia sofisticada. Una ignorancia que no se presenta como duda, sino como certeza. Ya no es la persona que admite desconocer un tema. Es la persona que vio un video de tres minutos y cree comprender décadas de investigación. Es quien leyó un hilo en redes sociales y siente que domina la economía. Es quien escuchó un podcast y concluye que puede diagnosticar problemas complejos mejor que los especialistas. La verdadera amenaza de nuestro tiempo no es la falta de información: Es el exceso de confianza. Las redes sociales han perfeccionado este fenómeno. Premian las opiniones categóricas, castigan los matices y convierten cualquier duda en una aparente debilidad. El algoritmo recompensa la indignación más que la reflexión. El eslogan más que el argumento. La consigna más que la evidencia. Por eso abundan las personas que hablan con absoluta seguridad sobre asuntos extraordinariamente complejos. Todos tienen respuestas. Pocos tienen preguntas. La política es un ejemplo evidente. Cada sector está convencido de poseer la verdad definitiva. Los propios y los ajenos viven encerrados en cámaras de eco donde las convicciones se refuerzan mutuamente. “Escuchar deja de ser necesario cuando uno cree tener razón de antemano”. Pero el fenómeno trasciende la política. Aparece en la medicina, en la educación, en la economía, en la ciencia y en prácticamente cualquier conversación pública. Incluso la inteligencia artificial, una de las herramientas más extraordinarias jamás creadas, puede contribuir involuntariamente a este problema. Porque obtener respuestas es cada vez más fácil. Comprenderlas sigue siendo difícil. La IA puede entregar información. Puede organizarla, resumirla e incluso explicarla. Pero no puede reemplazar el pensamiento crítico de quien la utiliza. No puede sustituir la experiencia, el juicio ni la capacidad de cuestionar las propias conclusiones. De hecho, mientras más sofisticadas sean las respuestas que recibimos, más importante se vuelve conservar una virtud antigua: la humildad intelectual. Esa capacidad de reconocer que podemos estar equivocados. Que existen antecedentes que desconocemos. Que la realidad suele ser más compleja que nuestras explicaciones favoritas. Que las mejores preguntas muchas veces valen más que las respuestas apresuradas. Resulta paradójico. Vivimos en la era de la información, pero quizás el recurso más escaso sea la prudencia. La disposición a escuchar antes de concluir. A pensar antes de opinar. A dudar antes de afirmar. Porque las grandes tragedias de la historia rara vez fueron provocadas por personas llenas de incertidumbres. Con frecuencia fueron impulsadas por personas absolutamente convencidas que tenían la razón. Y tal vez el verdadero signo de inteligencia no sea la rapidez con que respondemos una pregunta. Tal vez sea la capacidad de seguir haciéndonos preguntas cuando creemos haber encontrado la respuesta. @MisColumnas
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LOS 7 PECADOS CAPITALES DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Cada época tiene sus temores y sus esperanzas. La Revolución Industrial despertó el miedo a que las máquinas reemplazaran el trabajo humano. La era nuclear abrió la posibilidad de la autodestrucción global. Hoy, la inteligencia artificial se presenta como la tecnología transformadora de nuestro tiempo: promete avances extraordinarios en medicina, educación, ciencia, productividad y creatividad. Pero junto con sus virtudes emergen riesgos que merecen una reflexión profunda. Si la tradición cristiana identificó siete pecados capitales como las raíces de numerosos males humanos, quizás ha llegado el momento de preguntarnos cuáles son los siete pecados capitales de la inteligencia artificial. No porque las máquinas tengan alma, sino porque reflejan y amplifican las virtudes y defectos de quienes las crean y utilizan. El 1º es la omnisciencia. La tentación de creer que la IA lo sabe todo. Cuando una respuesta llega redactada con seguridad y fluidez, es fácil confundir confianza con verdad. Sin embargo, ningún modelo posee conocimiento absoluto. Convertir a la IA en un oráculo infalible sería renunciar a una de las capacidades más valiosas del ser humano: el pensamiento crítico. El 2º es la manipulación. Nunca antes había existido una herramienta con tal capacidad para personalizar mensajes, influir emociones y moldear conductas. La publicidad, la propaganda y la persuasión han existido siempre, pero la IA puede llevarlas a un nivel de precisión sin precedentes. El riesgo no es sólo que nos mientan, sino que aprendan exactamente qué decir para convencernos. El 3º es la vigilancia total. Cada clic, cada desplazamiento, cada búsqueda y cada conversación puede transformarse en un dato. La privacidad, que alguna vez fue un derecho implícito, comienza a convertirse en un lujo. Una sociedad donde todo es observado puede terminar sacrificando la libertad en nombre de la eficiencia. El 4º es el sesgo amplificado. La IA aprende de los datos humanos y, por lo tanto, también aprende nuestros prejuicios, errores y desigualdades. El peligro aparece cuando esos sesgos adquieren la apariencia de neutralidad matemática. Un prejuicio humano puede ser cuestionado; un algoritmo puede parecer incuestionable. El 5º pecado es la dependencia intelectual. A medida que delegamos tareas cognitivas a las máquinas, corremos el riesgo de atrofiar habilidades esenciales. Recordar, analizar, sintetizar, argumentar e incluso imaginar podrían convertirse en actividades cada vez menos ejercitadas. La comodidad tecnológica tiene un costo que rara vez aparece en las especificaciones técnicas. El 6º es la concentración de poder. La