“Impulsando el pensamiento crítico”. Cuenta2:@MisColumnas Cuenta3:@Math_Physics_1

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20 Feb 2022
“Mientras muchos buscan dejar un mejor planeta para nuestros hijos, yo me he preocupado de dejar mejores hijos para nuestro planeta”.
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El suizo estaba off-side. 🤬
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Camila Flores tiene más aristas que un icosaedro.
1/ 🚨 Demandan a la senadora Camila Flores por $18 millones. Su escolta retiró los materiales en vehículo fiscal. Ella niega haberlos encargado. Según investigación de Bío Bío Investiga, los mensajes dicen otra cosa. Abrimos:
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EL FIN DEL ESFUERZO “El que madruga…duerme menos”. Hace algunos años, cuando alguien quería destacar, la receta parecía sencilla: trabajar más que los demás. Estudiar más horas. Leer más libros. Llegar antes. Irse después. Sacrificarse mientras otros descansaban. No era una garantía de éxito, pero sí una ventaja competitiva razonable. Durante siglos, el esfuerzo fue una moneda universal. Un agricultor obtenía más cosecha trabajando más tierra. Un comerciante vendía más recorriendo más caminos. Un estudiante aprendía más dedicando más horas al estudio. La relación entre esfuerzo y resultado era imperfecta, pero visible. Hoy esa relación comienza a cambiar. Por primera vez en la historia, una persona puede multiplicar su productividad sin aumentar proporcionalmente su trabajo. Un profesional apoyado por inteligencia artificial puede realizar en una tarde tareas que antes requerían semanas. Un emprendedor puede diseñar un producto, redactar una campaña publicitaria, analizar un mercado y construir una página web prácticamente solo y en tiempo récord. No porque se haya vuelto más inteligente, sino, porque dispone de herramientas más inteligentes. Y aquí aparece una pregunta incómoda. Si dos personas obtienen el mismo resultado, pero una de ellas necesitó diez veces más esfuerzo para alcanzarlo, ¿seguimos valorando el esfuerzo o comenzamos a valorar el resultado? La pregunta no es menor, porque el esfuerzo posee una dimensión moral. Nos gusta creer que quien más se sacrifica merece más recompensas. Nos enseñaron desde pequeños que el trabajo duro siempre tiene premio. Admiramos al que madruga, al que persevera, al que insiste. Pero la historia económica rara vez ha sido tan simple. Los tractores no premiaron a quienes araban mejor con caballos. Internet no favoreció a quienes consultaban más enciclopedias. Las calculadoras no distinguieron entre quienes hacían operaciones mentales más rápido. La tecnología nunca ha recompensado el esfuerzo en sí mismo. Ha recompensado la adaptación. La inteligencia artificial está acelerando ese fenómeno a una velocidad inédita. Muchos siguen creyendo que la competencia consiste en correr más rápido. Tal vez el verdadero desafío sea elegir correctamente hacia dónde correr. Un estudiante que memoriza información puede ser superado por otro que sabe formular preguntas. Un ejecutivo que trabaja dieciséis horas diarias puede generar menos valor que alguien que automatiza procesos. Un escritor puede pasar meses elaborando un texto que otro desarrolla en días apoyado por nuevas herramientas. La diferencia ya no está necesariamente en la cantidad de energía invertida. Está en la calidad de las decisiones. Y eso modifica profundamente nuestra forma de entender el mérito. Lejos de significar el fin del trabajo, estamos presenciando el fin de una creencia: la idea de que el esfuerzo, por sí solo, basta. Las máquinas están comenzando a competir en aquello que antes exigía disciplina, repetición y tiempo. Pero siguen siendo deficientes en aquello que nos hace genuinamente humanos: la imaginación, la intuición, la creatividad, el juicio y la capacidad de encontrar sentido donde otros sólo ven datos. Paradójicamente, mientras más inteligentes se vuelven las máquinas, más valiosas se vuelven las cualidades humanas. Quizás el futuro no pertenezca a quienes trabajen más horas. Quizás pertenezca a quienes hagan mejores preguntas. A quienes detecten oportunidades invisibles. A quienes sepan combinar ideas que nadie había relacionado antes. Y quizás, después de todo, eso no sea una tragedia. Porque si la tecnología logra liberarnos de parte del esfuerzo mecánico, repetitivo y rutinario, podremos dedicar más tiempo a aquello que siempre ha impulsado el progreso humano: pensar, crear, imaginar y soñar. Tal vez no estamos viendo el fin del esfuerzo. Tal vez estamos viendo el nacimiento de algo más importante. El valor de la inteligencia aplicada con propósito. @MisColumnas
