Se celebra, desde estas columnas, el bear market en que ha ingresado la organización autodenominada Starbucks. De ideología californiana marxista no-leninista, ha causado grave daño a los bares del mundo libre en todos los países. Starbucks pretendió reemplazar con su anti-servicio a los modelos de cafés perfectos, con mesas y camareros, predominantes desde la Ilustración en Francia, Italia, España y en la Confederación Argentina. Estos bolches cajetillas de mentalidad San Francisco decidieron mandarte a una fila para comprar un producto, para ser ahí atendidos por un sujeto que escribe tu nombre con marcador negro en un envase de cartón, además suprimieron la soda y te dan solo agua sin gas en plástico, al café lo queman con agua hirviendo, a los baños le meten un código para entrar y para colmo le agregan un rociador de perfume intoxicante con efectos que llegan hasta la misma puerta del establecimiento. Y, no por ello menos importante, hemos tenido que sufrir desde los 90s en el trabajo a tontos oficinistas vagos, que ponen cara de apurados para disimular que son ineptos, entrando con un cartón largo de Starbucks con café mezclado con inmunda leche del animal-vaca. Debe volverse de inmediato al bar del Mediterráneo y del Río de la Plata y mandar a la resaca de la historia a SBUX y similares organizaciones de ideología izquierdista que, hasta cuando promocionan un café cualquiera, declaran en sus paredes que forjaron una "alianza" con los productores del Yemen o de Guatemala con presunto sentido social y ecológico-bolchevique, todo para referirse a un contrato común y corriente del código civil o del common law donde una parte simplemente entrega café y la otra paga el precio, qué alianza ni alianza.