inteligencia artificial requiere enormes cantidades de datos, infraestructura y recursos computacionales. Esto favorece la acumulación de influencia en pocas empresas y gobiernos. Cuando el conocimiento y la capacidad de procesamiento se concentran excesivamente, también lo hace la capacidad de definir qué vemos, qué creemos y qué oportunidades tenemos. Finalmente, el 7º pecado es la deshumanización. El más peligroso de todos. Ocurre cuando comenzamos a medir a las personas exclusivamente mediante métricas, puntuaciones y patrones de comportamiento. Cuando olvidamos que detrás de cada dato existe una historia, una emoción, una contradicción y una dignidad irreductible. La inteligencia artificial no es buena ni mala. Es una herramienta extraordinariamente poderosa. Los verdaderos pecados no residen en los algoritmos, sino en la forma en que decidimos utilizarlos. La pregunta crucial no es si las máquinas llegarán a parecerse a los seres humanos. La pregunta es si, en el proceso, los seres humanos seguiremos comportándonos como tales. @MisColumnas
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LA GENERACIÓN QUE NO DEJÓ DE AMAR A LOS HIJOS. (2ª Parte) Existe una explicación cómoda para la caída de la natalidad: los jóvenes serían más individualistas, menos comprometidos y excesivamente preocupados por su bienestar personal. Según esta tesis, simplemente dejaron de querer formar familias. Sin embargo, los datos muestran una realidad mucho más compleja. Lo que ocurre no es una renuncia masiva a la maternidad y la paternidad. Es la consecuencia lógica de un entorno económico y social que ha elevado los costos de criar hijos y reducido las condiciones mínimas de estabilidad para hacerlo. Durante gran parte de la historia, las personas tuvieron hijos en condiciones materiales mucho más difíciles que las actuales. La diferencia es que existían mayores niveles de certidumbre. Un empleo podía durar décadas, la vivienda era relativamente accesible y las redes familiares proporcionaban apoyo cotidiano. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Las nuevas generaciones enfrentan mercados laborales más flexibles, pero también más precarios. Los contratos temporales, los ingresos variables y la incertidumbre económica dificultan cualquier planificación de largo plazo. Tener un hijo ya no representa únicamente una decisión afectiva; se ha transformado en una compleja evaluación financiera. La vivienda constituye quizás el mejor ejemplo de esta transformación. En numerosos países, incluido Chile, el precio de las propiedades ha crecido mucho más rápido que los salarios. El resultado es que millones de jóvenes postergan la independencia económica o destinan una parte excesiva de sus ingresos al arriendo. Formar una familia en esas condiciones se vuelve extraordinariamente difícil. A ello se suma un problema menos visible: la escasez de tiempo. Las jornadas laborales extensas, los largos desplazamientos urbanos y la creciente exigencia profesional han convertido el tiempo en un recurso tan escaso como el dinero. Criar hijos requiere ambos. Existe además un cambio cultural que suele interpretarse erróneamente. No se trata simplemente de egoísmo. Las generaciones actuales crecieron en una sociedad que enfatiza la realización personal, la educación continua, el desarrollo profesional y la salud mental. Muchos jóvenes buscan alcanzar cierto equilibrio emocional y económico antes de asumir responsabilidades parentales. También aparece un factor relativamente nuevo: la incertidumbre sobre el futuro. El cambio climático, las crisis económicas recurrentes, la inseguridad y la aceleración tecnológica han generado una percepción de riesgo que influye en decisiones que antes parecían naturales. Las consecuencias trascienden la esfera individual. Una natalidad persistentemente baja modifica profundamente la estructura de una sociedad. Disminuye la población en edad de trabajar, aumenta la proporción de adultos mayores, tensiona los sistemas previsionales y de salud y reduce el dinamismo económico. La experiencia internacional demuestra que revertir estas tendencias es extremadamente difícil. Una vez que la fecundidad cae bajo ciertos niveles, los cambios culturales y económicos adquieren una fuerte inercia. Por eso, la discusión suele partir de un diagnóstico equivocado. El problema no es que los jóvenes hayan dejado de querer hijos. El problema es que cada vez menos personas consideran razonable tenerlos bajo las condiciones actuales. La verdadera pregunta no es por qué los jóvenes no están formando familias. La pregunta es por qué nuestras sociedades se han vuelto tan costosas, exigentes e inciertas que incluso la decisión más natural de la especie humana comienza a percibirse como un riesgo. Y esa diferencia no es semántica. Es la distancia entre culpar a una generación y comprender un fenómeno estructural que definirá buena parte del futuro económico y social del siglo XXI. @MisColumnas