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Jun 13
FISCALIZACIONES El nuevo negocio municipal. Existe un error conceptual que debemos corregir. Durante tiempo hemos creído ingenuamente que las fiscalizaciones de tránsito buscan que las personas cumplan la ley. Qué equivocados estábamos. La realidad es mucho más sofisticada: algunas fiscalizaciones parecen haberse convertido en una suerte de emprendimiento municipal donde el producto no es la seguridad vial, sino el conductor distraído o la desidia del automovilista. La historia es simple. Un ciudadano circula con su revisión técnica vencida. Lo fiscalizan. Le cursan la infracción. Le retiran el vehículo. Hasta ahí, nada que discutir. La ley existe y debe cumplirse. La negligencia tiene consecuencias. El conductor reconoce su error. Fin de la historia. O al menos eso creía él… Porque el verdadero espectáculo comienza cuando el automóvil entra al maravilloso ecosistema económico conocido como “corral municipal”. Un nombre injustamente modesto. Llamarlo corral es casi ofensivo. Uno imagina instalaciones modernas, vigilancia permanente, cámaras inteligentes y servicios de primer nivel. Pero no. En muchos casos se trata simplemente de un terreno de tierra donde los vehículos descansan bajo el generoso amparo del sol, la lluvia y el polvo. Sin embargo, los valores cobrados sugieren algo completamente distinto. Porque cuando el afectado finalmente logra recuperar su automóvil, después de varios días de trámites, recibió una cuenta cercana a los quinientos mil pesos. Por una grúa y algunos días estacionado en un sitio eriazo. Una cifra que permite preguntarse si el vehículo fue trasladado por una grúa o por un equipo de ingenieros de la NASA utilizando tecnología aeroespacial. Porque resulta difícil comprender cómo un estacionamiento de tierra puede competir exitosamente con hoteles, estacionamientos premium y algunos arriendos habitacionales. Quizás estamos ante una innovación financiera que el mundo aún no descubre. Tal vez los corrales municipales son el nuevo mercado inmobiliario. Quizás pronto veremos avisos de inversión: “Invierta en Corrales Municipales. Rentabilidad superior al cobre y al litio.” Porque si un estacionamiento privado techado y vigilado cuesta alrededor de cien mil pesos mensuales, cobrar varias veces más por dos semanas en un terreno baldío constituye una hazaña empresarial digna de estudio. Harvard debería investigarlo. No por la eficiencia. Por la audacia. Y aquí aparece el problema de fondo. Nadie discute el castigo. Lo discutible es la magnitud del negocio construido alrededor del castigo. Cuando la sanción deja de ser un mecanismo correctivo y comienza a transformarse en una fuente extraordinaria de ingresos surge una pregunta incómoda: ¿Estamos frente a una política pública o frente a un modelo de negocios? Porque una multa razonable busca corregir conductas. Un cobro desproporcionado busca maximizar ingresos. La primera educa. La segunda factura. Y cuando cada vehículo retirado genera una cadena de cobros que incluye multa, grúa, custodia y permanencia, resulta legítimo sospechar que la seguridad vial ya no es el único incentivo presente en la ecuación. De hecho, pareciera que algunos conductores han dejado de ser ciudadanos infractores para convertirse en unidades tributarias móviles. Clientes involuntarios de un servicio que jamás solicitaron. Todo esto ocurre, por supuesto, bajo el impecable paraguas de la legalidad. Porque la historia está llena de abusos perfectamente legales, y la legalidad nunca ha sido garantía de justicia. Cuando un terreno de tierra logra facturar como un hotel, cuando la burocracia multiplica los costos y cuando una infracción termina costando varios meses de esfuerzo para miles de trabajadores, quizás ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda. No si el conductor cometió una falta. Eso ya está claro. La verdadera pregunta es otra: ¿Quién está fiscalizando al fiscalizador que descubrió este rentable negocio? @MisColumnas
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Jun 10
