EL ESTÚPIDO ILUSTRADO
Siempre ha existido el estúpido.
Lo novedoso de nuestro tiempo es que ahora tiene micrófono, redes sociales, asesores de imagen y, en ocasiones, un cargo público.
Reconocer a un estúpido suele ser sencillo. Podemos equivocarnos una vez, incluso dos. La prudencia aconseja conceder el beneficio de la duda. Pero el estúpido posee una virtud extraordinaria: siempre vuelve para despejar cualquier incertidumbre. Allí donde el observador vacila, él reaparece con una nueva declaración, una nueva ocurrencia o una nueva demostración de incompetencia para confirmar el diagnóstico.
La política moderna parece haberse convertido en una reserva natural para esta especie. Uno imaginaría que el ejercicio del poder exigiría cierto grado de preparación, cultura general, capacidad analítica o, al menos, la humildad suficiente para reconocer los propios límites. Sin embargo, con frecuencia ocurre exactamente lo contrario. La ignorancia se exhibe con orgullo y la superficialidad se presenta como valentía.
El problema no es el ignorante. Todos ignoramos miles de cosas. El problema es el ignorante convencido de su genialidad.
Ahí aparece el célebre efecto Dunning-Kruger, ese fenómeno psicológico según el cual quienes menos saben suelen sobreestimar de manera grotesca sus capacidades. Es una especie de milagro estadístico: mientras más vacío está el estanque, más ruido produce el agua.
El estúpido ilustrado no sólo desconoce sus limitaciones. Ha construido una identidad completa alrededor de la idea de que es excepcional. No le basta con opinar sobre todo; necesita convencerse de que sus opiniones son superiores a las de cualquiera. Se considera un incomprendido, una mente brillante atrapada en un mundo incapaz de apreciar su grandeza.
Por eso abundan los personajes que se autoproclaman genios. Algunos exhiben supuestos coeficientes intelectuales estratosféricos con la misma naturalidad con que otros muestran fotografías de sus vacaciones. Parecen creer que la inteligencia es una medalla que se cuelga al cuello y no una capacidad que se demuestra mediante argumentos, conocimiento y resultados.
Lo curioso es que la inteligencia genuina suele ser discreta. Los verdaderamente brillantes acostumbran a convivir con la duda. Entienden la complejidad de los problemas y saben cuánto desconocen. El farsante intelectual, en cambio, tiene respuestas para todo. Puede hablar de economía, filosofía, relaciones internacionales, física cuántica y cultivo de cerezas con idéntica seguridad. Su confianza es inversamente proporcional a su competencia.
Carlo Cipolla, en su célebre teoría de la estupidez humana, describió al estúpido como aquel que perjudica a otros mientras se perjudica a sí mismo. Es una definición elegante porque elimina cualquier componente ideológico. El estúpido puede ser de izquierda o de derecha, joven o viejo, académico o autodidacta. Su rasgo distintivo no es lo que piensa, sino el daño que produce.
Y el daño suele ser enorme. Porque el malvado, al menos, persigue un beneficio racional. El incompetente puede corregirse. El ignorante puede aprender. Pero el estúpido posee una resistencia casi sobrenatural a la evidencia. Fracasa y concluye que tenía razón. Se equivoca y culpa a los demás. Choca contra el muro y acusa al muro de haberse atravesado en su camino.
Quizás por eso la estupidez resulta tan fascinante. No porque sea escasa, sino porque es inagotable. Siempre encuentra nuevas formas de manifestarse. Siempre logra sorprendernos.
Y cuando creemos haber contemplado su máxima expresión, aparece algún iluminado dispuesto a recordarnos que los límites de la inteligencia existen, pero los de la estupidez parecen infinitos.
@MisColumnas