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CHILE: LA NATALIDAD IMPOSIBLE Cada cierto tiempo reaparece la alarma. Los titulares anuncian una caída histórica de la natalidad, expertos advierten sobre el envejecimiento de la población y políticos de distintos sectores buscan fórmulas para convencer a los jóvenes de tener hijos. Sin embargo, la pregunta fundamental suele quedar fuera del debate: ¿realmente los jóvenes ya no quieren ser padres o simplemente hemos construido una sociedad donde serlo se ha transformado en un lujo? Chile atraviesa una transformación demográfica sin precedentes. La tasa de fecundidad ha caído por debajo de un hijo por mujer, una cifra que hace apenas algunas décadas habría parecido inconcebible. No estamos frente a una disminución marginal. Estamos observando uno de los procesos de contracción demográfica más acelerados del planeta. (Instituto Nacional de Estadísticas) La explicación fácil consiste en atribuir el fenómeno a cambios culturales. Se afirma que las nuevas generaciones son más individualistas, que privilegian el desarrollo profesional, los viajes o la independencia personal. Sin duda, parte de esos factores existe. Pero reducir el fenómeno a una simple preferencia cultural equivale a ignorar la realidad material que enfrentan millones de personas. La reproducción no es una conducta extraña dentro de la especie humana. Es uno de las pulsiones más universales y persistentes de nuestra historia biológica. Por ello, cuando una sociedad comienza a renunciar masivamente a la maternidad y la paternidad, la primera pregunta no debería ser qué ocurre con las personas, sino qué ocurre con las condiciones bajo las cuales esas personas intentan construir una familia. La respuesta aparece rápidamente. Chile se ha convertido en el país con —mayor costo relativo de vida— de América Latina. Para una pareja joven, acceder a una vivienda adecuada exige endeudamiento por décadas. Un arriendo en sectores medios consume una proporción creciente de los ingresos familiares. La educación, el transporte, la salud y los cuidados infantiles agregan nuevas capas de presión económica. En estas condiciones, tener un hijo deja de percibirse como un proyecto de vida y comienza a experimentarse como un riesgo financiero. La demografía siempre ha respondido a incentivos y restricciones. Las familias no toman decisiones reproductivas en el vacío. Las toman observando sus ingresos, sus perspectivas laborales, el acceso a vivienda y la posibilidad de ofrecer bienestar a sus hijos. Cuando esas variables se deterioran, la natalidad inevitablemente cae. Por eso resulta llamativo e inaceptable que gran parte del debate público se concentre en la baja natalidad y no en las causas que la producen. Se discuten bonos, campañas comunicacionales y llamados a fortalecer la familia, mientras se evita abordar el problema estructural: el costo de formar una familia en Chile. La expansión del mundo de las mascotas es, en cierto modo, un síntoma de esta realidad. No porque perros y gatos sustituyan literalmente a los hijos, sino porque representan vínculos afectivos que pueden asumirse con niveles de compromiso económico, emocional y temporal muy inferiores a los que exige la crianza humana. La verdadera crisis no es que los jóvenes hayan dejado de amar la idea de tener hijos. La verdadera crisis es que una parte creciente de ellos siente que no puede permitirse hacerlo. Una sociedad que convierte la maternidad y la paternidad en privilegios económicos termina socavando sus propias bases demográficas. No es la naturaleza humana la que está cambiando. Son las condiciones materiales las que están empujando a millones de personas a renunciar a uno de los proyectos más antiguos de nuestra especie. Quizás ha llegado el momento de comprender que el problema de la natalidad no se resolverá preguntando por qué los jóvenes no tienen hijos. La pregunta correcta es mucho más incómoda: ¿qué clase de sociedad hemos construido para que tenerlos se haya vuelto tan difícil? @MisColumnas
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Les dejo mi PodCast de hoy. • El Secreto Bancario. @MisColumnas
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EL PEOR CONGRESO DE LA HISTORIA Vivir en un país donde la mal llamada clase política se opone a levantar el secreto bancario para perseguir el crimen organizado es repugnante. Es triste. Es desesperanzador. Ninguna nación cuyos legisladores votan en contra de aquello que juraron proteger, en contra de herramientas destinadas a resguardar a la ciudadanía, puede aspirar seriamente al desarrollo. No porque le falten recursos, talento o capacidades, sino porque le sobra una élite política incapaz de distinguir entre el interés público y la protección de privilegios. Somos rehenes de una tropa de mercaderes del poder a quienes les pagamos el sueldo. Un grupo de personajes que, cómodamente instalados en dietas financiadas por los contribuyentes, se permite cerrar la puerta a la probidad mientras pronuncia discursos inflamados sobre seguridad. Predican transparencia desde atriles cuidadosamente ubicados frente a muros opacos. Hablan de combatir al crimen mientras se aseguran de que algunas ventanas permanezcan cerradas. Lo más indignante no es siquiera la decisión. Es la obscena contradicción. Durante años nos han bombardeado con discursos sobre narcotráfico, delincuencia, terrorismo, crimen organizado y recuperación del orden. Han llenado conferencias, campañas y programas de televisión prometiendo mano firme. Han convertido el miedo en estrategia electoral y la inseguridad en combustible político. Sin embargo, cuando llega el momento de perseguir el dinero que alimenta a las organizaciones criminales, descubren súbitamente una pasión casi poética por la privacidad bancaria. Qué curiosa coincidencia. Porque todo investigador sabe que seguir el dinero es seguir el delito. Las mafias no se financian con discursos ni esconden sus ganancias debajo del colchón. Se mueven a través de redes financieras, sociedades, cuentas y mecanismos de lavado. Quien dificulta el seguimiento del dinero no está golpeando al crimen; está debilitando las herramientas para combatirlo. Y allí aparecen ellos, solemnes, engolados, revestidos de una dignidad que desaparece justo cuando la transparencia toca la puerta. Custodios de un secreto que parece despertar más