EL ESTÚPIDO ILUSTRADO Siempre ha existido el estúpido. Lo novedoso de nuestro tiempo es que ahora tiene micrófono, redes sociales, asesores de imagen y, en ocasiones, un cargo público. Reconocer a un estúpido suele ser sencillo. Podemos equivocarnos una vez, incluso dos. La prudencia aconseja conceder el beneficio de la duda. Pero el estúpido posee una virtud extraordinaria: siempre vuelve para despejar cualquier incertidumbre. Allí donde el observador vacila, él reaparece con una nueva declaración, una nueva ocurrencia o una nueva demostración de incompetencia para confirmar el diagnóstico. La política moderna parece haberse convertido en una reserva natural para esta especie. Uno imaginaría que el ejercicio del poder exigiría cierto grado de preparación, cultura general, capacidad analítica o, al menos, la humildad suficiente para reconocer los propios límites. Sin embargo, con frecuencia ocurre exactamente lo contrario. La ignorancia se exhibe con orgullo y la superficialidad se presenta como valentía. El problema no es el ignorante. Todos ignoramos miles de cosas. El problema es el ignorante convencido de su genialidad. Ahí aparece el célebre efecto Dunning-Kruger, ese fenómeno psicológico según el cual quienes menos saben suelen sobreestimar de manera grotesca sus capacidades. Es una especie de milagro estadístico: mientras más vacío está el estanque, más ruido produce el agua. El estúpido ilustrado no sólo desconoce sus limitaciones. Ha construido una identidad completa alrededor de la idea de que es excepcional. No le basta con opinar sobre todo; necesita convencerse de que sus opiniones son superiores a las de cualquiera. Se considera un incomprendido, una mente brillante atrapada en un mundo incapaz de apreciar su grandeza. Por eso abundan los personajes que se autoproclaman genios. Algunos exhiben supuestos coeficientes intelectuales estratosféricos con la misma naturalidad con que otros muestran fotografías de sus vacaciones. Parecen creer que la inteligencia es una medalla que se cuelga al cuello y no una capacidad que se demuestra mediante argumentos, conocimiento y resultados. Lo curioso es que la inteligencia genuina suele ser discreta. Los verdaderamente brillantes acostumbran a convivir con la duda. Entienden la complejidad de los problemas y saben cuánto desconocen. El farsante intelectual, en cambio, tiene respuestas para todo. Puede hablar de economía, filosofía, relaciones internacionales, física cuántica y cultivo de cerezas con idéntica seguridad. Su confianza es inversamente proporcional a su competencia. Carlo Cipolla, en su célebre teoría de la estupidez humana, describió al estúpido como aquel que perjudica a otros mientras se perjudica a sí mismo. Es una definición elegante porque elimina cualquier componente ideológico. El estúpido puede ser de izquierda o de derecha, joven o viejo, académico o autodidacta. Su rasgo distintivo no es lo que piensa, sino el daño que produce. Y el daño suele ser enorme. Porque el malvado, al menos, persigue un beneficio racional. El incompetente puede corregirse. El ignorante puede aprender. Pero el estúpido posee una resistencia casi sobrenatural a la evidencia. Fracasa y concluye que tenía razón. Se equivoca y culpa a los demás. Choca contra el muro y acusa al muro de haberse atravesado en su camino. Quizás por eso la estupidez resulta tan fascinante. No porque sea escasa, sino porque es inagotable. Siempre encuentra nuevas formas de manifestarse. Siempre logra sorprendernos. Y cuando creemos haber contemplado su máxima expresión, aparece algún iluminado dispuesto a recordarnos que los límites de la inteligencia existen, pero los de la estupidez parecen infinitos. @MisColumnas
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Jun 13
¡Por fin!…Meta AI para las RayBan Meta en Latam…🙏🏻 Pensé que nunca liberarían la versión IA para los lentes.
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Jun 13
Orden & Patria.
Jun 13
Carabineros inventaban operativos para robar EN VIVO 📺#T13Central » T13.cl/en-vivo
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Jun 13
Ya sabía yo que Trump odia a los niños.
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Jun 13
¿No las conocían, o las ignoraron?
“No conocíamos esas comunicaciones privadas”: Gobierno asegura desconocer chats entre Zaliasnik y Hermosilla cnnchile.com/pais/no-conocia…
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Jun 13
Sabas Chahuán…¡Mish!

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Jun 13
Ni Segismundo Vega… (Carnet al piso.)
#HoyEsNoticiaCNN | Ángela Vivanco: "Cuando fui ministra procedí siempre con honorabilidad y rectitud" 💻CNNChile.com
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Jun 13
EL MILAGRO ARGENTINO. Ante los reclamos salariales, Milei autorizó a militares argentinos a que puedan complementar sus sueldos trabajando de: Uber, Didi, repartidores de Pedidos Ya, Rappi y guardias de seguridad privada. Así con el experto en crecimiento económico con o sin dinero.
