Sabíamos también que —conociendo la clase de bueyes con los que aramos— la posibilidad de un documento prolijo y coherente era tendiente a cero. De un jefe de Gabinete con semejante necesidad de consumos postergados, de alguien capaz de ponerle 200 o 300 lucas crocantes y falsificadas por la Reserva Federal a ESA casa, lo menos que esperábamos era un Leonardo, un Miguel Ángel, por qué no una Capilla Sixtina completa.