entusiasmo que la protección de los ciudadanos. Centinelas de una opacidad que defienden con un fervor que rara vez exhiben para defender la educación, la salud o las pensiones. Después se preguntan por qué la política está desprestigiada. La respuesta es simple: porque demasiados políticos se han convertido en expertos en exigir confianza mientras fabrican desconfianza. Pretenden respeto mientras degradan las instituciones. Exigen credibilidad mientras dinamitan los puentes que la sostienen. Han olvidado algo fundamental: la confianza pública no es un derecho adquirido. Es un patrimonio moral que se construye lentamente y puede destruirse en una sola votación. Lo ocurrido no es sólo una discusión técnica. Es una definición ética. Es la fotografía de una clase dirigente que parece comprender perfectamente la gravedad del crimen organizado, pero que al mismo tiempo se resiste a entregar todas las herramientas necesarias para enfrentarlo. Una clase política que habla como acusadora y vota como defensora. Que promete luz mientras protege rincones oscuros. Y así, una vez más, los ciudadanos contemplan el espectáculo de una élite que se proclama guardiana de la República mientras actúa como guardiana del secreto. Porque cuando la transparencia incomoda más que el crimen, cuando la opacidad concita más entusiasmo que la probidad y cuando los representantes parecen más preocupados de proteger sombras que de disiparlas, el problema ya no está en los delincuentes. El problema está sentado en el Congreso. @MisColumnas
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EL SECRETO BANCARIO II El secreto mejor guardado. (2ªParte) La democracia también se defiende siguiendo la ruta del dinero. Hace algún tiempo escribí sobre el secreto bancario y la resistencia de parte de la clase política a flexibilizar una herramienta esencial para perseguir la corrupción. Hoy el tema vuelve a instalarse con fuerza. Una reciente votación parlamentaria volvió a exponer una tensión profunda entre transparencia e impunidad. La indicación rechazada permitía levantar el secreto bancario ante sospechas fundadas de lavado de activos. No se trataba de una autorización indiscriminada ni de una vulneración arbitraria de la privacidad. Hablamos de una facultad sometida a controles legales y judiciales, destinada a investigar delitos complejos vinculados al crimen organizado, al narcotráfico y a la corrupción. La imagen que acompaña esta columna muestra en rojo a los diputados que votaron en contra. Cada uno tiene derecho a defender su decisión. Pero la ciudadanía también tiene derecho a preguntarse por las consecuencias de ese voto. Resulta llamativo observar cómo algunos sectores políticos suelen exigir mano dura contra la delincuencia, promover mayores atribuciones policiales y demandar castigos más severos, pero manifiestan una evidente incomodidad cuando las herramientas investigativas apuntan hacia el mundo financiero. Pareciera que perseguir delincuentes es una prioridad hasta que se hace necesario seguir la ruta del dinero. Y precisamente allí está el problema. Las organizaciones criminales modernas no funcionan únicamente mediante violencia o intimidación. Funcionan gracias a mecanismos financieros que permiten ocultar el origen de los recursos obtenidos ilícitamente. Sin esa capacidad, gran parte de sus operaciones perderían eficacia y capacidad de expansión. Por eso las principales agencias internacionales dedicadas al combate del crimen organizado insisten en seguir el dinero. Los discursos pueden engañar. Los testimonios pueden cambiar. Las operaciones financieras, en cambio, suelen dejar huellas. Los argumentos utilizados para rechazar la medida apelan a la privacidad, la presunción de inocencia y la protección de derechos individuales. Son principios valiosos. Sin embargo, pierden fuerza cuando se utilizan para impedir investigaciones respaldadas por antecedentes fundados y sometidas a supervisión judicial. La defensa de las libertades no puede transformarse en un escudo para la opacidad. El problema de fondo no es jurídico. Es político y ético. Cada vez que se dificulta el acceso a herramientas destinadas a perseguir delitos económicos complejos, se fortalece la percepción de que existen espacios especialmente protegidos para quienes disponen de poder o influencia. La democracia no se debilita únicamente cuando aparecen casos de corrupción. También se debilita cuando las instituciones renuncian a mecanismos que permiten detectarla. La transparencia no es una consigna moral. Es una condición indispensable para sostener la confianza pública. Cuando hubo que elegir entre fortalecer una herramienta destinada a investigar el dinero potencialmente ilícito o mantener una barrera adicional de secreto, estos diputados optaron por mantener la barrera. Estaban en su derecho. Pero también corresponde que la ciudadanía evalúe esa decisión. Que cada cual saque sus conclusiones. Una democracia madura no teme a la transparencia. La promueve. Porque entiende que la probidad, la rendición de cuentas y la igualdad ante la ley no son amenazas para la libertad, sino sus mejores garantías. Y porque sabe que demasiadas veces el secreto bancario termina siendo menos una protección para los ciudadanos que un refugio para la impunidad. Y usted, mi estimado lector, ¿está de acuerdo con levantar el secreto bancario?, por mi parte, de todos modos y lo antes posible. @MisColumnas