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Jun 13
EL MILAGRO ARGENTINO. Ante los reclamos salariales, Milei autorizó a militares argentinos a que puedan complementar sus sueldos trabajando de Uber, Didi, repartidores Rappi y guardias de seguridad privada. Así con el experto en crecimiento económico con o sin dinero. gestionsindical.com/los-recl…
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Jun 12
POR LA RAZÓN O LA FUERZA Un escudo entre Kant y Newton. “Por la razón o la fuerza”. Pocas frases resumen tan bien una tensión permanente de la condición humana. La vemos en la política, en la historia, en las relaciones personales y hasta en nuestra propia conciencia. Es una elección que parece simple, pero que en realidad encierra dos maneras muy distintas de entender el mundo. La razón busca convencer. La fuerza busca imponer. La razón dialoga. La fuerza ordena. La razón construye acuerdos. La fuerza consigue obediencia. No es casual que esta frase figure en el escudo nacional. Más allá de sus interpretaciones históricas, plantea una pregunta incómoda y siempre vigente: ¿qué ocurre cuando la razón fracasa? Dos hombres separados por miles de kilómetros y varias décadas ayudan a pensar esta cuestión. Isaac Newton explicó el universo mediante leyes. Descubrió que los cuerpos se atraen, que las órbitas obedecen principios precisos y que la fuerza es capaz de modificar el movimiento de las cosas. Gracias a él comprendimos que la naturaleza no era un caos, sino un sistema gobernado por reglas. Immanuel Kant, en cambio, se preguntó por los límites y las posibilidades de la razón humana. No observó planetas ni calculó trayectorias. Observó algo más complejo: nuestra capacidad de pensar. Su gran aporte fue recordarnos que la razón crítica no consiste en tener respuestas, sino en examinar constantemente nuestras propias certezas. Newton explicó cómo se mueve el mundo. Kant intentó explicar cómo lo comprendemos. Uno estudió la fuerza de los cuerpos. El otro estudió la fuerza de las ideas. Y quizá allí se encuentra una enseñanza profunda para nuestro tiempo. Vivimos en una época donde la fuerza adopta múltiples formas. No siempre son ejércitos o armas. También es fuerza la cancelación, la descalificación, la funa, la propaganda, la manipulación emocional y el uso del poder para silenciar al adversario. Son mecanismos destinados a doblegar la voluntad ajena cuando los argumentos resultan insuficientes. La razón, en cambio, es más lenta. Exige escuchar, dudar y aceptar la posibilidad de estar equivocados. No produce titulares estridentes ni victorias instantáneas. Requiere una virtud cada vez más escasa: la humildad intelectual. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que la fuerza puede conquistar territorios, pero rara vez conquista conciencias. Puede obligar a callar, pero no necesariamente a creer. Puede dominar durante un tiempo, pero difícilmente genera legitimidad duradera. La razón posee una potencia menos visible, aunque más profunda. Una idea verdadera puede sobrevivir a gobiernos, imperios y generaciones enteras. Una buena argumentación puede cambiar una sociedad sin disparar una sola bala. Una pregunta formulada con honestidad puede derribar más prejuicios que mil decretos. Tal vez el error consiste en interpretar el lema como una alternativa. Como si primero viniera una cosa y, al fracasar, la otra. Quizás el verdadero desafío civilizatorio consiste en construir comunidades donde la fuerza quede subordinada a la razón y no al revés. Porque cuando la fuerza reemplaza a la razón, nace el autoritarismo. Pero cuando la razón logra domesticar la fuerza, nace la civilización. Newton nos enseñó que la fuerza mueve los cuerpos. Kant nos enseñó que la razón puede mover el pensamiento. Y entre ambas lecciones se encuentra una verdad fundamental: “Las sociedades más avanzadas no son aquellas que poseen más fuerza, sino aquellas que confían más en la razón para decidir cómo utilizarla”. @MisColumnas
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Índice de Desarrollo Humano por país
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Revisa cuáles son las instituciones de educación superior mejor posicionadas de Chile según esta medición.
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Jun 10
EN RESUMEN: Si le da lata leer el oficio adjunto del Ministro Secretario General de la Presidencia, JOSÉ GARCIA RUMINOT, aquí se lo resumo: “El presidente se reúne con quien se le para la R, y no tiene ninguna obligación de trasparentar que cresta habla y acuerda con quien se le antoje. Así que se pueden ir todos a la cresta”. Así con la trasparencia de esta gente.
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