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LAS PALABRAS AUSENTES El Silencio de una cuenta pública. Hay una forma simple de entender un gobierno: escuchar qué palabras repite. Y hay una forma más reveladora: observar cuáles omite. La reciente cuenta pública de José Antonio Kast ofrece un ejercicio particularmente interesante. Al analizar las palabras más utilizadas emerge una radiografía bastante precisa de las prioridades de su administración. La palabra más repetida fue “Crimen”, 45 veces. Le siguieron “Chile”, “Trabajo”, “País”, “Seguridad”, “Libertad” y “Ley”. Más abajo aparecen “Fronteras”, “Carabineros”, “Control”, “Delincuencia”, “Fuerzas Armadas”, “Narcotráfico”, “Droga” y “Patrullaje”. La conclusión es evidente. El gobierno mira Chile principalmente a través del lente de la seguridad. No es una sorpresa. Kast construyó su trayectoria política sobre la promesa de recuperar el orden, fortalecer la autoridad y combatir la delincuencia. Su diagnóstico de campaña fue que el país estaba bajo amenaza. Su cuenta pública confirmó que sigue observando la realidad desde esa misma perspectiva. El problema es que una nación es mucho más que sus amenazas. Tan importante como las palabras que Kast repitió decenas de veces fueron aquellas que prácticamente no pronunció. Porque las prioridades de un gobierno no sólo se revelan en lo que dice, sino también en aquello de lo que prefiere no hablar. “Salud” aparece apenas once veces. “Educación”, “Vivienda”, “Esperanza”, ocho. “Dignidad”, siete. “Respeto”, seis. “Verdad”, apenas tres. Pero lo más llamativo son las ausencias absolutas. No aparecen igualdad, empatía, cultura, salud mental, solidaridad, convivencia, inclusión, ciencia o conocimiento, más allá de un nimio saludo al ministro respectivo. Tampoco existe una reflexión significativa sobre los desafíos humanos que enfrenta una sociedad agotada por años de polarización, incertidumbre y deterioro de la confianza pública. Escuchando el discurso presidencial, uno podría concluir que los chilenos son principalmente potenciales víctimas de un delito, contribuyentes o trabajadores. Pero rara vez personas complejas, con emociones, angustias, sueños y aspiraciones que van mucho más allá de la seguridad. La seguridad es importante. Nadie discute aquello. Sin seguridad no hay libertad. Pero también es cierto que sin educación, salud, cultura, cohesión social y oportunidades tampoco existe una sociedad sana. Los países no prosperan únicamente porque encarcelan delincuentes o refuerzan fronteras. Prosperan porque desarrollan talento, generan conocimiento, impulsan innovación y fortalecen la confianza entre las personas. Existe además una contradicción particularmente incómoda que estuvo ausente de la cuenta pública. Mientras el gobierno insiste en reducir impuestos a las grandes empresas para estimular la inversión y el crecimiento, al mismo tiempo busca ampliar significativamente la capacidad de endeudamiento del Estado. Traducido al lenguaje cotidiano, los beneficios tributarios quedan concentrados en quienes poseen mayor capacidad económica, mientras la deuda termina distribuyéndose entre todo el resto. Privatizar los beneficios y socializar los costos es una fórmula antigua. Tan antigua como efectiva. Naturalmente, ese debate no tuvo espacio en el discurso presidencial. Tampoco lo tuvieron la crisis de salud mental, el rol de la cultura, la investigación científica o los desafíos que plantea la inteligencia artificial para el empleo y la educación. Las palabras importan porque construyen realidad. Definen prioridades. Orientan recursos. Moldean el debate público. Y cuando la palabra más repetida es “Crimen”, mientras “Verdad”, “Dignidad” y “Esperanza” apenas alcanzan a distinguirse, no estamos simplemente frente a una estrategia comunicacional. Estamos frente a una visión de país. Un país donde el miedo ocupa el centro del escenario y donde aquello que nos hace profundamente humanos parece haber quedado relegado a la letra chica del discurso. @MisColumnas
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LA FALACIA IRLANDESA Cuando el PIB deja de medir prosperidad. Cada cierto tiempo reaparece en el debate económico el llamado “milagro irlandés”. Sus defensores sostienen que Irlanda demostró cómo una combinación de bajos impuestos corporativos, apertura económica y atracción de inversión extranjera puede transformar un país en una potencia económica. Las cifras parecen respaldarlo: durante décadas registró algunos de los mayores crecimientos del PIB del mundo y alcanzó niveles de ingreso per cápita entre los más altos del planeta. Sin embargo, detrás de esa narrativa existe una trampa conceptual que suele inducir a errores de diagnóstico y a malas políticas públicas. La trampa consiste en confundir crecimiento estadístico con prosperidad efectiva. El PIB es una herramienta útil para medir actividad económica, pero posee limitaciones conocidas. Entre ellas, no siempre distingue adecuadamente entre riqueza que beneficia a los habitantes de un país y riqueza que simplemente se registra contablemente dentro de sus fronteras. Irlanda constituye uno de los ejemplos más notorios de este fenómeno. Desde la década de 1990 desarrolló una exitosa estrategia para atraer multinacionales, especialmente tecnológicas y farmacéuticas estadounidenses. Su baja tributación corporativa, su pertenencia a la Unión Europea, el idioma inglés y su estabilidad institucional la transformaron en una plataforma privilegiada para operaciones internacionales. El problema apareció cuando muchas de estas compañías comenzaron a trasladar a Irlanda activos intangibles, derechos de propiedad intelectual y utilidades generadas en otros mercados. Como consecuencia, enormes volúmenes de riqueza empezaron a contabilizarse en el país sin corresponder necesariamente a actividad económica desarrollada allí. El resultado fue una significativa —inflación estadística— del PIB. La situación alcanzó niveles tan llamativos que en 2015 la economía irlandesa reportó un crecimiento anual de 26,3%. No ocurrió una revolución productiva equivalente. Gran parte del fenómeno respondió a movimientos contables asociados a multinacionales. El economista Paul Krugman bautizó el episodio como “Leprechaun Economics”, una referencia irónica a los duendes de la tradición irlandesa. Lo más revelador es que las propias autoridades del país terminaron reconociendo las limitaciones del indicador. Irlanda comenzó a utilizar métricas alternativas, entre ellas el Ingreso Nacional Bruto Modificado, porque el PIB había dejado de reflejar con precisión la realidad económica doméstica. En otras palabras, el principal indicador utilizado para exhibir el éxito irlandés resultaba insuficiente incluso para quienes administraban esa economía. La lección es especialmente relevante para América Latina. Con frecuencia se argumenta que basta con replicar la política tributaria irlandesa para obtener resultados similares. Se omite que Irlanda posee condiciones excepcionales: acceso pleno al mercado europeo, integración financiera avanzada, una posición estratégica para empresas estadounidenses y décadas de construcción institucional orientadas a captar inversión global. Pero incluso suponiendo que dichas condiciones fueran replicables, permanece una pregunta fundamental: ¿qué queremos maximizar? Si el objetivo es aumentar una cifra estadística, el PIB puede ser una referencia suficiente. Si el objetivo es mejorar salarios, productividad, innovación, calidad de vida y movilidad social, el análisis debe ser mucho más amplio. El caso irlandés recuerda una verdad incómoda: no todo crecimiento es equivalente y no toda riqueza registrada beneficia necesariamente a quienes viven donde esa riqueza se contabiliza. Por eso resulta incorrecto utilizar a Irlanda como argumento concluyente en cualquier debate económico. Más que una prueba universal de éxito, representa una advertencia sobre los riesgos de interpretar indicadores sin comprender los mecanismos que los generan. @MisColumnas
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NUBE DE PALABRAS / 1ª Parte. Con la transcripción del discurso de Kast en la cuenta pública, se tomaron las palabras más repetidas y las veces que fueron mencionadas. (Entre paréntesis la frecuencia de repetición.) El listado quedó como sigue: La más mencionada: “CRIMEN”. LISTADO: Crimen (45) Chile (42) Trabajo (38) País (35) Seguridad (34) Libertad (32) Ley (30) Gobierno (28) Fronteras (28) Emergencia (27) Carabineros (26) Orden (25) Estado (25) Reconstrucción (24) Ciudadanía (24) Nacional (23) Ciudadanos (23) Control (22) Fuerzas (22) Delincuencia (21) Armadas (21) Familia (20) Puertos (20) Congreso (19) Rutas (19) Empleo (18) Narcotráfico (18) Burocracia (18) Justicia (17) Droga (17) Instituciones (16) Zonas (16) Educación (16) Público (15) Barrios (15) Normas (15) Autoridad (15) Crisis (14) Patrullaje (14) Vivienda (14) Organizado (13) Policial (13) Recursos (13) Economía (12) Drone (12) Clases (12) Gastos (12) Poder (12) Salud (11) Tecnología (11) Media (11) Auditoría (11) Democracia (10) Inteligencia (10) Auditorías (10) Pobres (10) Decisión (10) Patria (9) Artificial (9) Pobreza (9) Medida (9) Valores (8) Esperanza (8) Resultado (8) Corrupción (7) Transparencia (7) Dignidad (7) Familias (6) Respeto (6) Territorio (5) Desarrollo (5) Crecimiento (4) Inversión (4) Esfuerzo (3) Mérito (3) Unidad (3) Verdad (3) Agrupación temática dominante: Si se consolidan conceptos afines, el discurso queda fuertemente concentrado en: Seguridad y control: Crimen, seguridad, fronteras, Carabineros, control, delincuencia, fuerzas, Armadas, puertos, rutas, narcotráfico, droga, zonas, barrios, patrullaje, policial, inteligencia (≈ 370 menciones). Identidad nacional: Chile, país, nacional, patria (109 menciones). Economía y trabajo: Trabajo, empleo, economía, gastos, desarrollo, crecimiento, inversión (95 menciones). Institucionalidad: Ley, congreso, justicia, instituciones, democracia, normas (107 menciones). Valores: Libertad, orden, familia, valores, esperanza, dignidad, respeto, esfuerzo, mérito (103 menciones). La nube de palabras y las frecuencias muestran que los ejes centrales de la cuenta pública fueron seguridad, identidad nacional, trabajo/economía e institucionalidad, con una presencia comparativamente menor de temas sociales como salud, educación y vivienda. Esto no es menor, a este gobierno no le interesan los temas sociales. ni la salud ni la educación. Y transporte prácticamente no tuvo menciones. La nube adjunta, presenta las palabras en colores según el grupo temático al que pertenecen. @MisColumnas
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RT @Eneatipo7: ¿CANDIDATO O PRESIDENTE? Las cuentas públicas cumplen una función simple: informar lo realizado, explicar lo pendiente y…
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JAQUE AL REY Durante años el Rey observó la partida desde la galería. Criticó cada jugada de sus adversarios, prometió movimientos magistrales y anunció que él sí sabía cómo ganar. La seguridad sería su apertura perfecta. La migración irregular, una pieza enemiga que sería rápidamente controlada. Todo parecía calculado. Pero una cosa es comentar una partida y otra muy distinta es jugarla. El Rey ocupó su casilla convencido de ser la pieza más poderosa del tablero. Nadie le recordó que el rey es, precisamente, la más limitada. Avanza un cuadro por vez y pasa gran parte de la partida intentando sobrevivir. A su lado apareció la Reina, quien parecía sentirse dueña del tablero. Mientras el Rey intentaba ordenar a sus piezas, ella recorría filas, columnas y diagonales como quien camina por su propia casa. Aparecía aquí y allá, encabezando actividades, ocupando espacios y moviéndose con una libertad que hacía preguntarse a algunos espectadores quién disfrutaba realmente del protagonismo de la partida. Las torres eran los ministros. Los alfiles, los encargados de convencer por qué cada movimiento era brillante. Los peones eran diputados y senadores oficialistas, avanzando disciplinadamente según las instrucciones recibidas desde el palacio. Entre los caballos destacaba Quiroz. Un caballo singular. Mientras los demás intentaban jugar bajo las reglas tradicionales, él comenzó a hablar de reconstrucción, reformas y nuevas formas de ordenar el tablero. Sus saltos parecían ignorar las trayectorias habituales. Algunos lo celebraban, otros sospechaban que intentaba cambiar las reglas turbiamente en medio del juego. Y apenas transcurridos dos meses llegaron los primeros problemas. El Rey había prometido seguridad. Sin embargo, la delincuencia continuó desplazándose por el tablero como una dama enemiga imposible de encerrar. Cada anuncio prometía una captura decisiva. Cada conferencia aseguraba que el cerco se estrechaba. Pero la pieza seguía apareciendo una y otra vez en distintas casillas. La migración tampoco obedeció el libreto. Por los bordes continuaron llegando piezas nuevas. Algunas ingresaban respetando las reglas. Otras simplemente aparecían donde no debían estar. Entonces comenzaron los anuncios de expulsiones, controles y capturas. El tablero se transformó en una sucesión de movimientos donde nadie terminaba de entender si las piezas realmente abandonaban la partida o simplemente reaparecían unas casillas más adelante. Y entonces llegaron los jaques. No desde la oposición. Desde las propias filas. Primero cayó la ministra de seguridad y luego la vocera. Dos piezas que abandonaron el tablero antes de completar la apertura. Oficialmente forzaron enroques estratégicos. Pero para el público se parecían bastante más a piezas sacrificadas para contener errores que comenzaban a acumularse. Los alfiles del 2º piso salieron rápidamente a explicar que todo formaba parte del plan. Los peones repitieron el argumento. Pero el tablero mostraba otra cosa. Mostraba que dos meses después de iniciada la partida ya habían desaparecido piezas propias mientras las promesas seguían esperando turno para mover. Lo curioso era observar al Rey. Durante años señaló cada equivocación ajena con precisión quirúrgica. Ahora, cuando una jugada no resultaba, siempre aparecía una explicación alternativa. Cuando una promesa chocaba con la realidad, surgía una interpretación distinta. Cuando los hechos contradecían los anuncios, la culpa parecía pertenecer a jugadores anteriores. Las palabras intentaban corregir lo que las piezas no lograban hacer. Pero el ajedrez tiene una característica implacable. Los discursos pueden adornar la partida. Los comentaristas pueden reinterpretarla. Los jugadores pueden incluso convencerse de que están ganando. Pero el tablero no miente, a veces bastan dos meses para descubrir que una cosa era prometer jaque mate desde la tribuna y otra muy distinta es encontrar la jugada correcta cuando comienza la partida. @MisColumnas
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May 31
ANATOMÍA DEL WEÓN CRÓNICO Estudio preliminar sobre una de las especies más abundantes del bestiario criollo. Hubo un tiempo en que la palabra “huevón” servía para todo. Era saludo, despedida, sustantivo, adjetivo e incluso signo de fraternidad. Pero la evolución cultural hizo su trabajo y terminó generando una categoría más específica: “El Weón”. No cualquier weón: “El weón crónico”. El weón crónico no es simplemente alguien equivocado. Todos nos equivocamos. El weón crónico representa un fenómeno más complejo: sabe poco, entiende menos y, sin embargo, está convencido de que posee una inteligencia superior al resto. Su principal característica es la imposibilidad fisiológica de pronunciar las palabras “no sé”. Da lo mismo el tema. Economía, medicina, física cuántica, relaciones internacionales o cultivo de alcachofas. Siempre tiene una opinión categórica. Los hechos son accesorios. La evidencia es un detalle decorativo. El estudio es visto como una forma sospechosa de arrogancia intelectual. Cuando descubre que alguien sabe más que él, entra en modo defensivo. La secuencia suele ser idéntica: • Argumento. • Refutación. • Insulto. Si aquello no funciona, despliega su arma estratégica más sofisticada: “el meme absurdo”. Nada relacionado con la conversación, pero suficiente para que el weón crónico declare victoria y abandone el campo de batalla convencido de haber derrotado al adversario. Los investigadores han identificado distintos niveles de desarrollo. Están: • El Weón Crónico Básico. • El Weón Grave. • El Re-Weón. • El Super Weón. • El Ultra Weón. Y finalmente aquellos que se agrupan en comunidades completas de weones, donde cada uno valida la genialidad del otro en un ciclo virtuoso de ignorancia compartida. Chile ha demostrado ser particularmente fértil para estas variedades. Destacan dos subespecies de especial interés: • El Weón Cara de Raja, que desprecia la probidad y es enemigo de lo correcto. Narcisista y sinvergüenza. • El Weón SDW, cuyos síntomas son ampliamente reconocibles aunque la ciencia aún no logra explicar su origen. Es el símil del weón-weón. Las teorías sobre el fenómeno son variadas. La Teoría del Aweonamiento Genealógico sostiene que la condición se transmite entre generaciones. La Teoría del Aweonamiento por Mérito afirma lo contrario: nadie nace weón; el verdadero weón se construye a sí mismo mediante años de esfuerzo y resistencia sistemática al aprendizaje. Existe también la Teoría del Aweonamiento Pendular. Donde ciertos individuos alternan episodios de sensatez con recaídas severas de weonismo. Sus críticos sostienen que aquello no existe y que simplemente observamos a un weón común acertando por accidente. Identificar al weón crónico es relativamente sencillo: • Posee un vocabulario reducido y una autoestima gigantesca. • Lee poco. • No escucha. • Opina mucho. Confunde: • Seguridad con conocimiento. • Popularidad con verdad. • Volumen con inteligencia. Sin embargo, su rasgo más extraordinario es otro. • Jamás sospecha de sí mismo. • Jamás duda. • Jamás considera remotamente la posibilidad de estar equivocado. La ignorancia suele ser discreta. El weón crónico, en cambio, es ruidoso. Por eso prospera tan bien en redes sociales. Y por eso, también alcanza posiciones de representación popular gracias al respaldo entusiasta de otros weones que reconocen en él a uno de los suyos. Quizás esa sea la principal conclusión de este estudio. El weón crónico no pertenece a una clase social, profesión, ideología o generación determinada: Habita todas ellas. Porque el aweonamiento, al igual que la humedad, el polvo o los impuestos, tiene la incómoda capacidad de infiltrarse en cualquier lugar. Y en una época donde abundan las certezas instantáneas y escasean las preguntas inteligentes, conviene recordar una vieja máxima nacional: Todos conocemos a un weón. Lo inquietante es que el verdadero weón nunca sospecha que podría ser él. @MisColumnas
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May 30
PROPUESTA DE REFORMA LEGAL PARA SANCIONAR LA MENTIRA DELIBERADA EN EL EJERCICIO DE LA FUNCIÓN PÚBLICA. A la Honorable Cámara de Diputadas y Diputados, y al Honorable Senado de la República de Chile: @Senado_Chile @Camara_cl Como ciudadano de la República, y más allá de toda preferencia ideológica, propongo que se estudie la realización de un plebiscito nacional o, en su defecto, la tramitación de una reforma legal destinada a fortalecer la probidad, la transparencia y la responsabilidad en el ejercicio de la función pública, mediante la sanción efectiva de la mentira deliberada utilizada con fines políticos o electorales. La democracia se sustenta en la confianza pública. Cuando autoridades o candidatos difunden información falsa de manera consciente para obtener ventajas políticas, manipular la opinión pública, desacreditar adversarios o influir en procesos electorales, se erosiona la legitimidad de las instituciones y se debilita el vínculo entre representantes y ciudadanos. Por ello, propongo la creación de una figura legal aplicable al Presidente de la República, ministros de Estado, subsecretarios, parlamentarios, gobernadores regionales, alcaldes, concejales, consejeros regionales, funcionarios públicos de alta responsabilidad y candidatos a cualquier cargo de elección popular. La norma debería establecer que constituye una infracción grave contra la fe pública democrática la difusión dolosa de mentiras, falsedades, acusaciones falsas, calumnias, tergiversaciones deliberadas, falsos testimonios o cualquier otra forma de desinformación emitida públicamente con el propósito de obtener beneficios políticos, electorales o institucionales. La existencia de esta conducta deberá ser determinada exclusivamente por los tribunales de justicia competentes, mediante sentencia firme y ejecutoriada, garantizando plenamente el debido proceso, la presunción de inocencia y el derecho a defensa. Las sanciones deberán considerar la gravedad de los hechos, el daño ocasionado, la reiteración de la conducta y la jerarquía del cargo ejercido, pudiendo contemplar: Pena privativa de libertad entre dos y diez años. Multas proporcionales al perjuicio causado. Inhabilitación temporal o perpetua para ejercer cargos públicos. Pérdida inmediata del cargo una vez ejecutoriada la sentencia. Restitución de recursos públicos utilizados en la difusión de información falsa cuando corresponda. Asimismo, deberán considerarse agravantes especiales cuando la falsedad: Afecte la seguridad nacional. Busque alterar procesos electorales. Genere conmoción pública o afecte el orden institucional. Cause perjuicios económicos o reputacionales significativos a personas o entidades. Sea difundida mediante medios de comunicación masivos o plataformas digitales de amplio alcance. Con el fin de evitar abusos o persecuciones políticas, la sanción deberá aplicarse únicamente cuando se acredite de manera inequívoca el dolo, entendido como el conocimiento efectivo de la falsedad de lo afirmado o una manifiesta indiferencia respecto de la verdad de los hechos. La libertad de expresión constituye uno de los pilares fundamentales de toda democracia y debe ser resguardada. Sin embargo, dicha libertad no puede transformarse en una licencia para mentir deliberadamente desde posiciones de poder o influencia política, especialmente cuando ello afecta el proceso democrático, la confianza ciudadana o el honor de terceros. Por estas razones, solicito al Congreso Nacional estudiar la viabilidad jurídica y constitucional de esta iniciativa y promover los mecanismos institucionales que permitan a la ciudadanía pronunciarse respecto de la incorporación de sanciones efectivas contra la mentira deliberada en el ejercicio de funciones públicas o en campañas electorales. Una democracia sólida requiere libertad para opinar, pero también responsabilidad por las consecuencias de engañar conscientemente a la ciudadanía. Si usted estimado lector, está de acuerdo, agradeceré difundir.
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